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Se cuentan con los dedos de una mano los cineastas que, sistemáticamente, abordan sus películas desde verdades y sólidas certezas sobre la condición humana. Uno de ellos es el dramaturgo, guionista y director David Mamet, judío de Chicago, que reconoce en su tradición hebrea elementos suficientes para emprender el camino de la vida con dignidad y tensión ideal. Con la película State and Main escrita y dirigida por Mamet nos ofrece una hermosa historia sobre el amor a la verdad, la pureza de corazón, y la gracia siempre concedida de una segunda oportunidad.
Con un reparto formidable, en el que destaca una vez más la estupenda Rebecca Pigdeon, esposa de Mamet, esta película nos sitúa en una villa rural del Estado nórdico de Vermont (entre Nueva York y Canadá), precisamente donde el matrimonio tiene su casa de campo en la vida real. En ese pacífico e idílico lugar desembarca un rodaje hollywoodiense lleno de estrellas y glamour. Este contraste cultural pone de manifiesto los criterios y escala de valores de cada cual. Por un lado, están los representantes de sector duro de Hollywood: el productor, el director y el protagonista (Alec Baldwin). Para ellos todo vale, con tal de cumplir sus planes: no se ruborizan ante el chantaje, la degradación moral, la amenaza, el soborno, el perjurio y lo que haga falta. En el otro lado están las víctimas: un regidor que necesita un día de permiso sistemáticamente denegado para cuidar a su parturienta mujer; una actriz que está harta de desnudarse ante las cámaras y que ya no quiere hacerlo más; una menor de la que se aprovecha sexualmente el actor estrella del rodaje y, sobre todo, el guionista, un judío sensible que quiere ser fiel a la verdad de todo lo que encuentra, pero cuya honestidad sabe que le puede arruinar profesionalmente. |
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Joseph así se llama tal guionista se enamora de Ann, la librera del lugar, y en su relación con ella descubre verdades sencillas y esenciales, ajenas al modo de hacer hollywoodiense. De hecho, va a ir introduciendo cambios en el guión, a medida que va experimentando en sus propias carnes los temas del argumento: la posibilidad de la pureza y la necesidad redentora para el hombre de una segunda oportunidad.
Con tono de comedia, David Mamet, además de dar un terrible varapalo a la doble moral de la industria cinematográfica, hace un delicado elogio de las personas sencillas que saben lo que es bueno y lo que es malo, y que reconocen, cuando hacen el mal, que se destruyen a sí mismos. Por el contrario, los antedichos productor y director dejan de lado su humanidad cuando se ponen a trabajar (Le llama su mujer; Cuando trabajo, yo no tengo mujer), y siguen la ley que el pensador checo Belhoradsky llamaba la escatología de la impersonalidad: los negocios son los negocios, y ahí no entran principios, convicciones ni ideales morales. Siguiendo la trayectoria de sus anteriores películas, en especial El caso Winslow, Mamet profundiza en el ideal bíblico del cabal israelita sin doblez, honesto de una pieza y con una clara conciencia de la verdad. Y hay que agradecerle que lo haga distanciándose de tanto judío norteamericano que se aprovecha del cine para arremeter contra la Iglesia católica. Juan Orellana |