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Y él, tan impávido...
Estábamos muchos emocionados; supongo que también él por dentro, luego de recibir la imposición de manos del nuncio consagrante, de un cardenal, de docena y media de arzobispos y obispos
Juan don Juan del Río, a sus pies, monseñor nos dio alegría a los ojos. Rebozado en amplias vestiduras litúrgicas le veíamos los calcetines colorados por debajo del ribete inferior del alba, encasquetada la mitra, empuñado un báculo descomunal regalo de su pueblo, los paisanos quisieron que se viera y a poco más alcanza las bóvedas de la catedral, don Juan pasó y repasó las naves de la espléndida catedral. Se reía, os lo juro, bonito, resplandeciente, con tal soltura que denunciaba un dominio total de la situación. Estábamos muchos emocionados; supongo que también él por dentro, luego de recibir la imposición de manos del nuncio consagrante, de un cardenal, de docena y media de arzobispos y obispos; para qué decirles, nos juntamos más o menos doscientos sacerdotes, más que menos, su madre y hermanos, autoridades civiles y académicas, gente, una inmensa pallada de gente..., y él nos miraba a todos, y a uno por uno, impávido, tranquilo, riente. Satisfecho, caramba, y acababan de echarle el Espíritu Santo, a puñados, crismas, con invocaciones perfumadas de Antiguo y Nuevo Testamento. Juan impávido, tranquilo, sabe perfectamente lo que le pasa, el oficio que le han entregado. Pues él aplomado, que lo es, pero intrépido. No le ha cogido de sorpresa, todos veíamos venir la consagración, y está concienzudamente preparado. Un obispo joven para los nuevos tiempos, consciente, sin miedos ni gaitas.
Hace veinte años, el cardenal, inolvidable, Bueno Monreal, me comentó: Qué curioso, un sacerdote ha renunciado, no se deja consagrar obispo. |
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Sonreí: Estupendo, señor cardenal.
Se me puso severo: ¿Por qué estupendo? Me expliqué: Ser hoy obispo ya no es como en los tiempos viejos, cuando ustedes pasaban la vida subidos a un pedestal y todos les besábamos devotamente el anillo. Ahora les toca comportarse con estilo llano, de acercamiento, humildico. Sobre sus hombros echamos una carga de problemas como para asustar a cualquiera. Aquello de "vivir como un obispo" pasó ya a la Historia. Han de empaparse de Evangelio, y que se note, que lo veamos: Señor cardenal, el día que para consagrar obispo a un sacerdote tengan ustedes que mandarle la pareja de la guardia civil, la Iglesia entrará del todo en los raíles del Concilio Vaticano II. Bueno Monreal, siempre socarrón: Estaría bien, José María, pero va a tardar. ¿Pues? Tú no sabes la tira de candidatos que hay esperando... Juan del Río se sabe al dedillo las cartas de san Pablo, y los comentarios del maestro Juan de Ávila. Ha cumplido una larga trayectoria universitaria tendiendo puentes entre la cultura y la fe. Nos ha presidido a varias patrullas de periodistas. Quiero decir, que no vive en la luna. Conoce el fervor de los grupos creyentes, y la frialdad religiosa de la inmensa muchedumbre. Pues acepta sin aspavientos su trabajo. Y sin recelos. Lo vimos jubiloso, repartiendo bendiciones a la catedral repleta. Va a ser un precioso guía, un excelente obispo. Por chamba supimos algunos que la semana anterior al festejo de la consagración episcopal, la gastó visitando hospitales, barrios pobres, creo que la cárcel. Y luego se vino a la catedral tan campante. Para despedir la misa con podéis ir en paz, dijo a los jerezanos estas palabras desde su altar mayor: Soy Juan, vuestro obispo, vuestro hermano... Tuno él, se reía... José María Javierre |