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Si el año nuevo nos pidiera un sueño, todos querríamos soñar la paz. Una paz sin demagogias ni envoltorio, de forma que nadie la pueda convertir en obsequio de grandes almacenes. La verdadera paz no admite condiciones ni se puede atar, y mucho menos con celofán, aunque es el regalo más brillante.
Todos pediríamos la paz porque, al finalizar el año 2000, seguramente no hay otra palabra más necesaria. Se ha convertido en grito plural y unánime de nuestras plazas. Se ha hecho sollozo e impotencia, pero nadie ha conseguido arrancar su dignidad. Pediríamos la paz desde todos los cuerpos sociales, porque la violencia ha pasado por todos ellos como el ángel exterminador: profesores, militares, políticos, periodistas, fontaneros, conductores urbanos, agentes municipales , gente de bien a quienes se les arrebató de pronto la sonrisa. Pero son muchos más los pacificadores que no han caído ni caerán en la trampa de la provocación. Gente que soporta el dolor y sigue creyendo en la mano solidaria, en el gesto fraterno, en el pequeño amor de cada día, esa magia artesanal capaz de cambiar el mundo y devolvernos la fe en el género humano. Es la grandeza de lo sencillo, el valor desproporcionado de lo mínimo cuando nace de la bondad. Después de todo, ¿qué es la Navidad sino la fuerza redentora de la pequeñez? Marisa Rodríguez Abancés |