RetrocesoA&ONº 241/4-I-2001SumarioEn portadaContinuar
Una encuesta de Alfa y Omega: ¿Qué papel ha jugado la Iglesia
en los 25 años de democracia?
La Iglesia en España por la senda
del Concilio
¿Qué papel ha jugado la Iglesia en los 25 años de democracia? Ésta es la pregunta que Alfa y Omega
ha planteado a distintas personalidades de la política, de la historia, de la cultura, del deporte, etc...,
ante el sorprendente y clamoroso silencio en los medios sobre el papel determinante que la Iglesia católica
jugó en la transición política española y en estos 25 años de democracia. Como ha dicho recientemente
el cardenal Rouco Varela, en declaraciones a la cadena COPE y en su colaboración al número especial
que el diario ABC dedicó a los XXV años de Rey de Don Juan Carlos I, ¿por qué iban a ser irreconciliables
tradición católica, la profesión católica de la fe de la inmensa mayoría de los españoles y los principios
de la libertad política, social y cultural tal como los había formulado el Concilio Vaticano II? La Iglesia católica
en España, sus pastores y fieles, estaban decididos a caminar por la senda señalada por la doctrina conciliar.
En su punto central de mira se colocaba la dignidad inviolable de la persona humana. La educación de la conciencia
cristiana con la que nacieron y crecieron muchos de los protagonistas de la transición venía muy marcada
por el deseo y la necesidad cristiana de reconciliación, y la necesidad de hacer evolucionar el sistema político
y la vida de la sociedad española según fórmulas de democracia clara, plena, neta,
sin romper con el patrimonio moral y humano mejor de España
DON ADOLFO SUÁREZ, EX-PRESIDENTE DEL GOBIERNO

Creo sinceramente que la Iglesia española en los momentos inicial es de la transición política a la democracia y a lo largo de estos XXV años del reinado de Don Juan Carlos I, ha desempeñado un papel esclarecedor de suma importancia histórica. Ese papel, que entra de lleno en la misión que es propia de la Iglesia, se ha centrado en algo que constituye la base misma de la transición y de la democracia española: la reconciliación definitiva de todos los españoles, la superación del mito dramático de las Dos Españas, siempre excluyentes y permanentemente enfrentadas.

La Iglesia española, por boca del cardenal Enrique y Tarancón, Presidente entonces de la Conferencia Episcopal Española, el 27 de noviembre de 1975, en la iglesia de los Jerónimos pidió al Rey que lo fuera de todos los españoles, sin exclusión de ninguna clase y proclamó un triple compromiso: Colaborar, con la predicación del Evangelio y la oración, en la promoción de los derechos humanos, de las libertades justas y de las causas de la paz y la justicia. Impulsar la convivencia de todos los españoles en el mutuo respeto y el amor; amor que debe extenderse a quienes piensan de una manera distinta, pues nos urge la obligación de hacernos prójimos de todo hombre, especialmente de los pobres, los ignorantes, los despreciados: aquellos a quienes nadie parece amar. Solicitar que, en los caminos de futuro que se abren para España, las estructuras jurídico políticas ofrezcan a todos los ciudadanos la posibilidad de participar, libre y activamente, en la vida del país, y en las medidas concretas de gobierno. El cardenal, en nombre de la Iglesia española, pidió al Rey la democracia y la libertad, cuando esto no era fácil hacerlo.

Pienso que la Iglesia española ha sido fiel a este primer mensaje que entonces impartió, y lo ha sido, en circunstancias más o menos favorables, a lo largo de estos XXV años. Como ciudadano y como Presidente del Gobierno en los años díficiles de la Transición, quiero expresar con estas líneas mi agradecimiento a la Iglesia de la que formo parte.

DON LEOPOLDO CALVO-SOTELO BUSTELO, EX-PRESIDENTE DEL GOBIERNO


Se me invita a que escriba unas líneas sobre el papel que ha jugado la Iglesia en los 25 años de democracia y, como lector asiduo de Alfa y Omega, acepto gustoso la invitación. Pero quisiera que mis palabras se refirieran más al período inmediatamente anterior a la transición, porque la jerarquía española se anticipó a ella como ahora diré.

