RetrocesoA&ONº 254/5-IV-2001SumarioTestimonioContinuar
Tus ojos contagiaban vida
A Javier Oriol:

Ha pasado ya más de un mes desde que iniciaste ese viaje en solitario hacia el cielo, dejándonos a todos los que te queríamos con un nudo en la garganta y una profunda herida en el corazón. Nos ha costado reaccionar.

Nosotros, tu familia de la Casa Santa Teresa: las chicas, las religiosas, tus amigos, jóvenes voluntarios como tú de la asociación Volga, todos sentimos el vacío de haber perdido a alguien muy especial con el que hemos compartido tanto: amistad, formación, proyectos, festivales, ilusiones... y la vida.

Va a ser difícil olvidar tu sonrisa abierta, tu presencia discreta, tu hablar sencillo y profundo a la vez, tu arrimar el hombro sin hacer ruido, tus ganas de vivir por dentro y por fuera.

Tus ojos contagiaban vida.

Las chicas hablaban de ti como alguien cercano, afable, siempre alegre y, claro, te dejabas querer.

Cuando alguna vez, metido en tantas cosas, se te olvidaba el voluntariado, era imposible reñirte tras escuchar al teléfono un sincero: No sé qué me ha pasado..., perdona.

En tu entierro, alguien te llamó profeta, porque supiste aunar muy bien tu ser joven creyente con el compromiso social. Sí, Javier, tú fuiste y eres profeta para todos nosotros, que con frecuencia andamos buscando fuera el sentido de nuestra vida, sin descubrir que la vida la llevamos dentro y se llama Dios.

Ese Dios en el que creíste te ha llamado junto a Él, porque te echaba de menos, eras demasiado precioso para Él, y, aunque nosotros sentimos el desgarrón de tu partida, sabemos que, desde ahora, contamos con un amigo más en el Cielo, alguien que se fue un día sin despedirse, porque seguramente se le olvidó.

Sor Luisa María López