RetrocesoA&ONº 241/4-I-2001SumarioDesde la feContinuar

Una propuesta del mayor interés
Declaración universal de los deberes
del hombre
El Inter Action Council, institución que reúne a un grupo de ex estadistas de diversas nacionalidades, habiéndose cumplido medio siglo de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, ha propuesto a las Naciones Unidas una Declaración universal de los deberes del hombre que pretende, según sus mentores, sentar las bases de una nueva moral de alcance global. Del proyecto ha hablado con entusiasmo el ex Canciller socialista alemán Helmut Schmidt, describiéndolo como un mínimo universalmente aceptable de estándar ético, válido no sólo para los individuos, sino ante todo para las autoridades políticas y las confesiones religiosas.

No se trata de un caso aislado. La preocupación por la presencia de lo religioso en el plano público se hace, en efecto, cada vez más presente, por paradójico que ello a primera vista parezca cuando se trata de un mundo cuya secularización institucional es también ostensiblemente creciente.

Gianni Vattimo, teórico del pensamiento débil, ha postulado que la animación ética de la política puede recibir mucho de una determinada fe religiosa. Mientras tanto, Peter Berger y Bryan R. Wilson, por citar otros dos nombres conocidos, han ponderado los aportes del fenómeno religioso a la identidad individual y social, así como a la seguridad personal, en sociedades complejas y cambiantes.

En lo que se podría vislumbrar como un distanciamiento de los postulados iluministas, que veían en la religión el principal enemigo de toda libertad, en varios países europeos —Francia, Italia, España— se han desarrollado en los últimos años encuentros y trabajos de investigación orientados a la búsqueda de valores comunes de identificación, siempre de raíz religiosa. Debe destacarse, en primer lugar, el carácter eminentemente ético que estas iniciativas pretenden asignar a lo religioso. Esto ha sido desde luego advertido, y como un problema importante a ser tenido en cuenta, particularmente desde la Iglesia católica. Estamos frente a la tentación de resaltar el valor útil de la fe, dando menor importancia a su sustancia propiamente religiosa. Mas donde la religión, y en particular el cristianismo, se reduce a mera fuerza moral, precisamente muere como fuerza moral, se ha recordado.

Es evidente que la solicitud, que se eleva a las distintas religiones históricas, se ubica también en el contexto del pluralismo cultural prevaleciente en las sociedades modernas, y acompañado por el espectro ideológico del relativismo moral que le es inherente. Sabemos que la cultura moderna rechaza en sí mismo el concepto de verdad absoluta y exclusiva, y se encuentra, por lo tanto, en la imposibilidad teórica de aceptar una determinada religión como verdadera, esto es, como depositaria de la verdad. Como consecuencia de ello, en las sociedades avanzadas muchos creyentes, sobre todo aquellos más sensibles a la cultura, viven dentro de sí mismos una condición extraña y fuertemente paradójica: profesan la fe, sin la certeza de que aquella sea la verdadera fe. Les llega a suceder, en realidad, que incluso se ha desvanecido en sus espíritus la propia idea de una fe profesable con carácter exclusivo.

La modernidad —es un hecho que constatamos— nos induce a asumir como personal la idea de que se forma parte de un mundo compuesto por muchos modelos de vida, caracterizados por distintos tipos de fe, ninguno de los cuales puede reclamar una validez real y definitiva a la cultura y al ambiente social en que se encuentran insertos. Como es muy natural, esta equívoca conciencia puede producir el debilitamiento del propio credo religioso. Por lo demás, ¿cómo podría no debilitarse una fe que se reconoce como relativa y que no se propone más en términos exclusivos?

Toda religión, por la fuerza del contexto social prevaleciente, tiende así a transformarse en un factor ya inmerso en la cultura del relativismo y a ser interpretada, a recibir su nuevo sentido, desde las claves de esa cultura y no ya desde las que le proporciona su propia tradición. Se trata, sin duda, de una situación que constituye un fuerte desafío.

La Declaración Dominus Iesus, que sale al paso de graves distorsiones teológicas, viene a constituir, en sentido más amplio, un precioso soporte para la fe del pueblo de Dios, amenazada hoy por una versión renovada —y poderosamente extendida y fortalecida gracias a la globalización cultural del mundo contemporáneo— del viejo credo mínimo de la Ilustración. En nuestro tiempo, como ayer, opera en su apoyo el mismo señuelo:el consenso amplio como garantía de armonía y de paz.