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| Quédase el ingenuo lector con frecuencia atónito al leer, algunos días, exabruptos como éste: Hace tiempo que no creo en Dios ni en las frases publicitarias. Inicia con él, don Martín Casariego (en ABC Cultural, 10-III-2001), un texto por fortuna escrito en la arena donde pronto lo borrará el tiempo. Días antes había lanzado el suyo (en El País, 28-II-2001) un novelista alemán cuyo nombre importa poco: La Iglesia católica es una gran represora y
Cristo nunca quiso una Iglesia. Tampoco son palabras dignas del bronce. ¡Claro que, llegando al despropósito, el último diario citado se ha permitido entrecomillar la palabra mártires al hablar de los que el Papa ha beatificado como tales!
Si alguna prueba humana necesitáramos de cuán poco representan los ecos de estas voces, acaba de dárnosla una colosal exposición que ha permanecido dos meses, tan sólo, en la Real Colegiata de San Isidoro de León, marco insuperable. Aunque estas páginas ya han informado sobre ella, justo es recordar que merecen gratitud, por haberla organizado, la Junta regional, hasta esos mismos días presidida por el hoy ministro don Juan José Lucas, y Caja España que la patrocinó. Todo empezó con el deseo de honrar a la Corona en las Bodas de Plata del presente reinado. El objetivo se cumplió con creces; y las Maravillas de la España medieval mostraron el arraigo de la monarquía en los reinos peninsulares, precursores de lo que llegaría a ser una nación plural y unida. Lo que allí fue admirablemente presentado está, sobre todo, expresado en su subtítulo: Tesoro sagrado y monarquía. Es una selección de obras maestras llegadas al corazón del viejo reino no sólo desde los templos y museos de esa Comunidad, sino también desde Aragón, Galicia, Baleares, Asturias, Nápoles, Andalucía, Castilla-La Mancha, Valencia, La Rioja, Navarra, Nueva York y Madrid. Los Monarcas medievales, en España y en el resto de Europa, eran señores de su tiempo, un tiempo áspero y peleón donde nacían las naciones y en el que los vasallos de encopetada alcurnia quizá no ponían ni quitaban Rey pero, sin duda, ayudaban a su Señor. Hay, por tanto, mucho de efímero y momentáneo, de político, de pasajero, de valeroso, bravío y violento, en esta antología de lo más hermoso que produjo aquel tiempo ya remoto. No eran ángeles, en general, los dueños del poder; y bien sabían que estaban obligados a guardarlo con la espada. |
| Y sin embargo
En esa muestra es perceptible, es evidente, es indiscutible, la presencia de Dios en sus reinos. Nadie ponía en duda que el ser humano, rey o reina que fuese, estaba en Sus manos y necesitaba cada día de Su amparo y protección. No cuestionaban, tampoco, ni los señores ni los súbditos, que Dios había querido, sobre la piedra de Pedro, edificar su Iglesia a la que habían herido ya algunas herejías y cismas, pero no, todavía, la gran ruptura luterana. Para ellos y sus pueblos, Roma era la cabeza de la fe, el gran depósito de la certidumbre, la fuente de la eternidad. Y esa creencia brilla con luminoso fulgor en muchas de las obras de arte que ha querido disfrutar una atenta multitud, aun al precio de la espera en la cola bajo el frío mesetario de las pasadas semanas.
La exposición contó sólo con 124 piezas; diría que por fortuna, pues todas y cada una requerían una morosa contemplación. Por dar algunos ejemplos: el Ostensorio turriforme, a la vez silla y custodia del siglo XIV, de la catedral de Barcelona; el Antifonario del siglo X, de la catedral de León; la espada de San Fernando, siglo XII, de la catedral de Sevilla; las donaciones de los reyes aragoneses, siglo XII, a la catedral y diócesis de Jaca; el relieve del correr las armas del Museo del Louvre, siglo XV; la extraordinaria cruz de Fernando I y Sancho, siglo XI, del Museo Arqueológico Nacional. Y un largo etcétera. No pudo estar en la Colegiata leonesa todo lo que mereció allí ser admirado. Suple a ello el espléndido catálogo, que es lo que permanece. No sólo son de gran calidad los estudios sobre los capítulos de la gran historia de la Corona y la Iglesia, así como las notas que describen y comentan cada pieza. Además, otras 79 no exhibidas se incorporan a sus páginas y son bellamente reproducidas. Se ve claramente que en la semilla primera de España está la fe, defendida por sus reyes. Sobre los siglos, refulge entre nosotros con un indeleble resplandor. Los nuevos agnósticos no la destruirán fácilmente. Carlos Robles Piquer |