RetrocesoA&ONº 255/12-IV-2001SumarioDesde la feContinuar
Reflexiones para el Viernes Santo
El suplicio de la Cruz
En el camino de la cruz, el Dios de la Creación se reveló como el Dios de la Redención. En todo el universo solamente Cristo ha dado satisfacción al amor eterno del Padre. Dios, que detuvo la mano de Abraham alzada contra su hijo, este mismo Dios sacrificó a Jesús, a Aquel que estaba absolutamente sin pecado, para revelar su verdadero amor hacia los hombres.

Dios lo puso en el camino del Calvario, cargado con la cruz de todos los pecados de la Humanidad, y Cristo cayó una, otra y otra vez bajo la cruz de Redención. Jesús cayó por nuestras culpas, por nuestras grandes culpas.

En el plan divino, las mismas tres cosas que cooperaron en estas caídas lo hicieron también en la Redención. Para un hombre desobediente, Adán, hubo un nuevo Adán —Cristo—; para una mujer orgullosa, Eva, hubo una nueva Eva humilde —la Virgen María—; para el árbol prohibido del paraíso, hubo también el leño de la cruz. La sangre de su Madre unió la tierra en una palabra de la divina entrega. Fiat! Hágase tu voluntad.

Cada uno de nosotros vino a este mundo para vivir. Cristo vivió su vida al revés; la muerte fue la razón de su venida. Por ello la Escritura le llama el Cordero sacrificado desde el principio del mundo. Nadie me quitará la vida, sino yo la entregaré por mí mismo. Por todos nosotros.

El mundo moderno, que niega la culpa personal y admite solamente los crímetes sociales, que no tienen lugar para el arrepentimiento personal, sólo para las reformas públicas, ha divorciado a Cristo de su cruz. La cruz sin Cristo es un sacrificio sin amor. Aun ahora, cuando nuestros pecados fuerzan a Jesús a caer bajo la cruz. Nosotros pretendemos en vano separar a Cristo de su cruz.

Muchos de nosotros preferiríamos ver al Cristo el Rey, Cristo de la montaña de las Bienventuranzas, o Cristo inmaculado durante su transfiguración sobre el monte Tabor, y no al Cristo sangrando bajo la cruz. Querríamos ver al Hijo del hombre y no al Hijo de Dios, querríamos ver una victoria y llegar a la gloria sin lucha y arrepentimiento. Quisiéramos un Cristo de mente tan amplia que fuera indiferente a la virtud o al vicio.

En esa hora tenebrosa en que hasta los ríos fluyen sangre y todos los justos de la tierra están quebrantados, cuando los hombres tienen roto el corazón y están solos e impotentes, todos volvemos nuestros ojos hacia Jesús agotado bajo el peso de la cruz, que escogió aceptar nuestros pecados y redimirnos con su sangre.

Durante la Semana Santa meditamos la pasión de Nuestro Señor para seguir al Cristo de las llagas. Lloramos de pena junto con nuestros heridos hermanos, los enfermos, los que sufren, los prisioneros y los moribundos; los abandonados y los desamparados; los niños que mueren por falta de pan, los mártires que sufren y mueren por el amor y por Tu reino, por los que en su agonía gritan:

¿Sabe Dios lo que es sufrir?

Sí, lo sabe.

—¿Fue alguna vez traicionado?

—Sí que lo fue.

—¿Se sintió abandonado?

—Sí, se sintió.

—¿Alguna vez se estremeció su cuerpo de dolor?

—Sí.

¡Oh Jesús, caído tres veces!, mira también nuestras llagas: llagas en nuestros cuerpos, las heridas del abandono de Dios, llagas del miedo, de la ansiedad y de la amargura. Llagas que luchan contra Ti, y llagas que luchan y sufren por Ti. Llagas del odio y llagas del amor.

Señor, te abrimos las puertas de nuestra vida, queremos la conversión y la reconciliación contigo y con nuestro prójimo; queremos crecer en fe, oración, ayuno, penitencia, en esperanza y en gracia.

¡Oh, Jesús!, aun después de la tercera caída, cerca de la cumbre del Gólgota, Tú te levantaste y seguiste destino. Así, Señor, hasta el fin de nuestras vidas, por duro que sea el camino hacia nuestra Redención, por largo que sea, levantamos siempre. Porque el cansancio en el camino de Cristo es de todos. Y de siempre. Permítenos, ayudarte con tu cruz en penitencia de nuestros pecados, pues en Ti está nuestra resurrección y nuestra vida! Señor de amor y misericordia, crucificado por nuestros pecados, ten piedad.

Veneramos, Cristo, tu Cruz. Es tu Cruz la que ha traído la felicidad a este mundo. Por eso, sin cesar, recemos y cantemos con tus ángeles y tus santos alabanzas a Ti, Cristo Redentor, porque, al sufrir el suplicio de la cruz, destruiste la muerte con tu muerte. Tú eres la resurrección y la vida eterna.

Vytautas Antanas Dambrava
Embajador de Lituania en España