RetrocesoA&ONº 241/4-I-2001SumarioEl Día del SeñorContinuar
Solemnidad de la Epifanía del Señor
Inmensa alegría
Cristo es la Luz de las gentes. No ha brillado sólo para el pueblo de Israel sino para todas las naciones. Los magos de Oriente anticipan y representan, en su búsqueda y adoración del rey de los judíos, a todos los pueblos que un día reconocerán a Cristo como Señor único de la Historia. La fiesta de Epifanía es, en gran medida, un presagio de Pentecostés, el anuncio de la salvación universal que viene de Cristo. Esta fiesta pregona la voluntad de Dios de que todos los hombres se salven mediante el conocimiento y la adoración de Cristo, porque sólo Él es el único salvador de los hombres.

Mientras Herodes y Jerusalén se sobresaltan ante la noticia del nacimiento del rey de los judíos, los magos, guiados por la estrella de Cristo, llegan a su presencia, le adoran y le ofrecen presentes. Para creer en Cristo no bastan los oráculos de los profetas de Israel —Y tú, Belén, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judea, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel—; es necesaria la fe. Los magos, por un camino extraordinario de búsqueda y docilidad a Dios, llegaron a la fe. Se prostraron y adoraron a Cristo. La luz de la estrella les descubrió la luz de Cristo, la gloria de su divinidad.

La revelación de Cristo como luz de las gentes es el núcleo de la fiesta de Epifanía que constituye un magnífico colofón del Año Jubilar de la Encarnación. Durante todo este año hemos celebrado el misterio de la entrada de Dios en la historia de los hombres. La Epifanía nos recuerda el fin mismo de la Encarnación: Cristo es para todos los hombres sin excepción; todos los pueblos están llamados a conocerle, amarle y adorarle. Cristo es, en realidad, la manifestación visible de Dios ante todas las naciones. De ahí que Dios mismo sea el primer interesado en conducir a todos los hombres a Cristo. Dios siempre hace brillar la estrella de Cristo ante los ojos sedientos de luz que buscan la salvación definitiva. Porque Dios nos ha hecho para creer en Cristo, es decir, nos ha creado para saciarnos de inmensa alegría. El Año Jubilar culmina así con una fiesta que nos revela el secreto de la verdadera alegría que, como tal, es contagiosa, imposible de retener en los límites de Israel y de la misma Iglesia. Es la alegría de Dios que salió de sí mismo para buscar al hombre, invitarle a su amistad y conducirle a la luz de la inmortalidad que ha brillado para siempre en Jesucristo. Por eso Dios manda siempre una estrella que guía hasta Cristo y colma al hombre de inmensa alegría.

+ César Franco