RetrocesoA&ONº 256/19-IV-2001SumarioDesde la feContinuar
Cine
Los católicos van al cine
Éste era el título de un libro de Pérez Lozano, famoso crítico de cine católico, de los años cincuenta: Los católicos van al cine. En ese libro, y en otros del mismo autor, se daban criterios para que el católico valorase debidamente las películas que se estrenaban. ¡Fíjense ustedes! En aquellos tiempos los títulos de estreno eran tales como El séptimo sello, Los 400 golpes, El puente, De aquí a la eternidad, Bienvenido Mr. Marshall, Otelo, Viva Zapata... Hoy el cine ya no es así, porque nuestra sociedad tampoco es la misma. El horizonte nihilista y sin ideal de nuestro mundo nos deja una lluvia de películas mezquinas y minimalistas. Y, volviendo a las motivaciones religiosas de Pérez Lozano, podemos preguntarnos: en este momento, ¿cuántos directores de cine en activo hay en España que se declaren abiertamente cristianos, o que afirmen querer poner su arte al servicio de la Verdad? Ustedes conocen la respuesta tan bien como yo. ¿Y a nivel mundial? Alguno hay, pero no suelen llegarnos sus películas.

Nos tenemos que situar, pues, como san Pablo en el Areópago. Allí nadie sabía nada de Cristo y por ello el apóstol de Tarso tenía que partir de la experiencia de aquellos paganos, y, señalándoles el monumento al dios desconocido, decirles: Ése es el Dios que yo vengo a anunciaros. Nosotros también podemos buscar en el cine actual esa huella del Dios desconocido para construir desde ahí. La película Solas está hecha por un no creyente educado en una de las Escuelas de Cine más marxistas del mundo. La buena estrella la filmó un ateo anarquista. Una historia verdadera la dirigió un hombre cuyo pedigrí está en las antípodas de una concepción cristiana de la vida. Etcétera, etcétera. Los criterios cinematográficos de un católico de hoy no pueden ser los mismos que en los años cincuenta. Porque el método de conocimiento lo impone el objeto. Siempre. Si me acerco al cine con un criterio doctrinalista, no lograré salvar ninguna película, ni siquiera las que hemos premiado en este semanario.

Por el contrario, lo que debemos hoy exigirle a un film es que esté hecho desde la sinceridad y honestidad de la experiencia humana; es decir, que no nazca de la mentira dominante: la mentira del prejuicio, del tópico, de la sumisión al poder, de la ideología..., la mentira sobre el hombre. Sabemos que estas películas nos van a parecer insuficientes, parciales, que van a contaminar lo verdadero con lo que no lo es tanto..., pero, al menos, nos ofrecen un punto de apoyo sobre el que empezar a construir.

Las comedias americanas clásicas, aunque artificiosas en su elaboración, tenían casi siempre un sustrato antropológico leal con la realidad, unas veces simple, otras más complejo, pero que no hacía violencia a nuestra experiencia original. Por el contrario, ¿qué tiene que ver, por ejemplo, nuestra vida con Torrente? Nada. Esa película tiene el mismo valor que un chiste marrón, verde o negro —o las tres cosas a la vez—: te ríes de la manera más superflua posible, y a otra cosa mariposa. ¿Tiene algún valor más? Es necesario, por tanto, reivindicar, difundir y apoyar a los directores más libres, a los menos dóciles al poder cultural, como pueden ser Rafael Gordon, Juan Manuel Cotelo..., en España; y David Mamet, John Sayles..., en América. Los otros, las cortesanas del Poder, ya tienen a su disposición los grandes medios de comunicación.

Juan Orellana