RetrocesoA&ONº 254/5-IV-2001SumarioEn portadaContinuar
Dios se revela a los sencillos
Recién clausurado el Vaticano II se suscitó en Francia un debate público entre dos teólogos: el padre Daniélou, jesuita, y el padre Jossua, dominico. El tema era la disyuntiva: ¿cristianismo de masas o de minorías? Había puntos de convergencia en estas dos posturas: no se puede llamar cristianismo si éste no es sincero, y no puede darse un cristianismo encerrado en grupitos de selectos de tendencia pietista o liberadora que, para el caso, sería igualmente reductor; de algún modo se complementan ambas caras. Pero, a pesar de todo, los planteamientos disyuntivos se siguen haciendo con bastante simplificación, por no decir simplismo ideológico.

Con anterioridad, el teólogo protestante K. Barth había insistido en la distinción entre fe y religión, otra disyuntiva que situó la religión bajo sospecha, incluso en ambientes católicos: la religión sería una deformada relación con Dios por parte del hombre, una pretensión mágica o farisaica, mientras que la fe es una actitud abierta, receptora y dócil ante la soberana Palabra de Dios. La verdad, en este caso también, no es la disyuntiva, sino la copulativa: la virtud de la religión bien entendida no es esa caricatura, ni está desligada de la fe, sino que es una consecuencia operativa de la fe que, incluso, contribuye a su crecimiento en la práctica: al acoger dócilmente la Palabra de Dios, se le da el culto que le corresponde. Es justo y necesario. La virtud de la religión es una parte potencial de la virtud de la justicia.

Pablo VI, en la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, dice que la misma religiosidad popular, bien orientada mediante una pedagogía de la evangelización, contiene muchos valores: Refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer. Hace capaz de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe. Comporta un hondo sentido de los atributos profundos de Dios: la paternidad, la providencia, la presencia amorosa y constante. Engendra actitudes interiores que raramente pueden observarse en el mismo grado en quienes no poseen esa religiosidad: paciencia, sentido de la cruz en la vida cotidiana, desapego, aceptación de los demás, devoción. Algo parecido escribió también el Papa Juan Pablo II en la Catechesi tradendae.

Podríamos añadir estos otros aspectos: la fe o la religiosidad del pueblo es, en gran parte, de transmisión sociológica, guarda la memoria colectiva, implica participación y manifestaciones, con frecuencia miltitudinarias; goza de una cierta espontaneidad o sintonía connatural, y hasta emocional, con el alma popular; procede de una actitud de pobreza y menesterosidad que manifiesta la nostalgia del Absoluto, propia de todo corazón humano; se expresa en actos festivos y simbólicos que necesitan el encuentro con los demás, pero con Dios como referente: Cristo en su misterio pascual, la Eucaristía, la Virgen María y los santos, los sacramentos de la iniciación cristiana, etc.

Claro que no todo son factores positivos. Esta religiosidad, si se desliga de la fe, por ignorancia o egoísmo, arrastra defectos y obstinaciones que a veces degeneran en partidismos, en sentido mágico e incurren en la mercadería de nuestra sociedad de consumo y del trato do ut des con Dios y los santos. Por eso se necesita inexcusablemente esa pedagogía de la evangelización por parte de los responsables de la misión de la Iglesia, es decir, de todos los bautizados conscientes, con tal de que no se crean mejores que la gente sencilla, a la que, según Jesús, el Padre revela preferentemente los misterios de su reino.

Una anécdota final. Siendo sacerdote recién ordenado, coadjutor de una parroquia de Albacete, a la hora de la cena, se me presentó un hombre que me dijo que su suegro se estaba muriendo, y que me avisaba por si podía y quería ir a verlo, porque no dejó de advertirme de que no había practicado nunca la religión y que dudaba mucho de que me quisiera recibir. Fui rápidamente a la clínica. La familia, que estaba en la antesala, se sorprendió al verme, pero yo le rogué que rezasen porque iba a entrar para entrevistarme con el enfermo, que, al verme, me acogió con toda naturalidad, como si me estuviese esperando, y más bien empezó él a excusarse con toda sencillez diciéndome: No crea usted que no he sido una persona religiosa aunque no haya ido a misa, porque a mí bien me ha gustado ver las procesiones de Semana Santa.

Se confesó con toda sinceridad, le administré el Viático, y me quedó para siempre este ejemplo de la religiosidad de tantas personas cuya fe sólo Dios conoce y alimenta más allá de nuestros juicios o prejuicios. Claro está que sería no sólo falsa, sino también perniciosa, la conclusión que justificase la conformidad de que basta la fe del carbonero. Pero éste es nuestro problema: ser evangelizados para poder ser evangelizadores. Y, desde luego, los pobres, incluso en cultura religiosa por sus muchas carencias, también nos evangelizan.

José Delicado
Arzobispo de Valladolid