RetrocesoA&ONº 256/19-IV-2001SumarioDesde la feContinuar
No es verdad
Ningún obispo achaca a Rouco el tropiezo de la excomunión. Pero la fineza diplomática del cardenal, como líder de la Iglesia española, queda en entredicho. Nadie explica a quién favorecerá la situación, pero sí que la Iglesia y Rouco son hoy más vulnerables: Así concluye una página de El País del domingo pasado, que firma Juan G. Bedoya. ¡Acabáramos! Todo es cuestión de paciencia y de saber esperar; pero, antes o después, se acaban quitando la careta y descubriendo sus cartas: si alguien se preguntaba a qué venía toda la cadena sistemática de ataques a la Iglesia, a base de manipulaciones y medias verdades, y de abiertas mentiras, durante las últimas semanas, Juan G. Bedoya se lo explica con toda claridad. De lo que se trataba, y de lo que se trata, es de que la Iglesia y Rouco sean más vulnerables. Para lograr tan codiciado objetivo vale todo; aquí y en Alemania, ¿verdad, ustedes? Bueno, pues muchos ya lo sabíamos antes, pero ahora ya todo el mundo sabe a qué atenerse. Gracias a la fineza diplomática de El País, que ésa sí que queda en entredicho, por si acaso no había quedado ya suficientemente. Los prelados, perplejos, titula El País: un recuadro cuyo texto comienza así: Varios obispos reconocen estar viviendo una experiencia que les tiene sumidos en la perplejidad... Así que no es verdad que son los prelados, sino varios obispos; naturalmente, ni un solo nombre en la información. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Como mucho, una levísima referencia a un sacerdote cercano a Rouco. Y naturalmente, tampoco es verdad lo del tropiezo de la excomunión, porque, por mucho que El País quiera insistir, ni hubo ni hay tal excomunión más que en algunas que otras mentes calenturientas ocupadas en la nobilísima tarea de que la Iglesia y Rouco sean más vulnerables.
No es verdad que todo el monte sea orégano en los medios de comunicación social, ni que todo en ellos dé igual y valga lo mismo. Por si hiciera falta demostrarlo, bastaría haber prestado una mínima atención, por ejemplo, al excepcional despliegue que la COPE ha hecho, en su programación socio religiosa, durante la Semana Santa. José Luis Restán merece la más sincera de las enhorabuenas. O, por ejemplo, bastaría haber tenido el gusto de escuchar el programa Frontera que Rafael Ortega dedicó en la madrugada del Domingo de Pascua a las mujeres ex drogadictas encarceladas: una hora de inteligente y oportunísimo diálogo de resurrección —la resurrección de Jesús, el mayor acto de ternura de Dios, según ha dicho Juan Pablo II, es la de todos—; un programa de los de quitarse el sombrero. Los responsables de otorgar los Premios Ondas, de radio, ¿tendrán en cuenta esta radio inmejorablemente hecha, o, como son profesionales cristianos, sus nombres no serán tenidos en cuenta?

¡Uf, qué sofocón y qué mal trago se llevó Fernando Sánchez Dragó, y con él algunos de sus rebuscados invitados, en su último programa Negro sobre blanco, dedicado a Jesucristo! ¡Con lo felices que se las prometían él y alguno de sus ilustres invitados que, incomprensiblemente, dedican su vida a algo en lo que dicen no creer!

Gonzalo de Berceo