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El grito de la plebe de Jerusalén, ante el Procurador romano, en el primer Viernes Santo de la Historia sigue hoy completamente vivo. Los mismos que aclaman el Domingo de Ramos ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! parecen olvidarse enseguida de su fe en Jesús. ¿Qué ha sucedido? Hace algo más de veinte siglos, como hoy también, la multitud suele seguir ciegamente por mucho que a eso se le quiera llamar libertad a quienes dirigen los hilos de la llamada opinión pública. Hay, sin embargo, una significativa diferencia: Pilato trataba de salvar a Jesús, no quería soltar a Barrabás, tenía buenos sentimientos; sólo le faltaba y eso que la tenía ante sí conocer la verdad. Los Pilatos de hoy le han dado la espalda, pero la conocen. Por eso sus buenos deseos ya no pueden tener la coartada de la ignorancia.El problema de su país decía hace unos años a un grupo de españoles un buen conocedor de España no es que haya ateísmo: hay apostasía. Habrá que matizar, sin duda, la afirmación, pero buena parte de lo sucedido en las últimas semanas, desde el bombardeo mediático contra la Iglesia hasta la aprobación de una ley de parejas de hecho por las Cortes Valencianas, y desde la proclamación de la homosexualidad como lo más natural del mundo hasta la mayor de las insensibilidades ante la manipulación y destrucción de embriones humanos, ¿no es acaso claro síntoma del rechazo de la verdad que en la Hispania romana del siglo I ya se dio a conocer? |
| Se ha hecho costumbre mala eso de separar la vida privada, donde se pretende situar la fe, de la vida pública, donde se sitúan los hechos, con todo su poder en la configuración de una sociedad, y por tanto de sus miembros, que si son inseparables de la sociedad en que viven, ¡más aún lo son de sí mismos! En esta dicotomía, los hechos ya no nacen de la verdad mostrada por la fe, sino de quien maneja los hilos del mundo, que la Verdad no dudó en llamar Padre de la mentira. Resultado: la fe se vuelve inservible y, lógicamente, se grita ¡Suéltanos a Barrabás!
Hace unos días, en la presentación del libro Hombre-mujer. El misterio nupcial, su autor, Rector de la Pontificia Universidad Lateranense, de Roma, hizo referencia a que los ataques insistentes a la familia en nuestros días están siendo más destructivos que la bomba atómica que arrasó Hiroshima. Las bombas contra la familia arrasan incluso, y en primer lugar, a quienes las lanzan. Quienes se rasgaban las vestiduras porque los obispos no se implicaban en el Pacto antiterrorista suscrito por dos partidos políticos, precisamente porque las exigencias de la fe van mucho más allá, ¿por qué se quedan mudos a la hora de defender la vida de los no nacidos, los derechos del matrimonio y de la familia, de la única a la que corresponde tal nombre, la educación de los hijos según el criterio de sus padres y no de un Estado que está a su servicio y no al revés ? Pedro conocía a la Verdad, y la negó. Y lloró su pecado. La mujer sorprendida en adulterio del pasaje evangélico del domingo pasado tuvo también el privilegio de encontrarse con la Verdad, y Ésta, que se llama también Misericordia, mostró el camino a seguir. Los dispuestos a apedrear a la pecadora, en defensa de una falsa justicia amante de sus propios intereses antes que de la verdad, pocos días después piden a Pilato que suelte a Barrabás y crucifique a Jesús. No debe espantarnos seguir al Crucificado. Como Pedro y la pecadora, quien lo ha conocido sabe hoy también que sólo Él tiene palabras de vida eterna, y que seguirle realmente que eso es la fe, y no la caricatura de una vida privada que es pura muerte si no tiene obras es el único modo de vivir una vida auténticamente humana, que no termina ni en Hiroshima ni en un mausoleo por lujoso que fuere, sino en su pleno cumplimiento en la Casa del Padre. ¡Qué bien lo sabe expresar la fe de nuestro pueblo!: Virgen de la Macarena, ponte la cara bonita, que ya sabemos tó el mundo que el Domingo resucita. Sin duda que para la inmensa mayoría de nuestro pueblo no son palabras muertas. No dejemos que las maten los seguidores de la mentira que mandan gritar ¡Suéltanos a Barrabás! |