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Hay en todo humanismo una denuncia de inhumanidad y un genuino y, a veces, angustioso deseo de devolver al ser humano su centro, a la fuente de su dignidad. Nuestra época no es, a este respecto, una excepción. La conciencia humana quedó estremecida después de las dos guerras mundiales, de Auschwitz y de los Gulags, ante la comprobación de que los actos más irracionales y destructivos de la dignidad humana se realizan ahora con los medios más racionales que el ser humano ha podido crear en virtud de su ciencia.
La conmoción producida por estos hechos creó el ambiente propicio para proclamar solemnemente la Declaración Universal de losDerechos Humanos en 1948, a la que se han adherido la mayoría de losEstados delmundo. Pero sabemos que no ha sido suficiente. Los profundos cambios sociales introducidos desde entonces por la innovación tecnológica no han sido acompañados por un fortalecimiento congruente de la conciencia moral, perdiendo ésta incluso su capacidad de estremecerse ante los actos de inhumanidad. La legalización del aborto ha tenido, en este contexto, un significado emblemático, puesto que es un signo de la amenaza más general de consagrar la tiranía de los fuertes sobre los débiles como principio rector de la convivencia humana, con su secuela de discriminación e iniquidad. La historia del humanismo ha sido también la historia de la corrupción del humanismo. Fides et ratio nos ha proporcionado una mirada profunda sobre el divorcio consiguiente entre la razón y la sabiduría. Eclecticismo, cientificismo, historicismo, pragmatismo y nihilismo, son las variantes que menciona la encíclica del itinerario del así llamado pensamiento débil, el cual, despreciando los datos de la Revelación, ha terminado por minar la confianza misma en la capacidad de la razón para buscar la unidad y el fundamento de lo real.Cuando se desconfía de la capacidad racional y sapiencial que es fruto de la unidad de la razón y de la fe en la contemplación de la verdad, el hombre pierde toda dimensión objetiva. Morandé Court, |