RetrocesoA&ONº 227/28-IX-2000SumarioContraportadaContinuar
Entre Atapuerca y San Juan de Ortega
El milagro de la ciencia y el misterio de la luz
A horcajadas entre dos milenios y en un corto de geografía que ocupa no más de un par de leguas de extensión, las estribaciones de la Demanda, la sierra de Atapuerca, a la vera del Arlanzón, se han convertido en una encrucijada de la Humanidad. En un paradigma de los caminos del hombre.

Atapuerca es ya cita universal, santo y seña del tesón por escudriñar los orígenes de la evolución humana. En sus yacimientos se camina con presteza a través de la noche de los tiempos y, tras las huellas del homo antecesor, se va completando el rompecabezas, aún inconcuso, de nuestros ancestros. Es un milagro de la ciencia, se oye decir.

En San Juan de Ortega, a un tiro de piedra, ocurre dos veces a año lo que la gente ha dado en llamar el milagro de la luz. Corre a cargo de un rayo de sol que, colándose por un óculo, recorre e ilustra la imaginería de un capitel románico. El último milagro tiene fecha aún caliente. El 22 de septiembre, la del equinocio de otoño.

UN MILLON DE AÑOS


Acercarse a los yacimientos de Atapuerca es descubrir una auténtica apoteosis de la ciencia y del trabajo humanos. La antropología y la paleontología, la experimentación de un puñado de ciencias auxiliares, los análisis que hoy permiten las técnicas químicas, biológicas y electrónicas. Todo, trabajado concordadamente. Se buscan datos comprobables sobre la especie humana. Con resultados ya sorprendentes y con expectativas todavía impredecibles. De momento, la secuencia estratigráfica descubierta y estudiada en Atapuerca sitúa las hipótesis evolutivas en un millón de años.

Pero el milagro científico y paleontológico no es la única singularidad del enclave cercano a Burgos. Ni el único santuario que proporcione claves para entender la condición del hombre. A la vuelta de la esquina de esas grandes capillas de la ciencia que hoy se conocen con el nombre de Gran Dolina, Trinchera o Sima de los Huesos, se topa el caminante con otro paraje altamente revelador : el monasterio y lugar de San Juan de Ortega.

DE LO EXPERIMENTAL A LO INEFABLE

Lo de San Juan de Ortega no es la prehistoria ni la protohistoria. Es ya la plenitud de los tiempos históricos. Es historia documentada. Lugar de culto y memoria hagiográfica. Es arte labrado en épocas sucesivas y a partir del siglo XII, que es cuando Juan de Ortega andaba por aquellos pagos tutelando y ayudando a los peregrinos. Ortega figura ya en las guías medievales del Camino de Santiago, y ha reverdecido con llamativa pujanza en las postrimerías del siglo XX.

Es en su iglesia románica donde acontece, en los equinoccios de primavera y otoño, un milagro mancumunado de la naturaleza y del arte que alcanza ribetes de misterio. Son esos instantes en que la luz del atardecer acaricia uno de los capiteles del misterio. Son esos instantes en que la luz del atardecer acaricia uno de los capiteles del templo. De esta misteriosa sintonía entre la luz y la piedra, de esa donosa alianza entre el sol y el capitel hay cada vez más testigos que se recrean, asombrados, en el prodigio.

Pero resulta que lo que la luz recorre sobre la piedra es la narración plástica del nacimiento de Jesucristo. Es un itinerario artístico y, a la vez, un catecismo cristiano que ilustran el hecho más portentoso de la historia humana: la encarnación de Dios, el maridaje impensable entre lo divino y lo humano. Esas bodas inefables que sólo vislumbra la fe y que experimenta también el sentimiento de lo bello.

LA LUZ LLEVA A LA LUZ


¿Resultará excesivo afirmar que entre Atapuerca y Ortega tiene hoy la Humanidad un atractivo paradigma de sí misma? Atapuerca es el dato científico, la comprobación rigurosa, el admirable afán humano. Ortega es la vibración de lo inaprensible, el vislumbre del misterio, el saboreo de lo trascendente. Son pautas y luces distintas, pero ¿son explicables los misterios y las edades del hombre sin la confluencia de ambos factores?

Diríase que en Atapuerca, trabajosamente, se busca la luz sobre la Humanidad. En San Juan de Ortega, asombrosamente, la luz lleva a la Luz.

No parece mala disquisición para un arranque de milenio que conmemora los dos mil años del nacimiento de Jesucristo según la carne.

Joaquín L. Ortega