RetrocesoA&ONº 256/19-IV-2001SumarioEl Día del SeñorContinuar
Segundo Domingo de Pascua, o de la Misericordia Divina
El encuentro
El evangelio de este domingo nos narra una de las apariciones más importantes del Resucitado: aquélla en la que trasmite sus poderes a los apóstoles. Cristo, con su resurrección, entra en un nuevo modo de existencia corporal: pertenece por entero a la dimensión de Dios. Lo primero que produce este encuentro es la alegría del corazón, que viene de la paz transmitida por el Resucitado, que es don y regalo, no un premio que los discípulos hayan merecido. El futuro se presenta como el gran escenario de la realización de la misión de Cristo entre los hombres, prolongada por los apóstoles gracias al gesto creador del soplo del Espíritu, mediante el cual éstos participan del triunfo sobre la muerte y el pecado. Por eso se puede decir que muchas personas que han vivido fuertemente el perdón de sus pecados, por medio de los sacramentos purificadores de la Iglesia, han experimentado la fuerza de la resurrección y han poseído una nueva vitalidad en su existencia.

Los acontecimientos pascuales rompen todos los esquemas imaginables, de ahí que no sea extraño que algunos discípulos dudaran. El cuarto evangelista nos presenta el caso concreto de Tomás, que se convierte en paradigma de quien exige pruebas evidentes para creer. Pero la resurrección es un hecho estrictamente sobrenatural, y al Señor no se le conoce según la carne, sino que es necesario pasar de la búsqueda de seguridad en el ver y tocar, a la confianza del corazón iluminado por la gracia del Resucitado. Así, el costado de Cristo se convierte en signo permanente del misterio de la salvación. Tomás ha captado perfectamente ese significado, y pasa de incrédulo a creyente. En su confesión de fe se ve reflejado todo cristiano, porque en ella se da la doble dimensión del acto de fe: la pequeñez humana frente al señorío de Aquel que tiene poder para perdonar los pecados e iluminar la mente y el corazón de aquellos que en Él se abandonan.

Jesús alaba la fe de quienes no necesitan ver para creer. No busquemos, pues, otras pruebas fuera del Evangelio para confesar a Cristo como el Mesías y el Salvador del hombre. Tengamos la valentía de Tomás para repetir una y mil veces: ¡Señor mío y Dios mío!

+Juan del Río Martín
Obispo de Asidonia-Jerez