Alguna vez he escrito que la transición política española fue precedida por una transición en la sociedad que la hizo posible; y que esa transición social tuvo, entre otros, dos capítulos importantes: el religioso y el económico. España empieza a ser rica, o a ser menos pobre, en algún momento de los años 60, cuando empieza también a dar sus frutos la reforma diseñada en 1959 por Sardá y Ullastres. Contemporáneamente, va recibiendo el mensaje del Concilio Vaticano II. A estos dos procesos paralelos se debe la reducción espectacular de las vocaciones sacerdotales: en 1965 hay 8.500 seminaristas en los Seminarios Mayores; en 1975, último año de Franco, sólo hay 1.750. Las estadísticas de los hechos religiosos han ido variando históricamente con mucha más lentitud: de ahí la paciencia vaticana, que prefiere esperar, porque siempre llega a tiempo cuando el ritmo de los cambios sociales es lento. En los diez últimos años del franquismo se da una aceleración inusitada en el ritmo del cambio social; por ese rápido fluvial tiene que navegar la jerarquía española y, muy personalmente, monseñor Enrique y Tarancón, arzobispo de Oviedo, de Toledo y de Madrid, y cabeza visible de la Conferencia Episcopal.

La resistencia al Concilio es grande en la España oficial de aquellos años, a la que preocupa mucho la Constitución Gaudium et spes y el Decreto sobre la libertad religiosa. En esos años la jerarquía se adelanta resueltamente a los cambios políticos, que llegarán en 1975, corrige sus excesos antiguos en el régimen anterior y prepara eficazmente la transición política.

No menos fácil es para los obispos españoles el período inicial de la transición propiamente dicha, con la revisión del Concordato y el trámite parlamentario de la Ley del Divorcio. Estaba yo en el Gobierno por aquellos años y pude comprobar la flexibilidad con que la jerarquía se formalizaba ante esos problemas tan delicados. Creo que no se ha hecho todavía, o por lo menos yo no lo conozco, un estudio riguroso y completo sobre la positiva colaboración de la Iglesia española en el proceso de la transición, y sería muy útil para compensar tanto juicio adverso y precipitado como leemos.

DON MANUEL FRAGA, PRESIDENTE DE LA XUNTA DE GALICIA


En mi opinión, positivo, como era natural en una sociedad básicamente cristiana, aunque vivamos un tiempo de secularización y de muchos cambios en la sociedad, porque España pasó de la sociedad agraria a una más urbanizada y más industrializada, con un sistema de educación diferente, con crisis en las familias, como ocurre en otras sociedades, etc…; lo cierto es que España ha sido, es y Dios quiera que siga siendo una sociedad básicamente cristiana, y, por lo mismo, a la Iglesia le correspondía un papel muy importante. Yo creo que lo ha jugado con gran responsabilidad, y no sólo en un sentido general, de predicar las mejores doctrinas dentro de su propio mensaje nacido de los evangelios y de la acción de una larga tradición, sino incluso indirectamente en cuanto a las opciones políticas. Por ejemplo, éste es un tema en el que me doy cuenta de que habrá diversidad de opiniones; yo creo que hubo grandes presiones por algunos grupos animando a la jerarquía eclesiástica a hacer algún partido católico, un partido confesional, como se hizo en otros partidos de Europa, y yo creo que, con buen criterio, y vista la experiencia de los años 30, la Iglesia optó por no hacerlo y lograr que toda la sociedad, cualesquiera que fueran estas opciones políticas, respetase al máximo ese mensaje. Pienso que ésta fue una decisión muy importante —aunque, como digo, en la que no todos estuvieron conformes—, fue positiva; y, por supuesto, claro está, recomendar la paz frente a la violencia, favorecer el entendimiento frente a las posiciones violentas, y en definitiva, condenar las acciones que pudieran llevar a una confrontación global y a una nueva guerra civil, y a una nueva actitud maximalista. Yo creo que, en su conjunto, su papel fue el más acertado y el más conforme con su propio ministerio.

