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El hombre vale por lo que puede vender... ¿Quién ha querido nunca a Rockefeller? Si yo tuviera que resumir en dos frases esta obra cimera de Arthur Miller, me quedaría probablemente con estas dos que dice Willy Loman, el viajante, con base en Nueva York y permanente ir y venir mercantil por los Estados Unidos, y cuyo presente y futuro el suyo personal y el de su esposa y sus dos hijos depende de la comisión y del porcentaje. Toda la filosofía barata de la way of life americana de los años cincuenta, que ya ven ustedes lo que son las cosas sigue siendo, por desgracia, la brújula y el norte de la vida americana de medio siglo después, con el agravante de que los superdemoprogres consumismo y globalización la han convertido también en la dramática filosofía barata de todo el Occidente supercivilizado, está contenida en esas dos frases definitorias del hombre, que vale por lo que puede vender, pero que en la lacerante pregunta ¿Quién ha querido nunca a Rockefeller?, deja al descubierto la inexhaurible necesidad humana de querer y de ser querido. Entre esos dos polos: el vender como sea y para ello mentir, disimular, rebajarse lo que haga falta, hasta partirse el cuello si se quiere ver una estrella, y la ineludible urgencia de querer y ser querido, transcurre, vivísima e interpeladora como cuando fue estrenada, esta peripecia que, a la vez que estremece, obliga a reflexionar. Medio siglo no le ha bastado, por lo que se ve, ni a Willy Loman ni al civilizadísimo Occidente para cambiar de chip, como se dice ahora... |
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Sobre las tablas del madrileño teatro de La Latina, el Centro Dramático Nacional, que dirige con mesura y buen tino Juan Carlos Pérez de la Fuente, pone en escena, al servicio del ya clásico texto de Miller, en la versión señera de José López Rubio, todas las contradicciones del hombre de hoy, la miseria y, en algun momento, la grandeza de la condición humana de nuestro tiempo. A destacar, sobre todo, en el reparto el impecable hacer, prodigioso, de esa señora de nuestra escena que es María Jesús Valdés, fingidora sublime de debilidad cuando su pobre marido la necesita, y de fortaleza y hasta dureza cuando él, iluso cobarde, se quita de en medio. Muy bien también José Sacristán aunque si se sintiera obligado a negociar con sus personajes, más que viceversa, haría un protagonista todavía más creíble, y los actores secundarios. Personalmente, la escenografía de la obra dirigida por Tamayo me resultó más convincente que ésta, de un logrado gris, de Tusquets.
Los ¡Bravo! del público subrayan dos cosas: la constante, aunque ardua, tarea catártica del buen teatro y el merecido y fácilmente previsible éxito de este espectáculo que es un clamoroso mentís a aquello de que nunca segundas partes fueron buenas... M. A. V. |