RetrocesoA&ONº 257/26-IV-2001SumarioLa vidaContinuar
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Para el profesor Juan Velarde Fuertes —y se puede asegurar, que para muchísima gente más— don Manuel Fraga Iribarne, cuyo pensamiento y actuación están firmemente arraigados en la fe católica y en las exigencias del humanismo cristiano, ha sido y es uno de los hombres decisivos para la política española del siglo XX. Por eso ha escrito estas 235 páginas, que acaba de editar Planeta, con un prólogo de Rodrigo Rato y un epílogo de Mariano Rajoy. Rato afirma que, entre los títulos que suelen otorgarse a las personas claves en la historia de un país, el más importante ha sido siempre el reconocimiento tácito de haberse mostrado como profesores en la difícil asignatura del comportamiento, es decir, catedráticos en lo que se ha de hacer y en lo que hay que evitar en provecho propio y en el de la nación. Rajoy escribe que la persona de Manuel Fraga es una referencia fundamental para estar en la política. Y Velarde, el autor, economista y humanista de prestigio reconocido, ofrece un ensayo sobre la personalidad de Fraga, o el intelectual y la política, que es una visión, desde la economía, no solo de Fraga, sino también de su circunstancia. De su gran circunstancia que, naturalmente, es Galicia y es España. Ni el asentamiento democrático, ni la necesidad de que el pensamiento conservador no se perdiese por vericuetos absolutistas o integristas hubieran sido posibles sin la altísima calidad intelectual de Fraga y su reciedumbre política y, antes y sobre todo, moral. Es lo más serio que se ha escrito sobre Fraga.
Durante trece años, desde 1945 a 1958, René Lejeune, autor de este libro, fue colaborador personal directo de Robert Schuman, sin duda uno de los fundamentales pilares de la construcción de la Europa moderna. La editorial Palabra ha tenido el acierto de evocar, en estas doscientas cincuenta escogidas páginas, la figura luminosa de este padre de Europa (1886-1963) y su visión humanista, tan propia de un cristiano de fe profunda, arraigada y coherente que está camino de los altares.

Son páginas especialmente sugestivas y adecuadas en un tiempo como el nuestro, en el que parece que lo normal y lo políticamente correcto sería exactamente lo contrario: separa la fe de la vida, la indispensable dimensión pública de la fe de su dimensión personal y privada. Schuman se revela en estas páginas modelo y ejemplo de que es posible, de que se puede ser perfectamente un cristiano a carta cabal y un habilísimo político y diplomático, conciliando admirablemente acción y contemplación, posibilismo y esperanza, justicia social y avidez de Dios, sin complejos y sin dejarse acobardar por los acontecimientos.