Aunque no quiero hablar de personas, en aquellos momentos, en que presidía la Conferencia Episcopal el cardenal Tarancón, y hablando ya en su conjunto, de los que le han sucedido en la Conferencia Episcopal, han estado a la altura de las circunstancias.

DON JORDI PUJOL, PRESIDENTE DE LA GENERALITAT DE CATALUÑA


La Iglesia española ha ayudado a la reconstrucción democrática y a la recuperación de las libertades de los pueblos de España.

Una fe auténtica configura una forma de vida ética que influye en el entorno de la persona y de la misma sociedad. De ahí la huella de eficacia moral que han dejado los políticos creyentes en estos últimos 25 años. La secularización, al separar el poder espiritual del poder político, ha sido benéfica para el país, pero conlleva un déficit de cultura religiosa en la nuevas generaciones.

Por otra parte, he repetido que la Iglesia es en España la primera ONG. Y quiero destacar el papel vertebrador, en lo espiritual, cultural, lingüístico y social, que ha tenido la Iglesia en Cataluña.

DON SABINO FÉRNANDEZ CAMPO, JEFE DE LA CASA REAL DURANTE LA TRANSICIÓN


La Iglesia católica tiene una proyección de eternidad y un profundo contenido permanente. Su doctrina no varía, aunque ciertos aspectos externos tengan, en ocasiones, que adaptarse a las circunstancias, para inspirar conductas y conseguir resultados temporales que no afecten, sino que robustezcan sus criterios invariables. En España supo adaptarse a la necesidad de la transición política y contribuyó a ella con eficacia. La homilía del cardenal Enrique y Tarancón el 27 de noviembre de 1975 en los Jerónimos ante Su Majestad el Rey recién exaltado al Trono, fue como un símbolo que marcó el camino hacia la democracia.

DON GABRIEL CISNEROS, PONENTE DE LA CONSTITUCIÓN Y DIPUTADO DEL PARTIDO POPULAR


Es casi un lugar común subrayar el relevante papel que la Iglesia católica desempeñó en el conjunto de las transformaciones sociales y culturales que configuraron la España de la transición. La figura de monseñor Tarancón se inscribe en la galería de iconos de la época. Me gustaría que alguien con mayor autoridad desmintiese mi apreciación de que la Iglesia española en la democracia —aunque es tosco e injusto resumir 25 años en unas líneas— ha sufrido un cierto repliegue, una tentación de ensimismamiento. Sin añoranza, me gustaría percibir la iluminación de su mensaje con mayor potencia, con más descarnado vigor.

DON JORDI SOLÉ TURA, PONENTE DE LA CONSTITUCIÓN Y SENADOR SOCIALISTA


Personalmente, soy algo crítico del papel de la Iglesia, sobre todo en los momentos iniciales de la democracia. En el momento de la caída del régimen de Franco, la Iglesia presionó mucho para conseguir algunas cosas: por ejemplo, para que se la mencionase en la Constitución, como de hecho se hace en el art.16. También hizo una campaña muy dura respecto a la educación. Se puso en contacto con el Gobierno de Adolfo Suárez para ratificar los Acuerdos del Vaticano. No soy un especial entusiasta de su papel en los primeros momentos. Luego se ha ido acomodando a la actual situación. Aunque hay ramalazos como la financiación y la educación, o la eutanasia, que, aunque es discutible, no es condenable. Mi impresión no es muy positiva. No fue un factor de suficiente concordia, aunque hubo sectores importantes que comprendieron el cambio y se adaptaron, como el liderado por monseñor Tarancón.

DON IÑIGO CAVERO, PRESIDENTE DEL CONSEJO DE ESTADO


La Iglesia, desde el primer momento de la apertura del proceso que nos llevaría a la aprobación de la Constitución y la democracia, mostró su posición de apoyo al restablecimiento de las libertades, por medio de la homilía del cardenal Tarancón y Presidente de la Conferencia Episcopal Española en la iglesia de los Jerónimos, el 23 de noviembre de 1975.

