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| Con una puesta en escena sobria y punzante, al estilo acostumbrado de su director, pero con un guión bastante escolar y algo chatito, el cineasta navarro vuelve al tema de nuestra postguerra con el deseo de cubrir lagunas historio-cinematográficas, como hizo Ken Loach con Tierra y libertad. Los héroes de este film son los maquis, que entre curas y dirigentes del movimiento, segaron un millar de vidas en la década de los cuarenta. El protagonista, Manuel (Juan Diego Botto), es un jovencito idealista que se echa al monte para cambiar el mundo. Su novia, Lucía (Lucía Jiménez), le apoya y ayuda desde una aldea vasco-navarra sometida al yugo cruel y despiadado de una guardia civil inmisericorde. Muertos de un lado y del otro se suceden en la película como si llovieran en el angosto espacio de un callejón sin salida. La gente del pueblo, especialmente retratada en la actitud de Teresa (Mercedes Sampietro), opta en principio por ver, oir y callar. El miedo mortal y el deseo de vivir en paz mantiene a los habitantes en una ambigüedad permanente entre delatores y acusadoes de un bando y de otro.
Dejemos de lado en esta ocasión el tratamiento histórico del film que entraría en contradicción con los consejos de guerra que sufrían los guardias civiles cuando sobre ellos se cernía la duda de ensañamiento con los maquis y la dudosa oportunidad de un film así en los sangrantes tiempos que vivimos en España (¡cuántos proetarras no verán en esta película una ocasión ideal de cineforum didáctico!) Fijémonos más bien en su contenido intrínseco. En primer lugar, la película está atravesada por un escepticismo profundo; todo se juega en el plano de las ideologías, y éstas, o bien toman la forma del poder más brutal, o bien de la utopía más ilusa. Apenas queda espacio para lo más humano, encarnado en la relación entre Lucía y Manuel, relación que sucumbe a la lógica perversa del odio fratricida. Al tratarse de un film desesperanzado y amargo, es inevitable preguntarse por la utilidad de esta forma de entender la memoria histórica. Ciertamente, en los diálogos se sugiere a veces un punto de fuga: Nuestra causa es justa, pero lo que hacemos ¿lo es?, aunque no está suficientemente respaldado por el comportamiento de los personajes. La intolerancia genera violencia y ésta, a su vez, es el germen de la sinrazón más absoluta, afirma Armendáriz en la presentación a la prensa de Silencio roto. Es una pena que no haya profundizado con más amplitud de horizonte en esa afirmación, tan cierta por otra parte. Y, en fin, es de agradecer que en el breve flash en que aparece la Iglesia, representada por un sacerdote, se la muestra administrando sacramentos y al margen de la sangrienta refriega que envuelve la película. Lo que parece claro, una vez más, es que no se pueden ahuyentar los fantasmas del pasado si no es desde una esperanza presente. Y ¿quién vive de esa Esperanza en el cine actual? Juan Orellana |