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Pepi y Juan Manuel tienen dos hijos, Juan José, de quince años, y Julia, de seis. Juanjo nace a los diez años de casados. A los seis meses, después de observar que había cosas diferentes (cosas que el padre no quería ver), de pasar por múltiples médicos, el duro diagnóstico: Juanjo era paralítico cerebral.
Ahí empezaron las preguntas. ¿Por qué le ha sucedido a él? ¿Qué pasará ahora? ¿Qué evolución tendrá? ¿Podrá andar un día? ¿Cómo será mañana? Ése fue el principio de los interrogantes, ¿qué?; ¿cómo?; ¿quién? Y ante tantas y tantas preguntas, una sola "contestación científica": la estadística. Miren, uno de cada miles de nacimientos son paralíticos cerebrales; uno de cada . son..., y así un largo etcétera. Y de nuevo las preguntas sin contestación. Sí, todo está muy calculado, pero ¿quién lo permite? Eso sólo Dios lo sabe. Y si Dios ha hecho esto con un niño indefenso, ¿qué ? La pregunta sin contestación fue el principio de un tenue y progresivo distanciamiento. Luego, un largo camino, buscando lo mejor (cuando lo mejor no sabes ni siquiera si existe): cambio de profesionales, de centro, de plaza, de vida, de todo. Pero siempre pensando en Juanjo. Así durante todos estos años. Porque la mayor parte de su vida pivota sobre él Hoy, Juanjo tiene 15 años. No puede andar, va en silla de ruedas, necesita ayuda para comer, para asearse, para darse la vuelta en la cama, para todo. Pero Juanjo conoce sus limitaciones y, sobre todo, las asume con una sonrisa, aun sin saber qué pasará el día de mañana. Hace varios años que Juanjo comenzó la catequesis para la Comunión en la parroquia de Nuestra Señora de las Delicias, de Madrid. Su padre le acompaña en cada reunión. Después de hacer la Primera Comunión, continúa en las catequesis de Juveniles con su padre. Juan Manuel ha escrito una carta a los compañeros de grupo de su hijo, y al mismo Juanjo. Reproducimos el texto de la carta: |
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Queridos compañeros: Permitidme utilizar este término, aunque no sea normal que alguien con 48 años se dirija así a vosotros, los de Juveniles, casi todos con menos de 14 años. Pero después de tantos años juntos, desde que iniciamos la primera catequesis para la Primera Comunión, creo que me he ganado el derecho a utilizar este término.
Aunque creo que todos vosotros me conocéis de vista, lo primero que quiero hacer es presentarme. Mi nombre es Juan Manuel, soy el papá de Juanjo, este compañero vuestro algo especial. Igual a vosotros en casi todo, pero que siempre está en una silla de ruedas. No puede andar, ni corretear; también tiene algunos problemas en su vista y, a veces, no puede controlar su saliva. Pero, por lo demás, es igual, casi igual, tiene dos piernas, dos brazos, dos ojos... y..., una cabeza que piensa, en la que le da muchas vueltas a las cosas. Fue Juanjo el que nos pidió hacer la Comunión, asistir a catequesis. No me preguntéis cómo, ni por qué, pero así fue. Fue él quien me llevó a vuestra catequesis. Hoy, cuando ya han transcurrido seis años, aún recuerdo mis inicios en lo que, en un principio, consideraba que era vuestra catequesis. Empezó porque él quería que le acompañara, asistía como señorito de compañía, me encontraba como mero espectador. Yo, que hace quince años no pude comprender el por qué. No entendía, ni asumía que Dios consintiera determinadas situaciones. Ante estos hechos mi mente se oponía, y hacía replantearse muchas cosas. Es curioso, pero también gracias a él, de su mano, poco a poco, semana a semana, lentamente, algo fue evolucionando en mí, muy despacio. Hoy no puedo recordar cuándo se produjo el cambio, pero sí sé que algo cambió en mí. Quizás fue el día de su Primera Comunión, en abril del 98, cuando Juan, su Cura Juan, como Juanjo le llama, en su homilía le dijo que hoy es un día grande para ti, pero también es un día grande para Dios Jesús quiere recordarte que tú eres un amigo muy especial Él te pide hoy que le ayudes a seguir salvando a los hombres que se rebelan contra la cruz de cada día; a los que no entienden el misterio del dolor y del sufrimiento ; y quiere también que ayudes a los que no quieren entender que la felicidad está dentro del corazón y que sólo la descubren los que, olvidándose de su propio sufrimiento, buscan hacer felices a los demás Nosotros también te necesitamos a ti. Queremos ver tu sonrisa, que es la sonrisa de Dios. Por otra parte, al domingo siguiente, cuando Fortunato, en la Misa de once, en vuestra Misa, le felicitó públicamente por su Primera Comunión, a partir de ese día sentí verdaderamente que pertenecía a esta parroquia. Recuerdo, como especialmente gratificante, su primer año de Juveniles, con sus nuevos compañeros (sigue con los mismos) y catequistas (mi agradecimiento a Lidia, Pilar y John, que supieron alegrar sus reuniones). A pesar de que una vez no fueron, mejor dicho, no fuimos, capaces de que entendiera el mandato de Abraham. No llegó a entender que Dios pudiera mandar que un padre matara a su hijo. Después, con la dulzura y el amor de sor Claudia y la espontaneidad de Javier, para rematar con la incorporación del aire fresco de sor Victoria... Tampoco quiero olvidar su especial inclinación por su tocayo Juanjo. Por ello, gracias a todos, a los señalados y a los que no están recogidos sus nombres, pues creo que los tenemos en nuestra memoria. Gracias a él he vuelto a un reencuentro. Hoy, Juanjo, me sigue ayudando a tener de nuevo esta llama, a creer en Dios, a entender el por qué de muchas cosas; a creer que, a pesar de la cruz que llevamos cada uno, el peso no depende de la carga de la cruz, depende sólo de cómo la llevamos y la asumimos; que no existe relación entre el tamaño de la cruz y el de la carga. Y todo esto me lo ha enseñado Juanjo, mi hijo. Por eso hoy puedo decirle gracias, Juanjo, gracias por haber conseguido que vea el camino de Dios. Por eso os animo a que, como Juanjo, seáis apóstoles de Jesús, en vuestro entorno, ante la familia, ante los amigos, ante los compañeros. Hacedlo con la cabeza alta, muy alta, con orgullo de ser así. Pero, además, a los del último curso, que lo mantengáis en el tiempo, que disfrutéis de la vida, pero siempre con esta bandera. La bandera de Jesús. Es fabuloso que, en algún momento, alguien pueda agradeceros vuestra labor, la mayor de las veces anónima, pero que deja el buen sabor de las cosas bien hechas. Por todo, ¡gracias, Juanjo! ¡Gracias, a ti y a tus compañeros! Espero que sigamos asistiendo durante muchos años. ¡Gracias! Juan Manuel |