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En Cataluña se han celebrado los actos inaugurales del Año Raimundiano literarios, científicos, religiosos y folklóricos, en el Castillo de Peñafort, en el convento de los dominicos de Barcelona y en la catedral. Y en Roma se celebra este mismo mes de abril un Congreso internacional sobre san Raimundo de Peñafort, en la Pontificia Universidad de Santo Tomás, organizado por el Instituto Histórico Dominicano y por la Facultad de Derecho Canónico, y coordinado por el profesor dominico aragonés Arturo Bernal.Se ha dicho que Raimundo de Peñafort encarna lo que se entiende como el seny catalán, que es algo más que el sentido común, porque apunta hacia el buen criterio, el buen juicio característico de los catalanes. Y, seguramente por verse reflejados en Raimundo de Peñafort, han tomado muy en serio los catalanes este Año Raimundiano. Son muchos los que desearíamos que, con motivo del IV Centenario, se reconocieran los méritos del Patrono celestial de los juristas para ser declarado doctor de la Iglesia. HOMBRE DE LEYES
La tradición ha conservado de san Raimundo una imagen significativa: el santo, tomando su capa negra dominicana como barquichuela, navegó de Palma de Mallorca a Barcelona, cuando el rey Jaime no hacía caso de sus consejos y le impedía utilizar otros medios para marchar a su convento. Es la tradición popular y la iconografía. La historia aporta datos muy concretos y contrastados. Se sabe que nació en el Castillo de Peñafort, comarca del Penedés, parroquia de Santa Margarita dels Monjos, entre 1175 y 1177, 4 o 6 años después de que naciera en Caleruega (Burgos) Domingo de Guzmán. En 1204 ya aparece su nombre en una sentencia de la catedral de Barcelona, lo que hace pensar que recibió allí su primera formación, que luego amplió en la famosa Universidad de Bolonia (1210-1221), donde se doctoró en Derecho. Seguramente estuvo presente en las honras fúnebres de Domingo de Guzmán, muerto en Bolonia el 6 de agosto de 1221. Al año siguiente, después de prestar sus servicios por breve tiempo en la catedral de Barcelona, ingresó en el convento barcelonés de Santa Catalina, de la Orden de Predicadores, regida entonces por el sucesor de Domingo, el beato Jordán de Sajonia. |
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Sus grandes conocimientos jurídicos, y la teología que estudió como buen dominico, hicieron de él un personaje muy bien preparado para desempeñar altos cargos y misiones en la Iglesia y en la sociedad de su tiempo: además de la predicación por tierras catalanas (incluído el sur de Francia), tomó parte activa en embajadas ponticias, en los concilios provinciales, hasta que Gregorio IX lo nombró confesor y asesor personal suyo, de 1229 a 1237. Todo lo cual no le impidió ejercer lo que fue la gran debilidad del sabio y santo dominico: el servicio a los pobres. Lo llamaban cariñosamente pater pauperum, el padre de los pobres, por lo que se le ha atribuido una decisiva intervención en la fundación de la Orden de la Merced para la redención de los pobres cautivos, como asesor de san Pedro Nolasco. Y hasta encontraba tiempo para publicaciones de gran envergadura y sentido práctico: la Suma de Derecho Canónico, la Suma de casos, la Suma de Penitencia..., que tantísimo han servido para los confesores, la Suma de Matrimonio, etc. Y su obra maestra: la compilación de las Decretales, por encargo personal del Papa Gregorio IX, que hacen de Raimundo uno de los padres del derecho. Sus Sumas fueron ampliamente recomendadas por Alberto Magno y Tomás de Aquino, y en 1286 fueron incluídas en el curriculum de la Universidad de París.
Cuando en 1237 dejaba la curia romana, volvió a su convento de Barcelona. Allí pensaba pasar el resto de su vida, dedicado al estudio, a la oración, a la predicación, a escribir algunas obras que tenía proyectadas y a la atención a los pobres. Pero ese mismo año moría el Maestro de la Orden, fray Jordán de Sajonia. TERCER GENERAL DE LA ORDEN DE PREDICADORES
El Capítulo General eligió a fray Raimundo de Peñafort como segundo sucesor de santo Domingo al frente de la Orden dominicana. Elección providencial para aquellos años de gran expansión y de asentamiento de la Orden, a la que dejó unas Constituciones, iniciadas por Domingo, con un sentido de fraternidad, de democracia y de vida de estudio y de oración, que no han perdido su vigencia. Durante su generalato, corto pero fecundo, alentó el estudio para hacer frente a los problemas de su tiempo: entre sus súbditos estaban fray Alberto Magno, fray Tomás de Aquino, o fray Pedro de Tarantasia, a quien después obedeció cuando fray Pedro fue elegido Papa: Inocencio V. No pudiendo con el peso del gobierno de la Orden, presentó su dimisión al Capítulo General y, atendiendo a sus razonamientos, le fue aceptada. Volvió a su convento de Barcelona, desde el que ejerció de confesor y asesor del rey Jaime el Conquistador, y su consejo estuvo presente en todas las decisiones de importancia, en los campos eclesiales y políticos. Para la formación de los dominicos en la lengua, doctrina y mentalidad árabes, fundó el Studium, de Túnez (1245), y el de Murcia (1266), y trabajó incansablemente por fomentar el diálogo y las controversias entre cristianos, musulmanes y judíos. El arma de la palabra, para llegar a la verdad, era la única que se conocía en la Orden de Domingo. Casi centenario, descansó de sus trabajos y se fue a gozar de la gloria que el Señor prometió a sus fieles seguidores, el 6 de enero de 1275. A sus funerales asistió la familia real, cardenales y obispos, y todo el pueblo de Barcelona, que admiraban la sabiduría de fray Raimundo y agradecían a Dios el don de su santidad. Ya en vida se le atribuyeron grandes milagros, que se multiplicaron después de su muerte. Su cuerpo, después de más de seis siglos en la iglesia dominicana de Barcelona, a raíz de la exclaustración y bárbara destrucción del bellísimo convento e iglesia góticos, fueron trasladados a la catedral de Barcelona, donde actualmente se veneran, con capilla y altar propios. José A. Martínez Puche |