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Espero 5 horas en La Paz, hasta que llego a Sucre, capital constitucional del país, 200 mil habitantes, la mayoría huidos del campo en busca de un futuro mejor. El padre Pastor de los Trinitarios, del barrio del Tejar, me espera. Conmigo llevo 32 kilos de medicinas, libros de teología para los postulantes y un buen dolor de cabeza debido a la altura: 2.700 metros sobre el nivel del mar. No intento ni comer en la casa de los padres, sólo quiero descansar. Realmente me muero de ganas de ver a mis niños, pero no tengo fuerza; es más, ni siquiera es recomendable. Descanso, tomo un poco de caldo y me voy pronto a la cama. Estoy muy feliz de estar aquí.
El padre Luis está en Pitantorillas, una hacienda adquirida por los Trinitarios hace unos años, en la que se pretende hacer un centro de capacitación campesina. Han estado haciendo una campaña sanitaria en los pueblos de la zona. El padre José está en España, hace años comió chancho (cerdo) con triquina y ahora la enfermedad le vuelve a pasar factura: sin él, la parroquia pierde a uno de sus pesos pesados. Tras la oración y el desayuno, voy a la casa de las monjas; no hay niños en la guardería, hablo con la hermana Dolores, me dice que les enviaron medicinas de España, pero que están estancadas en La Paz, y que, cuando lleguen, estarán caducadas. Quedo asombrado cuando me entero que buena parte de la culpa es de Cáritas boliviana. Voy a misa, y después a una fiesta nativa. La han organizado los de la pastoral penitenciaria para recaudar fondos con los que ayudar a los presos. No hay mucha gente, pero la que viene lo hace de muy buena fe. |
| No aguanto más y decido darme un paseo por el cementerio. Está plagado de niños y niñas. Limpian las tumbas, rezan por muertos desconocidos. Me acerco al Cimet (Centro integrador del menor trabajador), allí algunos que no quieren canchear (trabajar en el cementerio), están viendo la tele.
Veo a Marina, Paula; y, al regreso, a Paula Andrea y su hermano Edwin; son cuatro hermanos, todos de padres diferentes. Me cuenta que no es tan duro dormir en el suelo, que come poquito (esto mientras devoran un vaso de leche con galletas), y que el papá de su nuevo hermanito se ha llevado las mantas a Potosí; hace unos días vivía con ellos, ya no. No sé si ha sido buena idea acudir a la guardería. Ver a Paula Andrea tan mal me ha afectado; no me esperaba esto. No sé si estaba preparado. Antes de venir, una vecina me dio 50 dólares para que les comprara lo que necesitaran; me parece que parte de ese dinero será para comprar un colchón a Paula y a su hermanito, quizá también una manta MURIÓ APLASTADO...
Por fin podré ir a la guardería. Cuando llego, la primera tarea es ver qué niños conozco de la primera vez que vine: la primera sorpresa, Celia tiene el pelo más largo, la dentadura igual de mal que siempre y lleva una falda de cuadros verdes y blancos. Ha aprendido a hablar; paso un buen rato con ella. Doy gracias a Dios por encontrarla tan bien; no obstante, sus primeras palabras me recuerdan su mortal sinceridad: Hola Jesús (me reconoció), mi papá ayer se ha emborrachado. Es indecible lo que sufren estos niños por la desidia y la mala vida de algunos de sus padres. Pero no había escuchado lo peor en este día. Me pongo a trabajar, hay que sacar una foto a cada niño, con la foto se rellena una ficha de cada uno: número de hermanos, si vive con los dos padres, en qué trabajan éstos, dónde y en qué condiciones viven Llego a Griselda Serrano, dos años, tía de dos niños mayores que ella; me dicen que seguro tiene seis hermanos. Viven en un cuarto unas nueve personas, 16 metros cuadrados. Sus dos padres viven con ella. Un hermanito suyo murió hace dos meses. ¿De qué murió? ¿Eso no se puede decir? Basta que me digan eso para que yo insista. Al final ceden: Dormía con sus padres , murió aplastado. No sé transcribir aquí el sonido de tragar saliva ante una noticia tan terrible. Me repongo poco a poco, gracias a las sonrisas de Marina, Celia, Chinchina y Noemí. Dan las doce y es la hora de comer, las monjas gracias a lo que reciben del extranjero y a UNICEF dan de desayunar, almorzar y merendar a unos 70 niños. Hay muchos más en el barrio, pero los padres no les dejan ir porque la bolsa de comida semanal que les dan los evangelistas, o las sectas, no les permiten llevar a sus hijos a una guardería católica. Tras la comida duermen todos en unos colchones. Tras la siesta vuelven a desayunar según Marina. Después Paulita acude por su hermanito Limbert, le doy dos vestidos de mi hermana. Le están un poco grandes, pero da igual; ella está encantada. Yo también lo estaría si supiera que siempre iba a ser tan feliz como en esos momentos. En la guardería se me va pasando la jornada. Es indecible la fe que mueve a las monjas y educadoras para llevar con enorme éxito la guardería. Y yo doy gracias a Dios para que tengan salud para seguir así. He ido a casa de Paula Andrea con sor Obdulia: una habitación de tres por dos metros, llena de suciedad al lado de un arroyuelo maloliente, con una cama donde duermen tres de los cinco habitantes de la infravivienda. La hermana Obdulia coge al niño en brazos. Le vomita encima. Me duele en el alma, pero saco una foto del momento Me he quedado desolado, lleno de furia respecto a la madre. ¿Por qué llora el bebito, Paula?: Es que no ha comido. Mi mamá salió a buscar. Son las 12, su mamá salió a las 8 según nos cuenta un vecino que nos ha visto hablar con la pequeña. Tras un rato de conversación demasiado espeluznante como para reflejarlo aquí, llegamos a la conclusión de que lo mejor es dar cuenta a la brigada infantil. A todas luces la solución es quitarle a esta mujer la custodia de sus hijos. Es duro, pero sería lo mejor. El lunes le compraremos el colchón a Paula, no quiero que siga durmiendo tirada en la suciedad del suelo. Le digo que vaya a la casa de los curas que le tengo un regalo. Acude a media tarde, le regalo una bolsa llena de nueces. No tenía más regalos para ella. Por la noche me reúno con los catequistas de San Roque. Ellos me han devuelto la sonrisa hoy. Jesús Marín Valleç |