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| A poco más de dos años eras fresca como el mismo Rocío, apenas aprendiste a andar, ya corrías; empezaste a hablar, y apostillabas tus frases con palabras fuertes: Abelo, cuna yo no, ¡jopé! Fue lo último que me dijiste antes de que en vísperas de la Navidad comunicaran a tus padres y por ellos a toda la familia que había que amputar, cortarte los pies. No sé si un virus o una bacteria, ¡qué más da! Te había cogido, a ti nieta brava entre las bravas y fuerte entre las más, falta de defensas, había llegado a tu sangre, y has estado al borde de la muerte. En más de cuatro ocasiones en diez días nos han dicho que te morías, pero no era ése el plan que Dios tenía contigo, inspiró a los médicos, magníficos profesionales, y saliste de la muerte, despertaste, y cantando la bomba. Pero ese virus, o lo que sea, en tu sangre te ha producido una serie de trastornos en forma de hemorragias en todo tu cuerpo; te han desaparecido ya de tu cara devolviendo tu belleza, pero han sido muy graves en los pies y los médicos han decidido amputar en una semana, si controlan la infección, y antes si corre peligro tu vida, que es lo más preciado que hay que mantener, porque la vida viene y es de Dios.
En lo primero que he pensado es en el milagro: poderoso es el Señor para que a unos pies muertos pueda devolverles la vida, igual que hizo con Sara e Isabel, de su matriz muerta en la esterilidad, y con el paralítico y el tullido, y tantos milagros como de su poder han salido. Pero ¿es, ése, el milagro que necesitamos? Me imagino a todos los que te conocen y te quieren hablando de él. Ésa sería nuestra voluntad, pero lo real, lo que hemos vivido el día de los inocentes 28 de diciembre es que, velando por tu salud, los médicos han optado por cortar tus pies. Hemos rezado mucho y muchos, pregunta a papá y a mamá cuántos. Mientras los médicos te operaban, en las laudes, fíjate lo que hemos oído: "Caminarán contigo (los niños) porque son dignos", dice el Señor. Los niños alaban al Señor. De la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza contra tus enemigos; pero sobre todo a mí me ha conmovido, pensando en ti: Cristo ha hecho dignos testigos suyos a los que todavía no podían hablar, como tú, que con tu media lengua ya eres testigo del Señor. Rocío, el milagro es que Dios tendrá que fabricar unos pies nuevos para ti, capaces de pasar ríos y lagos sin mojarte, pies como alas que te lleven cerca de las nubes para que veas más cerca a Dios, pies que no se cansarán de caminar por el Camino de la Vida, porque son pies de Dios. Los de carne te han durado poco, los de Dios serán mejores y para siempre; cuando los veas, verás a Dios; y cuando saltes, llegarás al cielo con Dios, porque son pies de Dios. Sé que este otro milagro ocurrirá; pasará el tiempo y quizás yo no estaré: quiero que Dios me permita ver, desde donde me corresponda, cómo usas sus pies, y cómo todos sin excepción ven la fuerza de Dios en una niña, joven y mujer, que perdiendo los pies antes de los tres años vive alabando y bendiciendo a Dios por lo que ha hecho en ella. Como María, Rocío, di siempre: Proclama mi alma la grandeza del Señor porque ha hecho maravillas. Los ángeles bajan del cielo y tú los verás muchas veces con mensajes de amor para ti de nuestro Dios; los santos son los que suben al cielo, y tú como ellos subirás en las alas que serán para ti los pies de Dios. José Antonio Carmona Utrera |