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Donde no está Dios, eso es el infierno. Donde su presencia y el esplendor de su verdad no brillan, eso es el infierno. El Maligno adopta en nuestro tiempo formas muy sutiles, casi siempre bajo el pretexto de querer el bien de los hombres: cuando hoy se comercia con los órganos humanos, se manipulan embriones o se congelan y reservan para que pueda avanzar la investigación médica y preventiva, gran número de personas considera como normal el contenido humano de tales prácticas, pero el desprecio al hombre que subyace en ellas, recuerda, se quiera o no, el descenso a los infiernos.
Urge una tarea sencilla y a la vez inmensa: dar testimonio de Dios, abrir las ventanas oxidadas para que Su luz pueda brillar entre nosotros. Donde está Dios, eso es el cielo; allí, la vida, a pesar de la miseria de la condición humana, se ilumina. El cristianismo no es una filosofía complicada, envejecida con el correr de los tiempos, ni un inconmensurable tejemaneje de dogmas y de preceptos; la fe cristiana es sentirse tocado, llamado, iluminado por Dios, y testimoniarlo. Así la Humanidad puede, por medio de la Iglesia, escapar del infierno. Y así la tierra, puede hacerse habitable a la luz de Dios. La Iglesia no puede parecerse a una asociación que trata de permanecer a flote en situaciones difíciles. Nosotros no luchamos pensando en nuestra conservación, sino que nos sabemos encargados de una misión. Una Iglesia que no fuese más que un aparato para autodirigirse, sería una caricatura de Iglesia. La Iglesia no existe para sí misma, sino para la Humanidad, para que el mundo sea un espacio abierto a la presencia de Dios, en el que pueda relanzar su debate sobre la razón de la fe. Porque donde la fe y la razón están divididas, una y otra sufren. Cristo y la Iglesia forman un todo. Sin Eucaristía, el cristianismo degenera en moralismo, y cuando sólo se vive la Iglesia de boquilla, no se la conoce. Tenemos que liberarnos de nuestro orgullo, y de toda la mala sombra del mal. Joseph Ratzinger |