RetrocesoA&ONº 254/5-IV-2001SumarioContraportadaContinuar
Palabras en la Última Noche
Bajo el aire luminoso de las alturas de Gredos, Luis Felipe Vivanco escribió un largo poema
titulado Palabras en la última noche, del que ofrecemos un extracto. Son expresión genuina
del clima interior que se respiraba en las Conversaciones católicas de Gredos, celebradas
hace ya medio siglo, y recogidas en el libro de don Alfonso de Querejazu, editado por la BAC
Aún no es de noche, aún cruzan golondrinas postreras
el cielo que ya tiene color de despedida.
La tierra tiene miedo de quedarse tan sola.

Aún no es de noche y ellos están cenando juntos,
y aquel que los amaba quiere seguir amándolos

hasta el final, quedándose en el pan y en el vino.

Ya han comulgado juntos. Y callan. Y están tristes.

¿Por qué tanta tristeza? Aún no es de noche, aún vuelan
golondrinas, pero alguien se va y ha pronunciado

palabras despidiéndose, palabras tan cercanas

como esos pies descalzos, toscos, recién lavados,

que tendrán que alejarse por todos los caminos

—¡rudos pies misioneros!— y llegar a ser mártires. (...)

Son palabras humanas de alguien que se despide
quedándose entre ellos y amándolos más que antes,

alguien que era las mismas palabras que decía.

Les decía en palabras que, si él les ha lavado
los pies, deben lavárselos también unos a los otros. (…)

Les decía en palabras de un nuevo mandamiento
que el mundo no los quiere porque no son del mundo

y que tienen que amarse lo mismo que él los ama

para que el mundo sepa que ellos son sus discípulos.(…)

Ya es de noche y ya ensayan su vuelo los primeros
murciélagos, y aún siguen sonando sus palabras.

Ya han comulgado juntos y ahora escuchan palabras
que no entienden del todo. (…) En la casa
de mi Padre habrá sitio de sobra para todos;
si no, no os lo diría. Yo voy a prepararos
ese sitio, y muy pronto volveré por vosotros.

¡Qué importante es un sitio (no sólo en este mundo)!

Un sitio como un huerto donde estar para siempre.

Un sitio y una estancia donde seguir reunidos. (…)

Les dice que se marcha, pero también les dice:
Yo le hablaré a mi Padre para que él os envíe

otro Vivificante que estará con vosotros

para siempre, el Espíritu de Verdad, que no puede

recibir este mundo porque nunca le ha visto.

Además de palabras, les dice una parábola:
Yo soy la vid; vosotros, los sarmientos. No quiere

separarse del todo, partir… Está con ellos,

que ya son los primeros sarmientos de su cepa.

Él está en ellos y ellos en él, la misma savia
los mantiene jugosos y empuja hacia el futuro.

Yo soy la vid, insiste: vosotros, los sarmientos.

El que no vive injerto, se seca, y es echado
fuera, y arde en el fuego. Pero si mis palabras

se quedan en vosotros, llevaréis mucho fruto.

Lo que pidáis entonces, al punto será hecho.

Les ha dicho palabras suficientes y amargas
para que estén dispuestos cuando empiece el escándalo.

No se lo ha dicho antes porque estaba con ellos;
pero se va, y los deja; se vuelve hacia su Padre,

y ellos son pocos —once, nada más— y es muy grande

la oposición del mundo donde se quedan solos.

Recordad mis palabras cuando llegue la hora,
cuando os echen de todas las sinagogas, cuando

aquel que os mate crea que agrada a Dios matándoos.
(…)

De verdad os lo digo: conviene que me vaya,
pues si no voy ahora, no bajará el Espíritu,

y, en cambio, si yo voy, os lo enviaré en seguida.

Cuando baje el Espíritu será convicto el mundo
de culpa, y serán otros la justicia y el juicio. (…)

Faltan muy pocos pasos para entrar en el huerto. (...)

Padre, yo te pido por ellos. No pido por el mundo,
sino por los que tú me diste, que se quedan

solos en este mundo, mientras yo voy contigo.

Guárdalos en tu nombre. No pido que los saques
de este mundo, te pido que los guardes del Malo.
(…)

¡Qué larga despedida del que se va y se queda!

Se va, pero les deja su cuerpo, les promete
la ayuda del Espíritu. Se va, pero quedándose

para siempre en Iglesia. Después de tanto hablarles

con palabras difíciles, le habla de ellos al Padre:

Como tú me enviaste, yo los envío al mundo.

Yo te pido por ellos, pero también te pido
por todos los que crean en mí por sus palabras,

para que todos sean uno sólo, lo mismo

que tú y yo somos uno. Amándonos y amándolos,

yo en ellos y tú en mí; quiero que todos estos

que me diste, y son tuyos, estén en mí, contigo;

que estén viendo la gloria que tú me diste, amándome

desde antes de este mundo; que el amor con que me amas,

Padre justo, esté en ellos, y yo también en ellos.

 Después de estas palabras, salieron a la noche.

 Luis Felipe Vivanco