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Lo siento, pero no sé qué pintan esos filipinos que se crucifican de verdad, con clavos, con sangre, con estertores, en los reportajes de cola de los telediarios cada Semana Santa. Los filipinos y los empalaos dan siempre un tufo de extravagancia en los informativos, que impide abordar el misterio de los días santos con reposo. No sé a qué viene. Con estos mimbres hacemos una fe de comunidad de intocables, de amigos del desvarío, de anda jaleo jaleo. Y es que mediáticamente da más juego el exceso que la reflexión. Sin embargo, qué bien se le entendía a san Francisco cuando deambulaba por las calles de su pueblo natal y hacía bocina con las manos anunciando el cogollo del dramón del Viernes Santo: ¡El Amor no es amado, el Amor no es amado! Sus palabras eran una piedra de basalto arrojada a la ventana del alma, sin aspavientos, sin espectáculo. Una vez más la invitación a la santidad que conlleva la vivencia de la Semana Santa, por decirlo sin estrecheces, ha sido el alpiste de fondo de jaula de los medios de comunicación.
Hubo un debate sobre Jesucristo en La 2. El moderador: Fernando Sánchez Dragó. Los protagonistas: José Antonio Martínez Puche, Luis Cencillo, Enrique Miret Magdalena, Gonzalo Puente Ojea, Fernando de Orbaneja y César Vidal. El asunto se desglosó en dos sesiones. El Domingo de Ramos fue un primer round de tanteo contenido, que tuvo como contrapartida una sesión más combativa y desinhibida en el Domingo de Resurrección. Por supuesto, el asunto era de batalla de adiestrados, la figura de Jesucristo no se planteaba con ingenuidad. Sánchez Dragó llegó al plató pertrechado con un libro incendiario que revalorizaba la civilización pagana frente a la barbarie cristiana, toda una ráfaga de intencionalidad. Pero, como en pocas ocasiones, tuvimos la suerte de disfrutar de un debate jugoso, y esto es a todas luces un bien escaso. En esas lides ya se sabe, hasta que no se entra a lo personal (el argumento ad hominem), el espectador se amodorra y ensaya nuevos canales, sin embargo, aquí hubo ocasión para la verdad sin aparición de serpientes venenosas (y eso que los comentarios de Puente Ojea dan para hervir las aguas del Mediterráneo). Sin embargo, el historiador, filósofo y teólogo César Vidal supo argumentar desde el rigor de la ciencia histórica y desde una fe la mar de razonable. |
| A la famosa crítica de que la Sagrada Escritura es un libro oriental dado a la exageración y a la fantasía, Vidal respondía con que las tradiciones judías parten fundamentalmente de hechos históricos que han marcado su itinerario vital. Sobre la incorporación de elementos paganos a la fe cristiana que trajo san Pablo, respondió con el inatacable argumento de que hay 500 citas en el apóstol de los gentiles extraídas del Antiguo Testamento y tan sólo dos de libros ajenos a la cultura judía. Y sobre la ausencia de datos extrabíblicos a propósito de la existencia de Jesucristo, el historiador respondió con pasajes de la literatura rabínica donde se le menciona pródigamente. Y es que la verdad no se hace valer con exhortación, retórica, admonición, sino como dice el Papa Juan Pablo II con la fuerza de la propia verdad, que se defiende a sí misma en un tono mezzo piano, como el de esas baladas de jazz de Miles Davis, y sin calenturas.
Javier Alonso Sandoica |