Posteriormente, la Iglesia fue animando a los constituyentes para que aprobaran una Constitución con el máximo consenso posible, en sintonía con el art.16 de la Constitución y con las premisas del Concilio Vaticano II. Al mismo tiempo, ha venido manifestando su acatamiento a la Constitución, sin menoscabo de señalar sus propias posiciones y discrepancias en algunas materias propias de una institución que parte de unas convicciones y valores que no necesariamente tienen que coincidir con la opción política a la que le corresponde gobernar. La Iglesia católica ha animado continuamente a los católicos para que participen en la vida pública y política dentro del marco constitucional.

DON JUAN VELARDE FUERTES, CATEDRÁTICO DE ECONOMÍA


Estos últimos 25 años de la Iglesia destacan por la influencia gozosa de un santo y ejemplar intelectual: Juan Pablo II. Como economista, creo que el mensaje de la doctrina social de la Iglesia, y en concreto de la encíclica Centesimus annus, ha puesto orden en el mundo económico. Todo régimen nuevo posee elementos que deben ser encauzados. Desde el comienzo de la democracia, España, como país católico, recibió vientos de orden y de tranquilidad desde la Iglesia, por lo que creo que ha sido una aportación estupenda. La Iglesia ha cumplido un papel pacificador y moderador en muchos católicos. Ha sido muy positivo que coincidiera el comienzo del pontificado de Juan Pablo II con los primeros años de la democracia.

DON JUAN ANTONIO SAMARANCH, PRESIDENTE DEL COMITÉ OLÍMPICO INTERNACIONAL

El mundo cristiano ha encontrado en el Papa Juan Pablo II el pastor, identificado con su tiempo, que necesitábamos los católicos. Su pontificado ha coincidido con los 25 años de democracia de nuestro país. Esquiador consumado en su juventud, identificado con la naturaleza y experto montañero, ha gozado —y sabido aplicar— la educación que sólo se obtiene a través del deporte. Bajo su magisterio, la Iglesia se ha abierto al mundo globalizado. Su peregrinaje, más de cien viajes, por todo el planeta, su acercamiento a todos los pueblos, le han convertido en la figura indiscutible de este final de siglo. Del siglo más ecuménico.

DON GUSTAVO VILLAPALOS, CONSEJERO DE EDUCACIÓN DE LA COMUNIDAD DE MADRID


Las huellas del Concilio Vaticano II fueron perdurables en la Iglesia católica española y suscitaron un cambio de mentalidad en sus pastores y fieles que condujeron a un evidente distanciamiento del Régimen en los años postreros de la dictadura. El cardenal Tarancón personificó este cambio que lo llevó a colisionar con el sistema político, pero no cabe olvidar el caso Añoveros en 1974. La Iglesia se había situado a favor de la democracia, actitud que ha mantenido posteriormente, aunque poniendo más el acento en sus convicciones y creencias que en el plano político, ya normalizado. Por encima de sistemas y de ideologías, la Iglesia bañó dos períodos de nuestra historia, separados a fortiori por el hierro y la sangre de una guerra, recordando su papel pacificador.

DON JOSÉ MARÍA GIL-ROBLES GIL-DELGADO, DIPUTADO EN EL PARLAMENTO EUROPEO


Si la pregunta se refiere al papel político, la respuesta es: en los dos primeros años, un papel importante y favorable a la transición pacífica desde el régimen de Franco a la democracia; en los veintitrés años siguientes, prácticamente nulo. No sólo no ha tenido protagonismo político por haber renunciado voluntariamente a él —con lo cual se resolvería el secular problema religioso—, es que su influencia resulta difícilmente apreciable.

