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Mi madre ¡Dios la bendiga! y yo formamos una pareja que más de hecho no puede ser
Salí de su vientre, siempre hemos vivido juntas, dependemos afectivamente una de la otra de forma casi brutal. Ella es mi raíz y yo, ahora, soy la rama sobre la que apoya su espléndida vejez
¡A ver!: ¿dónde nos tenemos que inscribir como tal pareja de hecho para gozar de los beneficios fiscales, de Seguridad Social, viudedad y otros pagos que determinadas Comunidades Autónomas han comenzado a ofrecer a gays y lesbianas, por ejemplo?
Lo que yo planteo ¿parece un sinsentido, una burla, una broma de circo? ¿Y no lo es que, amén de prebendas económicas, lo que determinados colectivos, como se llaman a sí mismos, traten de forzar sea el reconocimiento oficial como matrimonio de lo que es un emparejamiento, o que tampoco deshonra a nadie? Dejemos de jugar y de jugárnosla con las palabras; porque se empieza haciendo malabarismos lingüísticos y se acaba preso de patas en una empanada mental y social que equipara cualquier unión con el muy serio contrato y, para los creyentes sacramento del matrimonio. Porque mi madre y yo, por muy pareja de hecho que constituyamos, no somos un matrimonio. Si, en nuestro caso, está claro, ¿por qué en otros admitimos a pies juntillas la confusión entre posaderas y témporas? Pilar Cambra |