RetrocesoA&ONº 257/26-IV-2001SumarioDesde la feContinuar
En torno a la colonización
¿Explotación..., o civilización?
En el programa Las artes y las letras, de Radio Intereconomía, conté recientemente la siguiente anécdota: hará varios meses se me acercó, en la calle, bajándose de un taxi, una señora que me preguntó dónde se encontraba una determinada librería de Madrid, que no había podido localizar ni siquiera con la ayuda del taxista. Como yo me dirigía, en ese momento, a un lugar cercano a la librería mencionada, le pedí que me acompañara y fuimos charlando durante el camino. Era negra, y me dijo provenir de la República Dominicana. Durante la conversación se manifestó indignada con la colonización española en América, acusándonos con virulencia a los españoles de haber realizado allí las mayores barbaridades. Le respondí lo siguiente: Señora, si sus antepasados africanos hubiesen permanecido en África, podría ser que usted estuviese ahora muriéndose de cualquier violencia o enfermedad, en cualquier tribu misérrima, sin que tantos falsos indigenistas de todo el mundo se preocupasen lo más mínimo por su situación; si sus antepasados hubiesen sido llevados en un barco negrero a Norteamérica, es muy posible que usted se encontrase hoy en un pobre barrio de un suburbio neoyorquino, viviendo en unas ínfimas condiciones sociales y económicas; porque sus antepasados fueron llevados como esclavos —probablemente por un barco inglés, porque en negrería y piratería ningún país actuó con mayor eficacia— a un territorio hispanoamericano, ha tenido usted la suerte de estar ahora en Madrid, viajando en un taxi y permitiéndose insultar, porque sabe que yo la voy a escuchar educadamente, a los colonizadores españoles.

La anécdota se queda aquí. Lo que no se queda aquí es el tema que detrás de ella se esconde. No me avergüenzo, sino que más bien me enorgullezco, de lo que los españoles que fueron a América llevaron a cabo durante la colonización. Ciertamente, se dieron barbaridades: el choque de mentalidades y culturas las ha hecho muchas veces casi inevitables, ante la incapacidad histórica del ser humano para comprender a otros pueblos; tanto más cuando el hombre del Renacimiento tuvo una fuerte conciencia de su grandeza, que se exacerbó al afrontar otras civilizaciones mucho más primitivas y muy lejanas a su mentalidad. Pero aún han sido mayores los crímenes históricos —cuyas huellas dolorosamente perviven— de otros pueblos europeos en tierras africanas o asiáticas, crímenes que, en cambio, nadie parece recordar. Y me gustaría escuchar a los sociólogos del siglo XXII cuando describan las barbaridades del siglo XX, y comprueben que han superado, con mucho, a las de cualquier época colonizadora, sin reacción alguna por parte de tantos interesados críticos de la gran empresa española.

ESCÁNDALOS FINGIDOS

Y, junto a ese argumento negativo, el mucho más importante de carácter positivo. Si miramos el pasado, todos somos hijos de una colonización, y ¡ay de los pueblos que no lo son! Roma colonizó al actual mundo latino; España colonizó a buena parte de América. La palabra colonizar puede tener dos sentidos: colonizar o tener colonias, civilizar o explotar. En su primer y mejor sentido, supone rescatar pueblos que habían conseguido apenas salir de la Prehistoria e incorporarlos, en un tiempo muy corto, a unas condiciones de vida cultural, intelectual, física y social, mucho más desarrolladas y humanas; a una lengua con mucha más riqueza; a una situación abierta a muchas más posibilidades de evolución positiva. Así les ha sido posible a muchos pueblos encontrarse hoy en condiciones de desarrollar relaciones sociales, lingüísticas, religiosas, humanas y culturales muy superiores a aquellas a las que hubiesen podido llegar como pueblos colonizados —explotados— en tantas otras zonas del planeta que están en la mente de todos.

Hay mucho escándalo fingido y mucha ignorancia detrás de las impresentables críticas, falseamiento de la Historia, y ocultación de la verdad, que se esconden en toda esta problemática. Hay muchos sedicentes intelectuales, a los que no les preocupa lo más mínimo la defensa de tantos pueblos verdaderamente rotos —en la Historia y en el presente— por un inmisericorde abandono, cuando no por una feroz explotación, dado que tales abandono y explotación son hijos de una política capitalista que ahonda cada día las injusticias y las diferencias económicas y sociales; pero que sí que se escandalizan por la que consideran gravísima destrucción histórica de determinadas peculiaridades autóctonas —que en el fondo les son indiferentes— allí donde tuvo lugar una labor regeneradora en los planos religioso, moral y cultural, y donde nacieron pueblos nuevos dotados de una fuerza espiritual que se quiere a toda costa destruir.

Que se trata, por supuesto, de destrozar un mundo de contenido cultural y religioso determinado, eso ya lo sabemos. Que se trata de desmitificar principios de convivencia intelectual y social, principios que no predican ni permiten la manipulación egoísta del ser humano, eso ya lo conocemos. Que no interesa el bien del hombre inerme, sino la destrucción de la verdad, eso no se nos oculta. Que se nos pide que guardemos silencio frente a toda manipulación y toda mentira, eso es evidente. Pero no lo van a conseguir.

Alberto de la Hera