DON ARTUR MAS I GAVARRÓ, SECRETARIO GENERAL DE CONVERGENCIA DEMOCRÁTICA DE CATALUÑA


El papel de la Iglesia catalana en la estructuración de los movimientos democráticos anteriores y posteriores al año 1975 ha sido importante, incluso clave en algunos momentos. Los ejemplos son claros: en primer lugar, y fundamental para entender este papel clave, es necesario destacar la opción decididamente nacional del conjunto de la Iglesia catalana. Esta opción es producto de la tradición y de la realidad socio-cultural a partir de la cual nace y crece, y reflejada en documentos pastorales tan importantes como Les arrels cristianes de Catalunya (Las raíces cristianas de Cataluña) o la misma celebración del Concilio Provincial Tarraconense. En segundo lugar, cabe destacar la opción preferente por las clases sociales más desfavorecidas, con compromisos personales y colectivos públicos tan importantes como la contribución al nacimiento y desarrollo del movimiento sindical democrático en nuestro país, o la red de apoyo cívico a los marginados de nuestra sociedad. Todo ello, al abrigo del Concilio Vaticano II que, sin duda, encontró y encuentra en Catalunya una de las comunidades cristianas más sensibles al mensaje de renovación y de esperanza que el Concilio aportó y aún hoy aporta. En estos momentos la Iglesia de nuestro país trabaja, y tendrá que seguir trabajando intensamente, para encontrar su papel en la sociedad catalana, una de las más modernas y desarrolladas del mundo. Las opciones de estos próximos meses y años serán claves para que la comunidad eclesial catalana siga incidiendo positivamente.

DON ALFONSO CORONEL DE PALMA, PRESIDENTE DE LA ASOCIACIÓN CATÓLICA DE PROPAGANDISTAS


el papel de la Iglesia en España a favor del proceso de la libertad ha sido muy positivo, y durante estos 25 años considero que ha sabido iluminar las diferentes realidades sociales, en orden a buscar con su recta doctrina el bien común de todos los españoles, por encima de las ideologías, de los intereses de partido o de los diversos poderes.

DON JOSÉ LUIS PÉREZ DE AYALA Y LÓPEZ DE AYALA, RECTOR DE LA UNIVERSIDAD SAN PABLO-CEU


En estos 25 años de democracia, los católicos españoles han dado una muestra (que creo no ha sido debidamente reconocida) de lealtad auténtica. Entiendo por tal la que predicó con su vida santo Tomás Moro (al que se acaba de declarar Patrono de los políticos católicos, por cierto): lealtad, necesaria e insobornable, a los propios valores, desde luego; pero, al tiempo, respeto hacia el poder constituido, incluso cuando los políticos concretos que lo representaban y ejercían no han sido leales con los católicos, ni les han reconocido los derechos que la Constitución española establece en su artículo 16.3. Y, desde esta perspectiva, me gustaría hacer dos aclaraciones: una, que la lealtad política, bien entendida, no sólo es compatible con, sino que exige la crítica constructiva al poder, cuando éste no sirve a la verdad objetiva. La crítica en este sentido no sólo no va contra la democracia, sino que la consolida, ya que una democracia que actúe sobre un relativismo axiológico que no responde a la verdad, tampoco sirve al hombre, a la persona, pues lesiona derechos fundamentales de aquélla (el ser persona, el derecho a la verdad y a la auténtica libertad, que no es libertinaje). Por otra parte, me gustaría señalar que el catolicismo es una religión y no una ideología política; pero sí es cierto que los valores evangélicos configuran la mejor escuela de convivencia política ciudadana. Y los 25 años de democracia en España lo han probado hasta la saciedad, con el comportamiento de nuestra jerarquía eclesiástica y de los propios católicos españoles.

DON RAFAEL PUYOL, RECTOR DE LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE


En los últimos 25 años, la Iglesia española ha sabido sintonizar con la emergencia de una sociedad más abierta, más plural y más libre. Ha servido de punto de referencia moral y espiritual en tiempos convulsos por la rapidez de los cambios, y se ha implicado en el arreglo de disfunciones sociales como la inmigración, la pobreza o la ayuda al desarrollo. Creo que ha desempeñado con brillantez su misión evangélica y pastoral.

