|
|
Jesús Colina. RomaEl momento culminante de la Semana Santa del Papa tuvo lugar el Domingo de Resurrección, cuando antes de impartir su bendición Urbi et orbi (a la ciudad y al mundo) felicitó a todos los pueblos en 61 idiomas. Escuchaban al Pontífice más de 100 mil peregrinos. En ese momento se encontraban conectados con la plaza de San Pedro, al menos, 63 canales de televisión de 45 países. En su mensaje pascual, el Pontífice hizo hincapié en la actualidad de la resurrección de Jesús, gracias a la cual, este mundo nuestro puede cambiar. Por eso añadió, la paz es posible incluso allí donde desde hace demasiado tiempo se combate y se muere, especialmente en Tierra Santa y Jerusalén. Para ese momento, Juan Pablo II llevaba ya muchas horas de vuelo. No sólo se había levantado pronto para presidir la misa de Pascua (algo que no siempre había hecho), sino que se acostó tardísimo para presidir la larga Vigilia Pascual, en la que bautizó a cinco adultos y a una niña procedentes de Japón, Italia, China, Albania, Estados Unidos y Perú. Como todos los años, el momento más emocionante de la Semana Santa romana tuvo lugar en la noche del Viernes Santo, cuando el Santo Padre dirigió el Via Crucis en el Coliseo. Tras seguir, de rodillas, sumergido en meditación, el camino de Cristo hacia el Calvario, tomó la cruz en la última estación. Al concluir, dejó a un lado los papeles y dejó espacio a su meditación personal. |
|
Salve, Cruz, comenzó diciendo en latín, y añadió en italiano: La Iglesia de Cristo confiesa esta realidad divina y humana. Lo ha confesado así durante dos mil años. Y hoy, por primera vez en este milenio, lo confesamos ante todo el mundo, aquí en Roma, con este Via Crucis, en torno al Coliseo romano. En el tercer milenio queremos confesar que, por su cruz, el Hijo de Dios, aceptando esta humillación destinada a esclavos, la llevó a la glorificación, a la adoración.
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, porque por tu cruz redimiste al mundo, añadió otra vez en latín; y concluyó: Que esta verdad, confesada hoy en la basílica de San Pedro y en el Coliseo romano, sea la luz y fuerza en este tiempo que hemos inaugurado desde hace algunos meses. ¡Salve, Cruz del Coliseo romano! ¡Salve, en el umbral del tercer milenio! ¡Salve, a través de todos los años, de los siglos de este nuevo tiempo que se abre ante nosotros! El camino de la cruz discurrió por el interior del Coliseo el famoso anfiteatro Flavio, que recuerda los sufrimientos de los primeros cristianos, continuó por delante del Arco de Trajano y concluyó en la colina del Palatino. Guiaron la meditación del Papa, y de los millones de peregrinos (tanto los presentes en Roma como los televidentes), las meditaciones escritas por el cardenal John Henry Newman (1801-1890), anglicano convertido al catolicismo y una de las figuras más importantes para la Iglesia católica de Inglaterra en el siglo XIX. El día anterior, Jueves Santo, el Papa celebró la misa de la Cena del Señor en su catedral, la basílica de San Juan de Letrán, llena hasta los topes. El ambiente era solemne. La Segunda Lectura y el Evangelio se cantaron en griego antiguo, y después en latín, recuperando las palabras y el ambiente con el que escucharon las Escrituras los primeros cristianos en esta misma metrópoli. Los presentes revivieron así el escándalo de la Eucaristía: el pan y el vino se convierten verdadera, real y substancialmente en el cuerpo y la sangre de Cristo. La mente se siente perdida ante un misterio tan sublime, constató el Papa. Ahora bien, la Eucaristía no se puede entender sin aquel gesto, impensable en tiempos de Jesús, con el que lavó los pies a sus discípulos. El Papa con sencillez volvió a repetirlo, lavando los pies a doce sacerdotes. Con este gesto explicó el Pontífice, Jesús recuerda a sus discípulos de todos los tiempos que la Eucaristía exige que sea testimoniada en el servicio de amor a los hermanos. Para subrayar esta dimensión, mientras el Santo Padre lavaba los pies de los sacerdotes, se pidió a todos los presentes un acto de generosidad traducido en un donativo a favor de los damnificados por los terremotos que flagelaron El Salvador en enero y febrero pasados, causando más de 1.200 muertos. El dinero recogido fue entregado después a Juan Pablo II en el momento de la presentación de los dones. Durante el mediodía del viernes santo, el Papa confesó a 12 personas en la basílica de San Pedro, como un sacerdote más. Entre los peregrinos, de diversas naciones del mundo, que hicieron fila para confesarse con él, había un español. |