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Cuando menos, hay que aceptar el hecho, la extensión, la participación multitudinaria, la sinceridad de muchos, la ignorancia disculpable de otros, y la posibilidad de que Dios hable a todos. Es verdad que se puede distorsionar ese lenguaje divino. Habrá, pues, que estar atento y no cansarse de ayudar a descubrir la autenticidad del misterio en el que se cree, pero hay positivos y apreciables valores incuestionablemente religiosos y cristianos en una identificación con las propias raíces religiosas y culturales. Con una profundidad que valora esta religiosidad mucho más allá de lo que pueda ser un simple fenómeno cultural, folclórico, intrascendente.
Expresión de la fe cristiana en un lenguaje cercano al pueblo. Es como una autoevangelización del pueblo que mira sus propias manifestaciones religiosas como escuelas donde aprender y donde enseñar a las nuevas generaciones. En el centro, siempre Cristo y el misterio de la Redención. Cristo es el único que salva. Igual que los enfermos y los pobres se acercaban a Cristo pidiendo la curación y el remedio, así lo hace la gente sencilla ante la imagen del Señor Nazareno y Crucificado, al que siempre acompaña María, Dolorosa y Soledad. La presencia de María es imprescindible en una multitud de títulos y advocaciones con las que se expresa un amor único y sincero. |
| Aunque parezca que predominan los contenidos penitenciales, siempre hay un sentido de la Pascua y de la resurrección.
Los valores más apreciados y profundos del hombre aparecen en las manifestaciones de la religiosidad popular. En el amplio campo de la religiosidad popular existen muy buenos apoyos, tanto para el acercamiento a las gentes sencillas, como a muchas personas alejadas de la fe y de la práctica religiosa. En esas mismas posibilidades hay una apremiante urgencia de autenticidad. Asumir la cultura y los modos de hacer que configuran la vida de un pueblo, es algo imprescindible para poder dialogar con ese mismo pueblo en el lenguaje de la fe. El Evangelio, la Encarnación, no destruye, sino que recoge, valora y hace propia la realidad de lo humano. Ni se puede ignorar, ni tratar con indiferencia el valor e idiosincrasia de los pueblos, mucho menos anular su historia, sus valores propios, sus actitudes y expresiones. Como la encarnación del Verbo de Dios se realiza con la misma naturaleza humana, la cultura de los hombres puede ser distinta, pero el misterio de la Encarnación, único para todos. Allí donde haya una persona estará viva la presencia de Cristo y su misterio de Encarnación y de Redención. Y como el ideal del cristiano es llegar a la medida y madurez de Cristo, nunca puede decirse que habrá terminado el proceso de la inculturación, es decir, de buscar en todas las cosas la presencia salvadora de Jesucristo. Carlos Amigo Vallejo |