RetrocesoA&ONº 254/5-IV-2001SumarioAqui y ahoraContinuar
Milenario del nacimiento de Santo Domingo de Silos
Un tiempo para la confianza
A comienzos del segundo milenio nacía en Cañas, pequeña localidad de la actual Rioja Alta, un niño que recibió en el bautismo el nombre de Domingo. Llegado a la madurez, se le confiaría la nada fácil tarea de restaurar, material y espiritualmente, lo que quedaba de una comunidad diezmada y de unos edificios maltrechos, del monasterio castellano de San Sebastián de Silos. Antes, aún muy joven, colaboró con su padre en las tareas propias de una familia rural. Aunque muy pronto optó por la carrera clerical, recibiendo la ordenación sacerdotal. Sin embargo, ejerció la pastoral en su propio pueblo durante un tiempo breve. Apenas habían transcurridos unos pocos años, cuando se sintió imperiosamente llamado a entregarse a una vida de mayor soledad y oración. Primero lo hizo, como eremita, en las soledades de los montes cistercios. Luego, abrazó el ideal monástico cenobítico en el, ya para entonces famoso, monasterio de San Millán de la Cogolla. Circunstancias aparentemente adversas, pero providenciales, le obligaron a dejar el reino de Navarra, al que entonces pertenecía políticamente la región donde está enclavado el monasterio emilianense. Se adentró por tierras de Castilla, hasta llegar a Burgos, donde su obispo, junto con el rey Fernando I, le encargaron que acometiera la regeneración material y espiritual del maltrecho monasterio que, posteriormente, llevará su propio nombre hasta la actualidad. En su Vida de Santo Domingo de Silos, Gonzalo de Berceo, con su característica y entrañable vena poética, nos presenta un cuadro poco alagador de dicho cenobio:

En tierras de Caraço, si ayesteis contar,
una cabeça alta, famado catellar,
auie un monesterio que fue rico logar,
mas era tan caydo que se querie ermar.

Bastaron cuatro décadas para que el monasterium exiliense, como algunos documentos medievales denominan al de Silos, floreciera en santidad y esplendor artístico y cultural, atrayendo a numerosos fieles y peregrinos. Domingo no fue ciertamente ajeno a esta transformación. Durante más de treinta años (1040-1073), fue el impulsor y animador de la vida monástica y cultural en este valle retirado del sureste burgalés. Su fama de santidad iba unida a una sensibilidad especial hacia cuanto se refería a las situaciones sociales poco favorecidas, a las necesidades espirituales; así como a las artes y las letras. Cuando, gracias a la oración litúrgica y personal, se vive en contacto con la realidad divina, es evidente que, tanto en el trato con las personas, como en las labores de cada día, se refleja esa búsqueda incesante de la belleza de Dios. La contemplación de Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, no puede por menos que encarnarse en interés por cuanto le ha llevado a Él a hacerse uno como nosotros, para rescatarnos a todos del mal y del pecado. Por eso mismo, la actividad de los auténticos seguidores del Señor se traduce inevitablemente en un hacer bien las cosas y en obras que dan frutos de vida eterna.

Ahora, al comienzo del tercer milenio de la era cristiana, es oportuno contemplar a nuestros antepasados y aprender de ellos. No ciertamente, ni solamente, con el fin de hacer un análisis histórico crítico de su vida y sus obras. Tampoco para sumergirnos en una especie de añoranza, tan nostálgica como insípida y estéril. Por lo mismo, no merece igualmente la pena quedarnos atrapados en el anhelo de ensalzar las gestas de nuestros mayores, por su firmeza en la fe, su entereza cristiana o su fortaleza en llevar a niveles muy elevados su ideal evangélico, o su ideal monástico, como podría ser en este momento la figura de santo Domingo de Silos. Quedarnos aquí sería, en el mejor de los casos, hacer historia y conocer mejor a un interesante personaje, cuya vida transcurrió a lo largo de casi todo el siglo XI.

Es evidente que los tiempos que se fueron ya no volverán. Aunque no conviene olvidar, sin embargo, que esos tiempos, con sus gentes y sus gestas, pueden ser, y deben serlo, una fuente importante de conocimientos y de ejemplos. Bien leídos, y mejor aprendidos, enseñan cómo la vida humana puede dar mucho de sí. Más aún, por el mismo hecho de ser limitada en el tiempo, no se puede desperdiciar. La vida es un don inestimable, que se desarrolla en un tiempo determinado y finito. Tiempo que hay que saber aprovechar para realizarnos como personas inteligentes y capaces de descubrir el proyecto de Dios sobre cada uno de nosotros.

Por eso mismo, la Historia enseña que los tiempos pasados no fueron ni mejores ni peores que los presentes. Para cada generación el tiempo ideal es el que le corresponde vivir. Será mejor o peor, comparativamente hablando, dependiendo del uso que de él haga cada individuo y cada generación. El tiempo es un don precioso. La señal que en él vamos dejando los humanos, lo convierte en positivo o negativo. Los tiempos que ya fueron son lo que sus gentes supieron hacer de ellos. Los actuales serán, por lo mismo, lo que nosotros queramos y sepamos hacer con ellos.

Celebrar un milenario, en este caso, el del nacimiento de santo Domingo de Silos, significa encontrarnos ante un hermoso reto. Partiendo de un hecho incontestable, que a quienes nos corresponde la tarea de dar sentido y contenido a esta etapa de la historia humana, social, eclesial y monástica, nos incumbe también la responsabilidad de llenarla de un contenido verdaderamente humano. En nuestro caso, dicho contenido no puede ser más que cristiano. Es decir, que Jesucristo, Alfa y Omega de la Historia, ocupe el lugar preeminente e insustituible que le corresponde.

Los miedos y la cobardía no son cristianos. Para Dios todo es posible, nos asegura Jesús mismo. Es posible todo lo que es bueno, bello y santo. Todo lo que ayuda eficazmente para llevar a término la obra comenzada, que es el Reino de Dios en cada corazón humano y en la Humanidad entera. Se trata de trabajar no sólo por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, con el fin de dar fruto abundante y duradero. De este modo nuestra alegría será completa.

Por eso mismo, el desfallecimiento o la inactividad espiritual, no forman parte del bagaje de un cristiano o de una cristiana. Menos aún, si cabe, de quien lo ha dejado todo para seguir al Señor, como es el caso de los monjes y las monjas. Las dificultades, la misma descristianización que padece nuestra sociedad, o la carencia de recambio por falta de vocaciones, no son motivo para el derrotismo o la falta de esperanza. Por el contrario, están llamados a convertirse en un incentivo más para vivir con generosidad, en la oración y la alabanza, en la fraternidad y el gozo, el mensaje evangélico, verdadera e inagotable fuente de aguas vivas y saludables. La confianza en Dios jamás defrauda.

Clemente Serna González
Abad de Silos