RetrocesoA&ONº 255/12-IV-2001SumarioDesde la feContinuar
Calvario nuestro
La ciudad adquiere dimensiones de fervor nazareno cuando pasa el Santísimo Cristo del Calvario en la madrugada del Jueves al Viernes Santo. Cofradía de fe, de oración, de peticiones calladas, de lágrimas ocultas. Cristo crucificado en unas horas de Pasión, de tremendo dolor al sentirse abandonado, el Rey de los cielos y tierra, azotado, coronado de espinas, con la cruz a cuestas, después crucificado; cruz que será nuestra salvación, la señal del cristiano, la puerta abierta para perdonar nuestros pecados, la luz que ilumine nuestras congojas y dudas, el puente de nuestras almas.

Cristo del Calvario, mediador entre Dios y los hombres. Y pasa por Sevilla, en una fila de hijos, que a todos nos representan, que vamos tras Él, donde todos queremos ser cirineos, de tanto como pesan los pecados del mundo. Compañeros del Calvario, llevad también su Cruz, para que se sienta aliviado; que sepa que hoy no está solo, que muchos vamos tras Él, siguiendo sus pasos, escuchando sus Bienaventuranzas, sus recomendaciones precisas, sus mandamientos, su forma de orar, de perdonar, de escuchar, de acoger, de curar, de aliviar, de socorrer, de meditar, de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.

Maravillosa escultura del Cristo del Calvario. Las tinieblas de la madrugada son estrellas encendidas a cada paso de un nazareno. En esta madrugada del Viernes Santo se enciende la oración, la esperanza y la caridad. Sobran las saetas, los pasos, las luces, las trompetas, las flores, el oro. Sólo se ve la figura del Calvario, este seguir a Jesús por las calles de la ciudad, en una fila interminable de hermanos, cada año más y más, porque somos muchos los que nos incorporamos a esta cadena de seguidores de Cristo, por el camino del Buen Pastor que lleva a sus hijos tras la Cruz, el emblema de nuestra fe, el signo de nuestra libertad, la verdad y el fin de nuestras vidas.

Sevilla luminosa en la noche del Jueves al Viernes Santo. El cielo está brillante de clara luna de Parasceve. Por nuestros ojos y por nuestros corazones pasa el Calvario. Con Él, toda Sevilla se echa a andar, siguiendo la estela de su paso, en cofradía de hermanos que quieren aliviarle la Cruz.

Francisco Ruiz de la Cuesta