|
|
En qué consiste esa particular aportación de Karol Wojtyla a la política?La edad moderna se muestra orgullosa de su humanismo y declara la libertad como su más noble aspiración. Wojtyla lo comparte, pero piensa que ni el humanismo moderno ni la libertad que persigue cuentan con cimientos seguros. Y las grietas en los cimientos son un gran riesgo para millones de personas, sean católicas o no. Un humanismo incapaz de dar un fundamento sólido a su valor más apreciado, que es la libertad, desemboca en un humanismo a la deriva. Luego, la libertad se convierte en licencia y la anarquía en una amenaza, que acaba desembocando en tragedias como las que ha visto el siglo XX, llámense nazismo, comunismo, racismo, nacionalismo, o la actual amenaza del progreso científico y tecnológico descontrolado. Juan Pablo II propone al mundo entero una reflexión sobre la naturaleza del ser humano, sobre los requisitos morales de la comunidad humana, y sobre la trayectoria y destino de los hombres. |
| Entre los muchos récords que ha batido Juan Pablo II en los 22 años de pontificado, uno es su nada desdeñable producción documental, también sobre política
El Papa se ha dirigido prácticamente a todas las audiencias posibles, y por supuesto a quienes tienen la misión de gestionar el bien común en la sociedad política. La universalidad de los intereses y las preocupaciones de Karol Wojtyla tienen su raíz en su profundo compromiso cristiano. Ese arraigo tan intenso en su fe puede resultar sorprendente en un mundo en el que la falta de convicciones firmes es uno de los distintivos de la modernidad. Pero esa convicción es lo que le ha permitido proclamar sin titubeos, desde el primer día: ¡No tengáis miedo! Su vida, forjada en el horno de los grandes conflictos del siglo XX, es la encarnación de esa llamada apremiante. Al mismo tiempo, esa profundidad de convicciones le compromete a un diálogo que le ha llevado a articular un conjunto de requisitos morales, genuinamente transculturales para el ejercicio de la libertad. Es la lógica moral de la libertad, a la que se refirió en su discurso ante la ONU, en 1995. ¿Es posible ser honrado y político? No sólo es posible, sino que es necesario. Es importante que haya personas convencidas de que la política no es sólo el arte del acuerdo. Entendida en su auténtico significado, como servicio al hombre, la política tiene una esencia moral irrenunciable. No es algo mecánico. La coherencia de un político debe expresarse en una correcta concepción de la vida social y política a la que está llamado a servir. Lógicamente, la aplicación de esos principios a la compleja realidad política no es algo fácil. Sin embargo, no se puede justificar un pragmatismo que reduzca la política a una pura mediación de intereses, o a una cuestión de demagogia o cálculos electorales. Hay que insistir en que el servicio político pasa a través de un compromiso, ejercido día a día, que exige una gran competencia en el desarrollo del propio deber y una moralidad a toda prueba en la gestión desinteresada y transparente del poder. ¿Qué piensa Juan Pablo II sobre la democracia? Es rotundo al afirmar que entre los sistemas de organización política que se han conocido a lo largo de la Historia, la democracia es el que mejor ha logrado integrar la participación de los ciudadanos. Para el Papa, la democracia es una empresa moral, una prueba continua de la capacidad de un pueblo de gobernarse a sí mismo para servir al bien común y al bien de cada ciudadano. Al mismo tiempo, deja claro que la democracia es un instrumento, y no un fin. Su carácter moral no es automático, sino que depende de los valores que encarna y promueve. Por último, ¿cuáles son los desafíos de la política? ¿Hacia donde vamos? En una fase de intensas transformaciones asistimos al surgimiento de una nueva dimensión de la política. Se pueden señalar varias líneas, ya apuntadas por el Papa en el Jubileo de los políticos. Por una parte, el declive de las ideologías que reta a una comprensión diferente de la representación política y el papel de las instituciones. De otro lado, se hace necesario redescubrir el sentido de la participación, implicando en mayor medida a los ciudadanos para una realización siempre más satisfactoria del bien común. En este caso, el diálogo se presenta como un instrumento insustituible de toda confrontación constructiva. Manuel Garrido |