RetrocesoA&ONº 255/12-IV-2001SumarioAqui y ahoraContinuar
A propósito de una Proposición no de Ley sobre el derecho a morir dignamente
La verdad, fuente de la moral
El Grupo Socialista del Parlamento andaluz ha presentado en Pleno su Proposición no de Ley relativa a los derechos a la información y la autonomía de los pacientes y el derecho a morir dignamente. Al enterarme de la noticia, me quedé muy preocupado: se trata del hombre, de su dignidad inviolable y de su aprecio, de la vida del hombre y del derecho a la vida, no a la muerte. Todo hombre merece morir con dignidad; y en eso se han de poner todos los recursos y trato humano y médico, y se han de extremar las atenciones de verdadera humanidad.

Lo que no sería admisible, en modo alguno, es que, de una manera u otra, se propiciase y posibilitase la eutanasia como una acción o una omisión que, por su naturaleza y en la intención, causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor. Esa actuación, cuyo objeto es causar la muerte a un ser humano para evitarle sufrimientos, bien a petición de éste, bien por considerar que su vida carece de la calidad mínima para que merezca el calificativo de digna, es siempre una forma de homicidio; es realmente un crimen. Es gravemente inmoral. Así de claro. Esto es necesario decirlo con nitidez. La gravedad y la inmoralidad de esta acción no depende de las encuestas, de que una mayoría diga o no a esta acción. Que una mayoría, por efecto de una propaganda o de un debate, se pronunciase por el no la haría nunca buena y legítima.

Otra cosa muy diversa a la eutanasia en el sentido expuesto es la administración adecuada de calmantes para paliar los dolores, aunque ello tenga como consecuencia el acortamiento de la vida. No son eutanasia en sentido verdadero y propio y, por tanto, no son moralmente rechazables acciones y omisiones que, por su propia naturaleza e intención, no causan la muerte. Esto es lícito. Hoy existe una medicina paliativa que, además de las unidades del dolor, conlleva otros aspectos humanos en el tratamiento de los enfermos terminales; esta medicina paliativa es enteramente conforme con la dignidad de la persona humana.

FUERA AMBIGÜEDADES


Es lícito no acudir o renunciar a terapias desproporcionadas (el llamado ensañamiento terapéutico) que retrasan forzadamente la muerte a costa del sufrimiento del moribundo y de sus familiares, no acudir a estos medios extraordinarios y desproporcionados es también conforme a la dignidad de la persona humana. A esto se refiere, de ordinario, el llamado Testamento Vital.

En hipótesis, si se pretendiese con una Ley, aunque fuese de manera encubierta, y como vía a ulteriores pasos, aprobar la eutanasia en el sentido en que normalmente se entiende, habría que decirlo, sin ambigüedades y sin eufemismos, a la opinión pública. Y si no fuese así, también habría que decirlo explícitamente con absoluta claridad y sin ambigüedad alguna: ni ahora, ni en el futuro. Es verdad que el texto de la Proposición reconoce que la eutanasia llamada activa no está permitida en el ordenamiento jurídico español. También es cierto que, en la presentación, se insistió en que no se trata de elegir entre la vida y la muerte —¡faltaría más!— Pero, desgraciadamente, esta Proposición del Grupo Parlamentario Socialista no disipa las dudas.

En la Exposición de motivos se refleja ambigüedad, en medio de aspectos que, de suyo, podrían ser suscribibles. Nada que objetar a un morir con dignidad. Ahora bien, ¿quién y qué cifra, de manera objetiva, y garantiza en verdad, ese morir con dignidad? ¿Es sólo fruto de una decisión subjetiva? Me atrevo a pedir que con precisión y claridad se defina qué se entiende por ese derecho a morir dignamente, y cómo y quién lo garantiza. También habría que definir bien, y no dejar a una libre interpretación, el concepto de eutanasia pasiva, que no se aclara, a mi entender, de manera suficiente.

Se subraya, ya desde el título, la libertad de elección del paciente en la manera que uno quiere morir. No es la libertad o la decisión del individuo lo que marca la bondad o la moralidad de un acto humano, sino que ésta se basa en la verdad del mismo hombre, de la persona, en lo que es verdadero y valioso por sí mismo. Es el hombre, en su verdad y en su dignidad, quien cuenta. Comprendo que esto es algo que, en el contexto cultural en el que se tiene como dogma inapelable e intransigente la inexistencia de toda verdad y la libertad omnímoda, escandaliza profundamente.

La posición que mantengo brota de la consideración del ser humano como un absoluto, de cuya vida no puede disponer nadie, ni siquiera uno mismo, y mucho menos la sociedad u otro. Y menos que nunca cuando esa vida necesita por entero de la consideración y del respeto, del acompañamiento y de la solidaridad de los demás para vivir situaciones difíciles, como indudablemente lo son las que están próximas a la muerte. El único trato justo con el ser humano, en todas las circunstancias de su vida, desde la concepción hasta su muerte, es el respeto a un misterio —la verdad del hombre— que es más grande que nuestros proyectos, definiciones, decisiones, leyes y palabras. Es un misterio que nos es dado, que no es nuestro. Suponer que ese misterio es nuestro, que podemos disponer de él, es minar todo el fundamento racional de una vida social civilizada, porque es minar el fundamento del derecho al respeto y al trato que nosotros exigimos y deseamos. Lo que está en juego es una concepción del hombre —y, por tanto, de sociedad—, y preocupa que la valoración del hombre se deteriore y la sociedad se deshumanice.

EL HOMBRE, EN JUEGO


Está en juego el hombre que ha de ponerse en el centro de toda actuación social. Es lo que, como tesis de fondo, propugnó recientemente para la España pendiente, de manera magnífica, el Secretario General del PSOE, don José Luis Rodríguez Zapatero, en Granada. Espero que sea el hombre, en su verdad, en su dignidad objetiva, absoluta e inviolable, lo que sostenga y defienda una eventual legislación sobre esta materia en Andalucía. De otra suerte tendrían que explicarnos cómo se podrían cohonestar las palabras del señor Rodríguez Zapatero con una eventual legislación que no respetase la verdad del ser humano ante ese hecho clave en la vida del hombre que es la muerte.

Aprobar la eutanasia, en el sentido, abierto o encubierto, que señalé al comienzo, sería, es un retroceso a dos mil años atrás, cuando el hombre no contaba como tal. Una ley que la aprobase sería lo menos avanzada y lo más antiprogresista que pudiera pensarse, porque no hay progreso contra el hombre. Esto no lo dice ninguna fuerza reaccionaria; esto lo dice quien sencillamente ama al hombre. El mero hecho de que, por romper no sé que tabúes, se entrase en un debate a favor de la eutanasia directa, sería terrible siempre, y más aún en estos momentos en que estamos sufriendo el zarpazo de una violencia que elimina al hombre en las tierras de España. La vida y la dignidad humana, la libertad basada en la verdad, hay que defenderla siempre y en todos los casos. La calificación de reaccionarias a tesis contrarias a la eutanasia resultan, se quiera o no, un intento de predisponer a la opinión pública a favor de la eutanasia.

Antonio Cañizares
Arzobispo de Granada