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Estamos finalizando el tiempo de Cuaresma, que es tiempo de reflexión y de conversión. Tiempo agridulce de confesión y de obtención segura de la entrañable misericordia de Dios. Porque un corazón contrito y humillado Dios no lo rechaza.
Si hemos seguido atentos los textos litúrgicos, nos habremos sentido acogidos por la ternura y magnanimidad de Dios, que nos alienta a volver a Él y a no endurecer nuestros corazones. Una de las plegarias más sabrosas en estas semanas de camino hacia la Pasión y la Resurrección de Cristo, nuestro Redentor, es aquella en la que le pedimos un corazón nuevo. ¡Qué maravilla los salmos! Queremos, necesitamos urgentemente un corazón nuevo: límpio, generoso, justo, humilde, pacífico, ilusionado, vibrante, servicial. Para amar a Dios y al prójimo. Mercedes Gordon |