RetrocesoA&ONº 254/5-IV-2001SumarioAqui y ahoraContinuar
El silencio doliente de Dios
Los gritos del hombre impiden oír a Dios, que habla en "el susurro de la brisa". Con estas palabras
se expresa el autor de este artículo, catedrático de Derecho Civil en la Universidad de Salamanca,
que reflexiona sobre un mundo hedonista y sobre nuestro Dios doliente, entregado al hombre que sufre
Dios, dice Saramago, es el gran silencio del universo, y el hombre, el grito que da sentido a ese silencio. Creo que no estamos ante dos posiciones encontradas, y menos aún ante una, la del hombre, que clama en un yermo inhóspito en que Dios, de existir, padece una sordomudez incurable. Dios no es un perenne silente, y menos un ser dedicado a autocontemplarse complacidamente en su infinitud, eternamente distante de nuestros afanes cotidianos, inmune a nuestros clamores doloridos. Muchos han hecho de esa idea de Dios su propio credo agnóstico, del que a menudo blasonan ostensiblemente. Sumergidos en la finitud, los agnósticos aumentan, decía Tierno Galván, según disminuye el número de cristianos trascendentes. Como si un cristiano digno de tal nombre pudiera vivir sin transcendencia. El cristiano, como su maestro Jesucristo, es hombre de la finitud y de la infinitud, unidas indisolublemente, como el Reino de Dios que ya está entre vosotros (Lc 17, 21), pero vendrán otros cielos nuevos y otra tierra nueva (2 Pe 3, 13). Vive en el mundo cargado con la cruz de cada día hasta la inmolación, y sabe que de ella brota la luz esplendorosa de la resurrección. El empeño del no tan viejo profesor por hacer incompatibles el Dios trascendente de los cristianos y el mundo, revela una crasa ignorancia de la esencia del cristianismo, que no es otra que la identificación de Dios hecho mundo con los hermanos menores sufrientes (Mt 25, 40). La finitud extrema de Jesús abandonado en la cruz por su Padre, se torna radiante trascendencia en el sepulcro vacío del día primero de la semana.

En una sociedad como la nuestra, hecha de crueles desigualdades e injusticias, con escasos referentes éticos, Dios es para unos el gran culpable de los males que les afligen; para otros, Dios es un sobrero reservado para implorar su auxilio cuando la tribulación se hace insostenible; una idea retrógrada —piensan muchos—, que el progreso técnico ilimitado arrincona en el desván de la abuelita. Un Dios inservible, demasiado viejo para resistir el endiosamiento del hombre posmoderno. Para tantos, un ser insignificante, del que pueden prescindir con más facilidad que de su automóvil. Todos ellos parecen muchos, casi legión, pero pocos se atreven a enfrentarse cara a cara o en su intimidad con el vacío nostálgico del gran Ausente. El pensamiento débil de nuestro tiempo es incapaz de remontarse a la infinita Sabiduría, que es un espíritu amigo de los hombres (Sab 1, 6).

¿De verdad, como exclamó san Agustín, nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en Ti? Cualquiera se atreve a confesarlo en una sociedad que hace alarde de increencia, que vive como si Dios hubiese muerto, teológicamente analfabeta. No obstante, siempre Dios, aunque nos olvidemos de Él. Sus palabras son tan bellas como en los orígenes del Edén y resuenan en el lenguaje de las flores, en el arroyo que se desliza en primavera, en el fulgor de las estrellas, en la mirada limpia de un niño. Pero Dios habla con elocuencia desgarradora, sobre todo, en el sufrimiento de los seres humanos, en los desastres naturales, en las matanzas bélicas, en el rostro sin vida de los hambrientos. Dios está del lado de acá, encarnado en los nonatos asesinados, en las víctimas del terror etarra o de cualquier forma de violencia; en agonía, como expresó Pascal, hasta el fin del mundo. El Deus absconditus de Isaías oculta su rostro invisible para mostrarse sufriente en el llanto de los niños torturados o explotados. Los gritos del hombre impiden oír a Dios, que habla en el susurro de la brisa, como al profeta Elías en las cumbres del Horeb. Hay demasiado ruido en nuestras sociedades mercantilizadas, esclavas del consumo, hedonistas hasta la extenuación. Entre el estruendo festivo de los saciados epulones de Occidente, mientras mueren de inanición los innumerables Lázaros que habitan los suburbios de la aldea global, es imposible oír a Dios, si es que habla, porque Dios no está en el huracán, en el terremoto o en el fuego devastador, como reveló al mismo Elías, es decir, en el bullicio que ensordece de un mundo derrochador y neopagano. Sólo acallados los elementos tumultuosos del odio, la violencia o el egoísmo, la voz de Dios adquiere su resonancia infinita.

En realidad, escuchar a Dios en su silencio elocuente es fácil. No hay que pedir audiencia ni guardar protocolos. Con un Dios encarnado y crucificado el diálogo es sencillo. No es preciso gritar para hacerse oír. Nuestro Dios es un ser doliente, escucha nuestro más leve rumor, se deja ser un Dios a merced de nosotros (J. Sobrino). Dios, que nos donó su misma Palabra, parece callar ante el grito del hombre, pero es porque Él mismo padece y hace suya la causa de los que sufren (L. Boff).

El Dios de la agnosis contrasta con el Dios de la kenosis. Aquél está demasiado lejos y sus palabras desde la infinitud se nos pueden convertir en mudo silencio. Éste, que se vació de su condición divina y tomó la forma de siervo (Flp 2, 7), el Dios de Jesucristo que comparte nuestra misma tienda, es un amigo dialogante, el Doctor de los doctores, que enseña sin ruido de palabras (santa Teresa de Lisieux). El Dios-Palabra sufriente ha roto el gran silencio del universo para responder a los clamores del hombre con su mismo lenguaje.

Mariano Alonso