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Se trata de una realidad tan rica como amenazada, en expresión de Pablo VI (Evangelii nuntiandi, 48). Compleja y discutida, la llama, y con razón, Raúl Berzosa en su apretada síntesis del Diccionario Catequético, de Ediciones Paulinas, con una relación de más de cincuenta estudios de carácter teológico, antropológico y pastoral sobre la religiosidad popular. ¿Cómo arreglárselas en esos berenjenales para sacar en limpio una ficha sencilla y clara sobre tan respetable fenómeno? Digno, sí, de respeto por su volumen y extensión, por sus riquezas espirituales, por los millones y millones de personas que lo encarnan con sinceridad y entusiasmo.
Al asomarnos a la religiosidad popular hemos de eliminar cualquier tic de autosuficiencia o menosprecio. No la situamos, sin más, como suele ocurrir tantas veces, en el campo de la patología de la fe, junto a la ignorancia religiosa, el fundamentalismo, el fanatismo o la superstición. La religiosidad popular es, pura y simplemente, la religiosidad del pueblo. Se mueve, pues, en las coordenadas de la gente común y asume sus modos de expresarse en la familia, la profesión, la sociedad y la cultura ambiente. Cierto que el concepto pueblo es también polivalente, con sus versiones que pasan de popular a pueblerino, y de éste a populachero. Yendo a lo nuestro, hablamos de una religiosidad creyente, cristiana, católica y compartida por muchos. La más de las veces con fuerte arraigo tradicional, con acusadas expresiones emotivas, simbólicas y plásticas, sin que falle en el cóctel una vena de interioridad y hasta de intimismo religioso (rezar a solas ante el Cristo o la Virgen de la ermita). |
| En la tradición religiosa de España, con fuerte reflejo en Iberoamérica, la religiosidad popular se manifiesta en la fuerza emocional de las imágenes sagradas, en las cofradías que les dan culto y en las procesiones que desfilan por las calles para la veneración del gran público. Cristo, la Virgen, los santos, o, más exactamente, los Cristos y las Vírgenes más veneradas por el pueblo, se nos muestran como si se diera en ellos una segunda encarnación de esos sagrados personajes en el lienzo o la talla de un artista inspirado. El mundo de los iconos orientales, que se veneran como presencia misma de quienes representan, pueden ser un noble referente de la piedad y la devoción ardiente ante el Cristo del Amor, la Virgen de la Amargura, o la Patrona de cada pueblo.
Es, por lo general, falso e injurioso que se trate aquí de idolatría. Todos saben bien que Cristo y la Virgen sólo son uno y una, y están en el cielo. A Él y a ella son a los que adoran e imploran aquí, sobrepasando la mediación del lienzo o de la talla. Se ofenden sobremanera, y con razón, si se les tilda de adorar a un leño o a un trozo de arpillera. No, no es ése el fallo de la religiosidad popular. Sus lastres, innegables y graves tantas veces, son la carencia de catequesis cristiana y el consiguiente reduccionismo de la práctica religiosa y de la misma fe a esos gestos y signos, desprovistos de vida litúrgica y sacramental, sobrecargados de exterioridades, deficientes en la fe personal e incoherentes en el comportamiento moral. Se dan también degeneraciones vulgares de esa religiosidad, con signos tan pintorescos como robarle el Niño a San Antonio, tragarse papelines con efigies de santos para aprobar los exámenes, o acudir los martes a Santa Marta para alcanzar más favores. Pero ni la religiosidad popular ni ninguna otra cosa debe ser definida por su caricatura. Todos, aunque no seamos iletrados ni (quizá por desgracia) pueblo, tenemos nuestro Cristo, nuestra Virgen, nuestro santo, nuestra cruz o medalla, enraizados en nuestra historia personal de salvación. Todos conservamos, Dios lo quiera, un rincón íntimo de religiosidad popular, desde el que nos hacemos como niños ante el Padre, Cristo y María. La Iglesia del Vaticano II no sólo no ha sepultado ni barrido la religiosidad popular; más bien, por el contrario, la ha redescubierto y valorado, considerándola como un campo privilegiado para la evangelización y una plataforma muy idónea, y a veces casi la única, para evangelizar desde ella. Hay un párrafo de oro en la Evangelii nuntiandi de Pablo VI: La religiosidad popular cuando está bien orientada, sobre todo mediante una pedagogía de evangelización, contiene muchos valores. Refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer. Hace capaz de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe. Comporta un hondo sentido de los atributos profundos de Dios: la paternidad, la providencia, la presencia amorosa y constante. Engendra actitudes interiores que raramente pueden observarse en el mismo grado en quienes no poseen esa religiosidad: paciencia, sentido de la cruz en la vida cotidiana, desapego, aceptación de los demás, devoción. Teniendo en cuenta esos aspectos, la llamamos gustosamente "piedad popular", es decir, religión del pueblo, más bien que religiosidad (n. 48) Antonio Montero |