DON MANUEL MONTERO, RECTOR DE LA UNIVERSIDAD DEL PAÍS VASCO


La transición democrática forzó a que se mantuviera en la vida oficial algo que en los años previos era ya un hecho real: la pérdida de peso institucional de la Iglesia, a medida que la religión, la fe, se mantenía en un ámbito propio de la conciencia individual. La Iglesia contribuyó a la transición y al asentamiento de la democracia asumiendo su nuevo papel, abandonando la beligerancia política, a no ser en las cuestiones que, como el aborto, considera cruciales, pero incluso en estos temas sin potenciar movilizaciones extremistas. La asunción de la tolerancia, de los comportamientos democráticos, o de la lucha por la paz están también en el haber de una Iglesia que, genéricamente, desechó la posibilidad de optar por posiciones de partido. Con la obvia excepción de la Iglesia (nacionalista) vasca, que durante los últimos 25 años ha sido portavoz de sólo una parte de la sociedad vasca (la comunidad nacionalista), ha participado masivamente en la difusión de los valores propios de ese ámbito social y, eventualmente, ha sostenido posiciones de dudosa credibilidad ética, aunque con posicionamientos políticos nítidos.

DON JOSÉ MARÍA BASTERO DE ELEIZALDE, RECTOR DE LA UNIVERSIDAD DE NAVARRA


Sin duda, es importante la contribución de la Iglesia en estos 25 años de democracia, de modo que resulta difícil destacar algún aspecto. Si tuviera que señalar alguno en especial, diría que la Iglesia ha servido ejemplarmente como elemento de concordia entre los españoles, tarea que ha hecho compatible con su fidelidad a la misión apostólica que le es propia.

DON JULIO MANZANARES, RECTOR DE LA UNIVERSIDAD PONTIFICIA DE SALAMANCA


Cuando se habla de la transición política española, sentimos un cierto orgullo. Fue una obra maestra. ¿Qué fuerzas actuaron para hacerla posible? Muchas, ninguna en exclusiva. Entre ellas figura con luz propia la Iglesia, mediante tantos hijos suyos. Así el cardenal Tarancón y su histórica homilía en la iglesia de los Jerónimos el día de la proclamación de don Juan Carlos como Rey de España.

¿Qué ideas en concreto sembraron la buena semilla? La respuesta sería larga: sobre la centralidad del hombre y la necesidad de que sea respetado; sobre la libertad religiosa y los márgenes de tolerancia (que no de indiferencia) en lo sacro y en lo profano; sobre la naturaleza misma de la sociedad. Lástima que, como decía monseñor Rouco recientemente, nuestras iniciativas no hayan tenido el aliento profético necesario para alumbrar una sociedad reconciliada y en paz.

DON MIGUEL DELIBES, ESCRITOR


Creo que la Iglesia ha reflejado en España, en el último cuarto de siglo, lo mismo que en el resto del mundo. Su postura es y ha sido muy conservadora respecto a la liturgia, cerrada a las mujeres y reservada exclusivamente a los hombres. (Creo que ha llegado el momento, y ya hace tiempo, de la participación de la mujer, incluso en el sacerdocio). Sin embargo, su actitud ha sido decidida y valiente, casi hasta el heroismo, en el aspecto de la justicia, luchando incansablemente por una nivelación social.

DON MIGUEL ALONSO BAQUER, GENERAL SECRETARIO PERMANENTE DEL INSTITUTO ESPAÑOL DE ESTUDIOS ESTRATÉGICOS


La Iglesia católica ha aportado, sobre todo, serenidad. En realidad, sus hombres más responsables han lanzado un mensaje al pleno de la sociedad, diciendo que la Iglesia se inhibe de la lucha por el poder político; y otro mensaje a los católicos, urgiéndoles a participar desde sus convicciones, desde sus esperanzas y desde sus predilecciones éticas y religiosas a la construcción de un orden de seguridad, de libertad y de justicia.

DON JOSÉ BOTELLA LLUSIÁ, CATEDRÁTICO DE GINECOLOGÍA


Yo he presenciado en estos últimos veinticinco años, una profunda evolución en las altas jerarquías de la Iglesia católica española y en su Conferencia Episcopal, que han hecho viable y posible una armoniosa transición. Esta transición no ha sido sólo política, como muchas observadores superficiales creen, ha sido también sociológica e ideológica. Solamente desde la base de las ideas y del entramado de la sociedad, puede sustentarse una evolución política como la nuestra, aceptada por todos y por todos consensuada.

