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De vez en cuando, como al ver al Rey de España cubierta su cabeza con la kipá judía en la sinagoga de Madrid, saboreo en lo más hondo del alma aquel inolvidable milhojas de Estambul.
Aunque hace ya unos cuantos años, es siempre como si fuera entonces. Sólo quien se haya visto en medio del Gran Bazar de Estambul, a la hora de comer, puede saber a ciencia cierta lo que significa la palabra algarabía. En medio de ella estaba ofertas en todos los idiomas, gritos, músicas, olores cuando oí vocear a una muchacha: ¡Hoxaldre sfaradí! Lo decía así, con ese líquida como de suspiros de España. El irresistible reclamo de su canturreo me llevó al pequeño restaurante familiar, sefardita, de una callejuela perdida en un inextricable laberinto. Estoy viendo las macetas y el mínimo zaguán empedrado de cantos. Recordaré siempre aquellas chuletas de cordero a la brasa con hierbas y especias, aquel Rioxa y aquel glorioso hoxaldre sfaradí que ni en Aranda, Tudela, Segovia o Salamanca, ni en la mismísima judería de Ribadavia, hubiera yo soñado saborear. Allí aprendí la primera lección práctica y viva de esa forma señera de hondísima nostalgia que se llama Sefarad. Estrella, como su madre, se llamaba la muchacha Perla y Sol, sus hermanas y Arbel era el apellido de familia y el nombre del entrañable restaurante, por uno de cuyos ventanucos se veía el Cuerno de Oro, en el Bósforo, y los destellos del sol entre los celajes de piedra de la gran mezquita. Me imagino ahora lo que supondría para aquella familia compartir sus sueños y esperanzas, en larga sobremesa, con el compatriota y enseguida amigo espanyol. |
| No fueron expulsados más de cien mil todo un pueblo, mientras las carabelas descubrían otro, y ahora ya es sabido que la leyenda negra ha sido más recargada de tintas que otra cosa; pero si hubiera sido solo uno, hubiera sido igual. La dignidad no es cosa de números. A las nobilísimas palabras de don Juan Carlos, Rey de España y de Yerushalayim: Lo que importa no es la contabilidad de los errores, sino la voluntad de trabajar en común, respondía no menos noblemente Chaim (Jaime) Herzog, entonces Presidente de Israel: No podemos cambiar el pasado. Lo que sí podemos hacer es aprender de sus lecciones y asegurar un futuro mejor. Horas después, el Presidente israelí no podía reprimir su emoción contagiosa en el soñado Toledot, o al inaugurar en Sevilla, precisamente frente a los restos del castillo de la Inquisición, el monumento a las tres fes, a las tres culturas, a la tolerancia entre los hijos de las tres leyes, la de Cristo, la de Moysén y la de Mafomat.
Fue ¡y bien que ya era hora! la primera gozosa cicatriz de una profunda y larga, secular, herida. Cierto que juzgar el ayer con criterios de hoy es, además de una insensatez y un grave error, algo mucho peor: una injusticia histórica y, para injusticias, ya sobra con las de ayer. A lo tuerto, tuerto, y a lo dereço, dereço es el españolísimo lema del periódico Shalom que edita en Estambul, y en ladino, la comunidad sefardita. Con ocasión del quinto centenario del descubrimiento y evangelización de América, titulaba: La ekspulsión no se fiesta. Estoy seguro de que la familia Arbel y tantos otros españoles judíos de Estambul, Esmirna, Amsterdam, Nueva York y San Petersburgo, de Lucerna o de Salónica celebrarían la reconciliación. No sé temo que no si la nostalgia puede alguna vez ser archivada, pero acaso sea éste el momento de almacenar nostalgias en el desván de la Historia somos todos demasiado antiguos para sólo llorar y de ponernos manos a la obra, ardua pero imprescindible, de cicatrizar heridas y de hacer algo más concreto que admirar fidelidades, por más que, con harta razón, la fidelidad sea hoy por no practicada la más elegante y admirada de las virtudes. ¡Qué sé yo ! ¿Estaría de más reconocer, en documento oficial, a todo sefardí no estancado de amar a Espanya, la nacionalidad española actual? ¿O reservar en la Academia un sillón (se me antoja el de la S de Sefarad) para uno de tantos escritores sefarditas, que recuerdan la idéntica raíz de Sefarad y Sefarim, que es como llaman los judíos nada menos que a los rollos sagrados de la Torah? En esta hora de las Españas en que tanto aldeanismo cateto es mejor muchas veces parecer tonto por no abrir la boca que abrirla y disipar toda duda quiere renunciar a lo español para sentirse y definirse sólo vasco, catalán o gallego, sin entender, cuitados, que ésas y no otras son precisamente las formas medulares y específicas de ser español de cuajo, los sefarditas llevan más de 500 años (que se dice pronto) explicándonos magistralmente esa asignatura pendiente. Son cuatro millones en el mundo, de los que medio millón cantan, rezan, sueñan y acarician a sus hijos y nietos en esa maravilla del ladino que sería imperdonable suicidio colectivo dejar morir. ¿No podría Sefarad dejar de ser nostálgica estatua de sal, anclada en el tiempo, para convertirse desde la diáspora, en la decimoctava Autonomía Española, de pleno derecho? |
| No ay mijor espejo ke un amigo viejo, dicen ellos entre refrán y romance que aquí, claro, hemos perdido. Sus mujeres fasen gustar el día de la circuncisión de sus hijos un dulce de almendras que llamamos masapán, y luego, el amo de la casa entona su elexía por la salidura de Espanya, a nada que le pinches un poco en el alma. ¿Vamos a seguir, a estas alturas, jugando el juego trágico y macabro, tan español, de correr judíos (o árabes) y de perder la vida entera perjurando que nuestra ley es mejor que la suya? ¿La verdad puede ser coto cerrado de nadie? ¿O ha de ser puerta abierta?
Un insigne sefardí, Moshe Shaud, lo escribió lapidariamente: Sovre la leche ke se vertió no vale yorar ni lamentarse por el tiempo perdido sino ke bushkar a ver kualo puede ser echo ainda agora, aunando nuestras fuersas. Sefarad, esa larga historia de amor no correspondido cinco siglos no han bastado para borrar su huella; más aún, Pablo de Tarso, si vino a España, vino a la Aljama de la entonces imperial Tarraco no es, no puede ser una gloriosa pieza más de museo. Las expulsiones de los judíos de Francia, Gran Bretaña, Alemania, anteriores a la de España, no dejaron en el pueblo judío un surco indeleble como el de Sefarad. Se sigue echando de menos que alguien les diga a los sefardís, además del merecido gracias a su fidelidad de enamorados, esa palabra sencillísima, elemental, exacta. Y urge decírsela, con la voz queda pero firme con que se dicen estas cosas entre hermanos. Y ¡ojalá se escriba en ladino o judeo-español igual que en español a secas!: perdón. Más vale tarde que nunca: Perdón, Sefarad , y gracias por tu fidelidad. Miguel Ángel Velasco |