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José Francisco Serranopserrano@planalfa.es La meteorología navideña, es decir, la ciencia de las nubes, en el tiempo de los malos tiempos, no nos impide ver la realidad, aunque parezca lo contrario. El maestro de periodismo Lorenzo Gomis, el pasado 25 de diciembre, escribía en el diario La Vanguardia su peculiar narración evangélica, titulada Las nubes de Navidad, en la que leemos: Nos gusta representar al niño cuando todavía no decía nada, cuando no se decía de él siquiera que crecía en sabiduría, como se dijo cuando fue muchacho. Ya sabemos que crecerá, que un día sorprenderá, ¿no es éste el hijo del carpintero, el chico de María, no conocemos a toda su parentela?, ¿de dónde le viene esa sabiduría, esa autoridad con que habla? Ya sabemos que cuando se haga mayor se levantará en la sinagoga para enseñar, saldrá a los caminos y contará parábolas a las multitudes y discutirá con los doctores de la ley y al cabo le perseguirán. Sabemos ya que este niño que no dice nada en el pesebre un día sudará sangre y en la agonía del huerto pedirá no morir es petición tan humana, no sufrir, que pase de él este cáliz de amargura que se le acerca. Pero también que aceptará la voluntad de Dios, su Padre, el gran ser escondido a quien quiso que los amigos y discípulos se atrevieran a llamar Padre Nuestro. Y será juzgado, condenado y ejecutado y se sentirá abandonado en la muerte. Pero Dios le resucitará, como contará el pesacador Pedro a los atónitos ciudadanos de Jerusalén. Tengo para mí que quien, en estos días y siempre, no es capaz de respetar el misterio de la Navidad, es incapaz de entender la cruz y la resurrección. |
| Hay una cara de la misma moneda en esta Navidad, que se traduce en la sentida colaboración de Claudio Magris, en el ABC cultural del pasado 23 de diciembre, y que forma parte de su próximo libro Utopía y desencanto. Hoy en día escribe Magris, los religiosos que dan un testimonio más auténtico de su fe no son tanto los que la predican cuanto los que la encarnan en su vida, actuando en las distintas situaciones de desesperación sin moralizar ni querer convertir a nadie, sino procurando liberar a algún hermano del miedo, de la abyección, de las cadenas.
Una figura que representa esa coherencia es, sin duda, Juan Pablo II. Nos temíamos que el jesuita José Ignacio González Faus, en sus Testigos del siglo XX, publicados en el diario La Vanguardia, incluyera a Juan Pablo II en su nomenclator de figuras. Pero no ha sido así. Ante las campañas sistemáticas para decirle a Juan Pablo II lo que tiene que hacer, que por repetitivas aburren, hemos leído el acertado artículo de César Alonso de los Ríos, publicado en ABC, el pasado miércoles 27 de diciembre, con el título: El Papa, piedra de escándalo: Los ataques despiadados que se han dirigido al Papa estos días de Navidad revelan la condición de nuestra civilización: el reino de la insolidaridad (el desprecio a la vejez) y de la alienación existencial (la extrañeza ante la muerte). Los argumentos que se manejan en este pleito son "mundanos", revelan una concepción de la vida verdaderamente sospechosa, tanto desde el punto de vista cristiano como del agnosticismo progresista. En un caso y en otro se descubre una apuesta por la cultura del bienestar sin mezcla alguna de cualquier otro criterio, incluido el de la solidaridad con la naturaleza humana misma. Esta aversión a la imagen del Papa enfermo nos pone enfrente de esta civilización despiadada, superficialmente nitscheana, aunque no precisamente "clásica" o, al menos, en su período dorado. Los contemporáneos de Cicerón vivían reconciliados con la vejez porque veían en ella la acumulación de los bienes anteriormente adquiridos. (...) En este desasosiego frente al Papa se han revelado los síntomas más claros de la decadencia: la estima de las apariencias y el odio a lo auténtico, pero sobre todo la ausencia de piedad ante el ser humano. Estas fechas nos traen, también, las reflexiones sobre lo auténtico, lo propio, lo que constituye nuestro ser y nuestro actuar. Son tiempos de miradas a lo interior. Don Olegario González de Cardedal escribió, con el título de Tres maestros rurales, el pasado jueves 28 de diciembre, un extenso artículo, en el diario El País, en el que dice, al final: La España moderna no puede pensar en alternativas trágicas a la cultura y la religión, el atenimineto a los imperativos cotidianos y la abertura a la trascendencia. Y pronuncio su nombre para que, concluido el siglo, la memoria de unos no sea nunca más denuesto de otros, para que nadie convierta el elogio de su correligionario en pedrada contra su adversario, las canonizaciones en recriminaciones y los recursos viejos en procesos nuevos. ¿Podré confiar en que esta historia mía sea la parábola de una España que, definitivamente resanada y reconciliada, cierre el siglo con paz, acogimiento del prójimo y esperanza? Que así sea. ¡Feliz Año nuevo! |