Pero si hubiera que destacar una piedra miliar en toda esta larga marcha de veinticinco años, yo querría destacar, porque la recuerdo vivamente, la homilía de monseñor Enrique y Tarancón en la iglesia de San Jerónimo el Real, en la solemne ceremonia de la Coronación de los Reyes Don Juan Carlos y Doña Sofía. Aquellas palabras severas y serias, pero llenas de visión futura y de comprensión cristiana, nos impactaron fuertemente a todos los españoles y desde luego también, creo que así sería, a Sus Majestades y a todo el ministerio que entonces tomaba las riendas del país. A pesar de su pureza de religión y de ideales religiosos, no siempre España ha sintonizado con la evolución de la Iglesia universal. Se ha hablado de un nacionalcatolicismo; quizá ello pueda ser exagerado, pero no cabe duda que algunas veces los Reyes de España se han arrogado en el pasado funciones que sólo competían al anillo del Pescador. Con esta transición y apertura del catolicismo español, pienso yo, modestamente, que España se ha incorporado al mundo, y ha dado un paso a la globalización de su pensamiento.

DON JOSÉ MARÍA GARCÍA ESCUDERO, HISTORIADOR Y ESCRITOR

Corresponde a Alfa y Omega el mérito de haber hecho la primera denuncia, que yo sepa, contra la injusta omisión de la Iglesia católica en los comentarios que ha motivado la celebración de los veinticinco años de la transición española a la democracia. Omisión tan injusta como inexplicable. Porque si la transición fue la obra de una serie de fuerzas políticas, respaldadas por el pueblo, hubo dos instituciones que, precisamente porque se quedaron fuera de la política, contribuyeron decisivamente a la deseada conciliación de los españoles: la Fuerzas Armadas y la Iglesia católica. Y si a las primeras se les ha hecho justicia, el silencio sobre la Iglesia ha sido absoluto; por cuanto me consta, ni una mención, ni una referencia, ni una alusión.

Y, sin embargo, la actitud de la Iglesia fue, como he dicho, decisiva. Iniciada a raíz del Concilio Vaticano II y llevada adelante en el régimen anterior entre incomprensiones, fue memorable su manifestación en la homilía que el cardenal Tarancón pronunció en la iglesia de los Jerónimos, en presencia de don Juan Carlos, cuyo reinado se había iniciado cinco días antes. La homilía se centró en la renuncia de la Iglesia a toda clase de privilegios para pedir únicamente la libertad. Todas las posteriores declaraciones del episcopado se atuvieron a esas dos ideas maestras, incluída, naturalmente, su aceptación de la Constitución de 1978.

En esa actitud se mantiene la Iglesia, siempre cuidadosa de mantener la pureza evangélica de su mensaje, abierto a una moderna sociedad pluralista. Lo que esta actitud ha significado para la convivencia entre los españoles salta a la vista. Razón de más para que termine como empecé, manifestando mi extrañeza (dígase mejor escándalo) ante el silencio sobre la Iglesia. Verdad es que, según alguna lectura de última hora, ese silencio no ha sido total, y hasta ha habido alguna mención justamente elogiosa. Aunque junto a ella no haya faltado quien califique la actitud de la Iglesia como avispada y oportunista. Evidentemente, no para la verdad histórica, que está clarísima, sino para el buen nombre de tal juez, valdría más que se hubiese callado.

