RetrocesoA&ONº 255/12-IV-2001SumarioDesde la feContinuar
La soledad del condenado
La Semana Santa es un tiempo en el que la memoria de la Pasión de Cristo nos acerca más a Él, porque el dolor y el trance de la muerte son las dos circunstancias en las que los hombres, creyentes o no, se sienten radicalmente partícipes de una condición común. El drama del Hijo de Dios se acaba confundiendo con el nuestro. Por eso su amor nos conmueve y nos redime. Muéveme, en fin, tu amor, confesó el poeta.

Esa cercanía es fruto, como la amistad, de la soledad compartida. Una soledad que, si seguimos a Cristo en Getsemaní, rebosa de tristeza. Jesús entra en el huerto dispuesto a apurar el cáliz de su última hora. No hay vacilación en el cumplimiento de la voluntad del Padre. En su oración se juntan la angustia inevitable y la entrega decidida. Cristo, Dios y hombre, se sabe inapelablemente condenado a morir. Por eso se turba y lo confiesa: Mi alma está triste hasta la muerte. A la confesión sigue un sentimiento humano de desamparo y la súplica a los discípulos: Quedaos aquí y velad conmigo. Jesús no quiere quedarse solo. Es la tristeza agónica del hombre que necesita la compañía de los suyos, sentir cerca su aliento y guardar su imagen.

El Hijo de Dios aguarda el fin de su tiempo como hombre. Llegó la hora, la hora de la traición de uno de los suyos, aquel que encarnó la ingratitud y la mezquindad de la Humanidad entera. Porque todos somos o hemos sido Judas, alguna vez. Cristo siente el peso de la sentencia inicua que se acerca, como el condenado a muerte en su celda o el enfermo desahuciado, que conoce su estado, en su lecho. La proximidad de la última hora separa, aísla de los otros y del mundo, nos pone frente a nosotros mismos, con el pasado a cuestas y el presente reducido a una espera en la que la esperanza, nuestro último recurso, mengua.

Cristo está solo y su soledad, aparente paradoja, es nuestra mejor compañía.

De ello no nos faltan testimonios. Excepcional es, sin duda, el de un gran santo inglés, Tomás Moro (1477-1535), una de las cumbres del Humanismo, cuando, en sus días de prisión en la Torre de Londres, escribió De tristitia Christi, volcando su fe en su pluma. Esta obra tiene, además, un significado singular para la cultura española, porque estamos ante el manuscrito ológrafo conservado en el Real Colegio del Corpus Christi de Valencia, cuna de Luis Vives, otro gran humanista amigo de Moro. Al Ayuntamiento de esa ciudad, a su alcaldesa, debemos una espléndida edición facsímil.

En sus páginas, literariamente bellísimas, el insobornable prisionero siente como propios la tristeza, el hastío y el pavor del Salvador, cercana ya su pasión y muerte. Los textos evangélicos cobran vida de un modo extraordinario. ¡Qué cerca está el discípulo, aun privado de su libertad, del Maestro! Sigamos nosotros a Cristo, escribe, y oremos al Padre con Él.

Moro se une a la oración del monte de los Olivos elevando su espíritu sobre la turbación de las cosas. ¡Qué gran catequesis sobre el modo y la disposición necesarios para dirigirse a Dios!

Nuestro humanista da prueba de una cultura bíblica y clásica, así como de unas dotes exegéticas, que asombran tanto como conmueven; sobre todo, si se tiene en cuenta la circunstancia extrema en que ejercita su memoria y su capacidad de reflexión. Un buen ejemplo, también, de la grandeza humana del oficio de escritor.

La tierra y la vida son para Moro un lugar y un tiempo de esfuerzo y penitencia, como confirma la propia pasión de Cristo. Un lugar y un tiempo para la acción, nunca para la pereza o la somnolencia. Frente al tedio, nos dice: Surgere, ponerse en pie.

Esa actitud activa y exigente, como es su fe, da sentido a su martirio y le ayuda a superar el miedo, que no oculta. Dios es fiel —escribe recordando a san Pablo—, y no permite que seáis tentados por encima de lo que podáis resistir.

El autor, que no es precisamente de natural triste, recuerda que Cristo vino al mundo a ganar para nosotros la alegría por medio de su dolor. Un dolor que la soledad última engrandece. Es la hora del tránsito, que el condenado de la Torre siente, en su propia carne, cercano. Una vez más recuerda a san Pablo: Dios ama al que da con alegría. Desposeído de todo, y de pronto de su vida, el gran humanista cristiano no se aparta de las palabras del Maestro y escribe: Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no como lo quiero yo sino como lo quieres Tú.

En esa entrega, rendida su inteligencia a la humildad de quien se sabe criatura, santo Tomás Moro se niega a sí mismo y coge su cruz. En ella encuentra, como muchos otros mártires, su victoria.

Claro J. Fernández-Carnicero
Presidente de la Fundación Tomás Moro