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Un nuevo curso escolar es ocasión, sin duda, de una nueva esperanza. Pero que ésta tenga fundamento sólo sucede, en palabras de Péguy, cuando se ha recibido una gran gracia. Acaba de recordar la prensa italiana cómo Giuseppe Saragat, cuando era Presidente de la República, en la época de la guerra fría, decía orgullosamente a sus invitados extranjeros que Italia gastaba en educación mucho más que en sus Fuerzas Armadas. Es mucho, ciertamente, lo que puede esperarse de un programa educativo ambicioso, en el que se invierten grandes sumas de dinero ¿no se critica acaso la falta de medios en la Escuela y en la Universidad como dificultad poco menos que insalvable para el progreso de un país?, pero la clave de esa mucha esperanza está en los objetivos del programa. Los totalitarismos del último siglo y los actuales, aunque camuflen su identidad con apariencias democráticas lo ponen bien de manifiesto en su afán prioritario por controlar, que no servir, al mundo de la enseñanza, y a este control no escapan, ni mucho menos, los medios de comunicación, cada día más poderosos y, por tanto, más deseables a la hora de lograr los objetivos propuestos. |
| Los chicos que han participado en el debate del que informamos en este número, haciéndose eco de lo que les llega por todas partes, resumen perfectamente estos objetivos: Sacar nota, para hacer carrera y, en definitiva, para tener dinero. No descartan, ni mucho menos, el deseo de saber, el formarse como personas
, o, por usar la expresión de moda, la educación en valores. Sin embargo, todo esto, tan positivo y reconfortante, tan espiritual podríamos decir y que en los chavales aún está lleno de verdad en buena medida, sin aquella gracia que decía Péguy queda sofocado por el dio dinero, y la mucha esperanza no tarda en mostrar su verdadero rostro de frustración y desengaño. Sencillamente, porque la educación verdadera es ser introducido en la realidad tal como es, y no en pretender manipularla.
Un nuevo curso escolar esperanzador necesitará, ciertamente, medios materiales, y los tendrá, sin duda, si no falta lo esencial: educadores y maestros, y entre ellos, en primerísimo lugar, los padres. He ahí esa gran gracia, que es eso, don, regalo inmerecido, previo a cualquier tarea que se emprenda, justamente, para responder a lo que se ha recibido eso significa la responsabilidad, que es garantía del cumplimiento de la esperanza. Educador y maestro hoy hay muchos profesores; maestros, muy pocos es aquel que, antes, ha sido educado y enseñado, introducido en la realidad tal y como es, comenzando por la realidad de sí mismo. En Alfa y Omega, recientemente, lo decía un profesor: La cuestión fundamental que se tiene que plantear un profesor no es qué tengo que hacer, sino quién soy. Ése es el máximo de la educación: comunicarse a uno mismo. Y añadía: Si no somos capaces de proponer, de proponernos, lo que estaremos será precisamente contribuyendo a crear personas esclavas del poder y de la cultura dominante. Si nos olvidamos de que nuestra vida nos ha sido dada, y de vivir, por tanto, de acuerdo con la verdad de ese don previo a nosotros mismos, las construcciones, materiales o espirituales, que hagamos estarán marcadas por la mentira, serán castillos en el aire que dejan vacía la existencia, no una educación que forma personas libres, es decir, con los pies en la tierra, en esa tierra en la que, desde hace dos mil años, permanece encarnada esa gran Gracia que llena un nuevo curso, y la vida entera, de auténtica esperanza. |