RetrocesoA&ONº 227/28-IX-2000SumarioMundoContinuar
Artículo del teólogo italiano Bruno Forte
China necesita al cristianismo
El próximo 1 de octubre, el Papa canonizará a 120 mártires de la evangelización en China. El cristianismo y China se han encontrado cuatro veces durante la Historia: una temprana, de los cristianos nestorianos (siglo VII); otra, de los franciscanos y los dominicos precedidos por Marco Polo (siglo XIII); la tercera la protagonizan los jesuítas de Matteo Ricci (siglos XVI y XVIII); la más reciente, los misioneros de la época colonial. ¿Podría ser ésta la quinta, con una China necesitada de cubrir el vacío espiritual dejado por cincuenta años de comunismo? Es la tesis del teólogo italiano Bruno Forte, formulada en un simposio celebrado en Pekín a principios de septiembre, y en la que intervino, como huésped de honor, el cardenal Etchegaray, cuya presencia, según sus propias palabras, no debe entenderse como un tácito reconocimiento de la Iglesia patriótica china, sino como expresión de la voluntad de diálogo de la Santa Sede
La Academia de las Ciencias Sociales se encuentra a poca distancia del antiguo Observatorio astronómico, allí donde hacían sus experimentos los que eran considerados la expresión más alta de la cultura del celeste imperio.

Quizás no muchos sepan que la dirección del Observatorio fue reservada, en más de once ocasiones, a los jesuítas: a partir de finales del siglo XVI, por obra del italiano Matteo Ricci, la Compañía de Jesús había iniciado un diálogo fecundo con la milenaria cultura china, que constituyó durante mucho tiempo el canal privilegiado de intercambio de ideas con Europa. Por una parte, las cartas edificantes de los jesuítas a sus corresponsales en la patria difundieron el interés por China entre las clases cultas europeas; por otra parte, algunos jesuítas (entre ellos el italiano Giulio Aleni) escribieron en chino, obras sobre Cristo, en las cuales, conversando con los sabios del imperio, presentaban el Evangelio como el supremo cumplimiento de la búsqueda humana, tan noblemente representada en la cultura china. En el clima de nuevas aperturas, marcado por la llamada modernización, este singular encuentro entre el cristianismo y China parece revivir hoy: promovido por la misma Academia China de las Ciencias Sociales y por la Universidad Católica del Sagrado Corazón, de Milán, en colaboración con la asociación para la amistad italo-china Tian Xia Yi Jia (Bajo el cielo en una sola familia), se acaba de celebrar en Pekín un Simposio internacional sobre el tema Las religiones y la paz, en el que ha intervenido, aunque a título personal, el cardenal Roger Etchegaray, Presidente del Comité romano central del Jubileo. Historiadores, sociólogos, economistas y sinólogos han confrontado sus puntos de vista, de forma atenta y sincera: tampoco ha faltado la atención a la teología cristiana, a la que me encargaron que prestara voz. Me pareció, incluso, que entre los interlocutores chinos ésta haya sido objeto de un interés superior a toda expectativa. En un momento delicado de las relaciones entre la Iglesia católica y china, el Simposio ha hecho emerger, con una cierta claridad, dos tesis, cuya relevancia va mucho más allá de las dificultades contingentes.

La primera puede resumirse en la afirmación de que China tiene necesidad del cristianismo: en una época de grandes transformaciones económicas y sociales, como las que allí se está viviendo, el país necesita referentes éticos fuertes que ocupen el vacío dejado por la ideología, y que sostengan el empeño del bien común en el respeto de la dignidad de todos. Precisamente ha sido el cristianismo el que ha ofrecido al mundo la idea de la centralidad de la persona humana y del valor de la solidaridad, a partir del amor revelado en la encarnación del Hijo de Dios. La vivencia espiritual suscitada por el Evangelio puede constituir una reserva de sentido en el general despertar del interés religioso en China, tras los años de tabla rasa impuesta por la ideología. Un diálogo entre el mensaje cristiano y la cultura china, llevado en línea con el iniciado en el siglo XVI por obra de los jesuítas, será un bien para el país.

Pero si China necesita del cristianismo, es también posible afirmar, y es la segunda tesis emergida en el Simposio, que también el cristianismo tiene necesidad de China: en el umbral del nuevo milenio, el cristianismo tiene necesidad de un nuevo impulso misionero, capaz de regenerar esas energías humanas suyas más cansadas o dormidas. En la historia cristiana, la regeneración ha llegado siempre en concomitancia con la apertura de nuevos horizontes para el diálogo y el anuncio del Evangelio: así fue en los orígenes, con el paso del mundo judío al greco latino; así sucedió tras el trauma de las divisiones entre los cristianos, con la obra de evangelización de las Américas y de África; así podría ser ahora hacia Oriente, gracias a un nuevo encuentro con las grandes culturas de Asia, empezando por India y China.

Se trata, ciertamente, de un desafío exigente, que sin embargo aparece rico de promesas, tanto para la Iglesia, cuanto para la cultura china. Me parece éste el mensaje del Simposio de Pekín: el hecho de que haya tenido lugar a poca distancia del antiguo Observatorio astronómico, antes recordado, puede acogerse como una metáfora logística de un nuevo punto de observación sobre lo que está sucediendo a nivel planetario en el plano moral, espiritual y religioso. Se presentan un conjunto de desafíos y promesas a las que el cristianismo no puede sustraerse. Ya lo intuyó Lou Tseng-tsiang, Jefe del Gobierno republicano chino durante la época de la primera guerra mundial, bautizado después en la Iglesia católica y convertido en monje benedictino, cuando, a pocos meses de su muerte (1949), escribió en su carta-testamento a sus compatriotas: Hay una gran iniciativa que tomar y llevar a término, una alianza que establecer. China y el cristianismo deben encontrarse. Deben unirse y aliarse.

Bruno Forte
Publicado en Avvenire