RetrocesoA&ONº 257/26-IV-2001SumarioMundoContinuar
Entrevista al cardenal Tomko, ex Prefecto de la Congregación
para la Evangelización de los Pueblos
Misión: medicina para
un Occidente cansado
Dieciséis años de eficaz servicio eclesial ha prestado el cardenal Tomko al frente de la Congregación
para la Evangelización de los Pueblos. Por motivos de edad le ha sustituido el cardenal Sepe.
En esta entrevista a la agencia Fides, hace un balance de los desafíos que los misioneros y la evangelización afrontan:
Con qué sentimientos deja la Congregación para la Evangelización de los Pueblos?

Dejo el servicio al organismo misionero, pero me llevo la misión en el corazón. He aprendido mucho: todos estos años han sido un gran don de Dios. He recibido mucho más que lo que haya podido dar. Y he experimentado la pasión de la misión, con alegrías y dolores. He vivido la aventura del Espíritu, en acción entre los pueblos. He experimentado cómo la Iglesia nace y crece en la dureza de la pobreza y del hambre, bajo persecuciones y opresiones; con el heroísmo de los misioneros y de los nuevos cristianos; en la debilidad humana y en la lentitud de mentalidades engangrenadas. He realizado más de 50 viajes a África y decenas a otros países. De ellos he aprendido a hacer fiesta a Dios en el espíritu y en la danza. Entre mis manos he visto crecer la Iglesia: el Cristo místico nace en las poblaciones; su cuerpo se articula en nuevas comunidades eclesiales. Es una alegría semejante a la que manifiesta san Pablo en sus cartas. Casi en cada una de las audiencias que me ha concedido Juan Pablo II, he tenido que presentar la petición de reconocimiento de una nueva diócesis o Prefectura Apostólica: me sentía como el padrino de Bautismo del recién nacido. Y el número de estas Iglesias de misión ha pasado, de 877 en 1985, a 1.059 en 2001: el 37% de la Iglesia católica, sin hablar del crecimiento de vocaciones, casi el doble en todos estos años. El Señor ha realizado mi programa episcopal: Ut Ecclesia aedificaetur (Por el crecimiento de la Iglesia). He dedicado un esfuerzo particular a elevar la calidad de la formación a todos los niveles. El incremento de vocaciones en las misiones implica también la búsqueda de fondos para construir nuevos seminarios, educar a los futuros guías de las jóvenes Iglesias, construir nuevas casas de Dios (¡467 iglesias en un solo año!), que se convierten en lugares e instrumentos de evangelización y de otras actividades pastorales, sociales, educativas, humanitarias. Actualmente sostenemos a, al menos, 29.000 seminaristas mayores y a 52.000 menores.

Cuando usted llegó a la Congregación, en los años 80, estaba muy de moda la teología de la liberación de corte marxista y la tentación de reducir el anuncio cristiano al diálogo de tipo social. ¿Cómo ve ahora la situación?

Frente a la intención de reducir el anuncio a un mero compromiso social (marxista) o al diálogo sociológico, donde con frecuencia desaparecía la persona de Jesucristo (misioneros sin Cristo), hemos trabajado para volver a poner en el centro el anuncio de Jesucristo, muerto y resucitado. Éste es uno de los desafíos planteados por Juan Pablo II para el tercer milenio: redescubrir a Jesucristo y plantear el diálogo como diálogo de salvación.

En este período se ha dado también una globalización de la economía, debido a la posibilidad de mantener comunicaciones más rápidas entre los diversos continentes.

A la globalización de los mercados, al hecho de que el mundo se ha hecho más pequeño, hemos respondido con la globalización de la misión. Me he empeñado mucho para que también las Iglesias jóvenes aporten su contribución de personal y recursos a la misión mundial. La misión ya no es de Occidente a los otros países, sino que va en todas las direcciones. África comienza también a tener misioneros. Una de las propuestas más significativas ha sido los COMLA, Congresos misioneros latinoamericanos. De este modo hemos sostenido el envío al extranjero —a África, Asia y Oceanía— de misioneros provenientes de países como Perú, Colombia, México: países pobres, con problemas, pero capaces de dar desde su pobreza, manifestando una conciencia misionera madura.

Los años 90 se caracterizaron por el emerger de los tigres asiáticos y de su impacto en la economía y política mundiales.

Asia es para nosotros el continente donde es más urgente la misión, donde la Iglesia es todavía una pequeña minoría. En la Redemptoris missio, Juan Pablo II ha afirmado que la misión está en los inicios y que Asia es el desafío para la evangelización en el tercer milenio, como dijo en Manila en 1995 y repitió en Nueva Delhi en 1999. A China pedimos siempre y sólo plena libertad religiosa, la verdadera libertad en el nombramiento de los obispos y el respeto de la identidad y de la unidad de la Iglesia católica. Esperamos que nos ayuden los mártires chinos, de los que los fieles católicos, oficiales y no oficiales, son tan devotos.

África, en cambio, ha quedado en estos años cada vez más abandonada.

Hemos acompañado el emerger de una jerarquía plenamente africana. Yo mismo ordené a dos grandes obispos de este continente: el primero es un mártir, el arzobispo de Bukavu (ex Zaire), monseñor Munzihirwa, asesinado en 1996; el otro es monseñor Augustin Misago, acusado de genocidio y absuelto completamente. África está en busca de un camino que le garantice igual dignidad que los otros pueblos y la salvaguardia de lo mejor de sus culturas (familia, religiosidad, etc.) Ha crecido una gran comunión entre las Iglesias africanas.

¿Y qué nos dice sobre la islamización de África y sobre los conflictos interreligiosos?

En varias naciones africanas existe, desde hace siglos, un Islam tolerante, que facilita la pacífica convivencia de todos. El fundamentalismo es una parte limitada y, a veces, es manipulado con fines políticos. La Congregación ha trabajado mucho por defender los derechos de los cristianos, pero también por la libertad religiosa para todos, pidiendo reciprocidad. Nos movimos inmediatamente para defender a los católicos de Timor Oriental, pero hemos trabajado también por la paz en Indonesia entre musulmanes y cristianos, y por la paz y la reconciliación en las regiones africanas de los Grandes Lagos.

¿Cuáles son las perspectivas que ve para el tercer milenio?

Hay un renovado fervor en torno a la persona de Jesucristo, no como algo sagrado del pasado, sino como una realidad viva. En su Carta Novo millennio ineunte, el Santo Padre ha subrayado que el diálogo interreligioso no puede substituir simplemente al anuncio, pero permanece orientado hacia el anuncio. La misión es más joven que nunca. En la Redemptoris missio, Juan Pablo II ha dicho: La misión renueva a la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. La misión es una medicina también para nuestro Occidente, cansado y saciado.