RetrocesoA&ONº 254/5-IV-2001SumarioEl Día del SeñorContinuar
Domingo de Ramos
Los olivos de la paz
Estamos en el pórtico de la semana de los grandes misterios de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, Hijo de Dios, nuestro Salvador y Redentor. Acercándose ya los días santos, conmemoramos este domingo la entrada en la ciudad de la paz: Jerusalén. La escena que presenta el evangelio de San Lucas (19,28-40) está tremendamente condensada. En primer lugar, nos encontramos con los protagonistas. Tenemos a los discípulos, que simbolizan a la Iglesia que confiesa a Jesús como el rey que viene de Dios. Por otro lado están los fariseos, que representan al antiguo Israel y que se resisten a ver cómo Dios ha cumplido su palabra y nos ha sorprendido enviándonos al Esperado, al Mesías, bajo la figura de Siervo sufriente. Nadie puede impedir esa realidad salvadora que se consumará en Jerusalén, donde será ejecutado el Príncipe de la paz, Aquel que unas jornadas antes se vio aclamado por las turbas con las palabras del Salmo 118, como reconocimiento a su grandeza y a la procedencia de su autoridad. El hecho no es pura emoción del momento, sino que, de alguna manera, ese entusiasmo mesiánico es el reflejo de lo que la vida y las obras de Jesús despertaban entre sus contemporáneos.

Nosotros los cristianos, dos mil años después de aquellos acontecimientos históricos, experimentamos la hondura salvadora de las palabras ¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! Pero confesar a Jesús como Mesías sigue siendo signo de contradicción, entonces y ahora. Así, para los que viven como los fariseos, aferrados a sus esquemas religiosos, económicos o mundanos, todo esto es un escándalo o una blasfemia. Sin embargo, los que queremos reconocernos como discípulos suyos no tenemos otro camino para encontrar la paz que la subida a Jerusalén, donde Jesucristo crucificado exclamará: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Por eso, nuestra paz y felicidad no la hallaremos ya en una ciudad, templo o sistema ideológico, sino que el único lugar de encuentro salvador del hombre con Dios será el cuerpo destrozado de Cristo, que muere perdonando a sus enemigos. De ahí que, en el Mensaje de esta Cuaresma que toca a su fin, el Papa afirme: El único camino de la paz es el perdón... Amar a quien nos ha ofendido desarma al adversario y puede incluso transformar un campo de batalla en un lugar de solidaria cooperación.

+Juan del Río Martín
Obispo de Asidonia-Jerez