|
|
Las palabras de Jesús en el evangelio de este domingo tienen una propiedad común: la de abrir horizontes que, a menudo, permanecen cerrados a los ojos de sus discípulos. Jesús enseña como verdadero Maestro. Nos abre los ojos al celo intemperante que pretende impedir actuar en el nombre de Cristo a los que no pertenecen al grupo más cercano a Jesús; abre los ojos a la recompensa por un vaso de agua ofrecido a quien le sigue como Mesías; a la gravedad de escandalizar a uno de los pequeños que creen en Él, escándalo que consiste en impedir que crean; y, en último lugar, nos abre los ojos al peligro real de no entrar en la Vida el Reino de Dios por no cortar a tiempo lo que, en la vivísima imagen que utiliza, representa la mano, el ojo y el pie. Es decir, el peligro de olvidar que la fe puede exigirnos la vida.En realidad, Jesús nos abre los ojos al horizonte de la vida con mayúscula, que es Él mismo. Es Cristo quien debe ser predicado y conocido, con tal de que se hable bien de Él. Así lo decía san Pablo: Hipócrita o sinceramente, Cristo es anunciado, y esto me alegra y seguirá alegrándome. Es en razón de acompañar al Mesías por lo que el vaso de agua tiene su recompensa; y es por impedir que los pequeños la gente sencilla crean en Él por lo que merece tan grave castigo quien escandaliza. Y es la Vida y el Reino, que Él trae y ofrece, lo que exige al creyente supeditar todo, hasta la propia vida corporal, con tal de entrar en la posesión de Cristo. Acostumbrados a vivir a ras de tierra, estas palabras de Cristo nos ciegan con el horizonte inmenso de la eternidad, cuya clave en la Historia es Cristo. Quien habla así sólo puede ser la Verdad. Quien se muestra tan convencido de su necesidad para los hombres sólo puede ser la Vida. Quien advierte del peligro de ser excluido del Reino de Dios sólo puede ser el Juez de vivos y muertos. Las palabras de Jesús se encajan como pequeñas piedras de mosaico en torno a la fe en Él; una fe que es la vida de los hombres. Por eso, es tan urgente, hoy y siempre, anunciar y proclamar a Cristo; y por eso es tan grave poner obstáculos eso significa escandalizar a la fe de los sencillos, o no quitar los que proceden de nuestra fragilidad humana. La fe es la Vida. Como decía aquel escolapio de una novela de Azorín: Tengamos fe, amigo Yuste, tengamos fe...Y consideremos como un crimen muy grande quitar la fe..., ¡que es la vida!..., a una pobre mujer, a un labriego, a un niño... Ellos son felices porque creen; ellos soportan el dolor porque esperan...Yo también creo como ellos y me considero como ellos..., porque la ciencia es nada al lado de la humildad sincera. + César Franco |