DON JOSÉ ANDRÉS-GALLEGO, HISTORIADOR


Parto de la base de que Iglesia somos todos los bautizados. Así las cosas, la principal aportación de la Iglesia a estos veinticinco años de democracia ha sido, simplemente, la de hacerla posible. La ha hecho posible, primero, porque la jerarquía eclesiástica no sólo asumió el cambio político sucedido entre 1975 y 1978, sino porque lo propició con una exquisita neutralidad; la famosa homilia de Tarancón en los Jerónimos lo expresó de manera impecable. En segundo lugar, la Iglesia hizo posible la democracia porque, sustancialmente, fueron hombres formados en el humanismo cristiano, incluso personalmente comprometidos con él, quienes hicieron una transición pacífica y constructiva. Por último, el pueblo español que ha sido el principal protagonista de esa transición ha actuado, en lo fundamental, inspirado en los ideales, netamente cristianos, de convivencia y tolerancia. Sin duda, hay cosas que se han hecho mal. En realidad, es inevitable que ocurra así. Pero, también en este caso, la tolerancia y el deseo de convivencia pacífica se ha impuesto por parte de la inmensa mayoría de los que formamos la Iglesia española.

Por parte de los obispos, me gustaría destacar la claridad y al mismo tiempo la mesura con que la mayoría de ellos, si no todos, ha hablado sobre los aspectos más oscuros de los últimos años, aun poniendo en juego su popularidad (caso del aborto y de tantos aspectos morales) y quizá su vida (caso del terrorismo y de las amenazas que algunos de ellos han recibido).

DON ANDRÉS JIMÉNEZ ABAD, CATEDRÁTICO DE FILOSOFÍA


No creo que se pueda hablar de una aportación específica de la Iglesia española a la consolidación de la democracia, salvo la de ciertas personas o instituciones más o menos concretas. Dicha aportación no puede valorarse de manera unívoca, ya que el pueblo de Dios, considerando a sus distintos miembros, participa a varios niveles en el ámbito temporal, que forma parte del tejido único de una misma vida, la de esos miembros. Toda respuesta global habrá de ser tentativa, nunca categórica.

Además, una democracia se alimenta desde la sociedad política —el aparato estatal, autonómico, municipal…—, pero también desde la sociedad civil —familias, instituciones, empresas, medios de comunicación, asociaciones...— En el primer ámbito, hubo ciertamente aportaciones puntuales, notables pero aisladas, de individuos; no creo, sin embargo, que se pueda hablar de una aportación de la Iglesia propiamente dicha. En el segundo, estimo que está casi todo por hacer.

Los pastores de nuestra Iglesia han tenido una ardua tarea que asumir. Conducir a un pueblo cuyos referentes culturales han variado de forma sustancial no es fácil, sobre todo si esos referentes proceden de hontanares radicalmente contrapuestos: la visión cristiana trascendente de la vida y el humanismo prometeico de la modernidad tardía. Sobre todo, su voz se las ha visto en lucha desigual contra gigantescos aparatos mediáticos y políticos, movidos por intenciones adversas y dotados de recursos de gran eficacia difusora. Quizás se han visto condicionados también por un pasado, para algunos vergonzante, y en todo caso enfrentados a un porvenir incierto, incluyendo una audaz aunque ingenua tentación de que la Iglesia (y la sociedad) española atravesara una pasada por la izquierda.

Las familias religiosas venían de un Concilio que supuso para ellas el replanteamiento de su identidad y de su misión; no pocas de ellas no querían verse alejadas del mundo y efectuaron un viraje hacia estilos, criterios de juicio y formas de presencia que normalmente uno hubiera esperado de los laicos. El basculamiento llevó en algunos casos al cultivo de teologías afectadas por el proceso cultural secularizador, a la vez que veían disminuir, salvo excepciones, el número de sus miembros más jóvenes.

Los fieles laicos vivían acunados en un cómodo dejarse llevar por pastores y clérigos, y por los gobernantes de un Estado confesional. La complejidad social y cultural, sin embargo, exigía una vitalidad, una capacidad de respuesta y creatividad frente al ambiente dominante, que se echó en falta en las estructuras del laicado y en la firmeza personal de muchos hombres y mujeres de fe. La presencia de nuevos movimientos e instituciones ha apuntado destellos de vitalidad entre el laicado español, a la vez que ciertas evidencias de dispersión y tensiones, incluso con el clero; pero su impacto social, en el que no han faltado aportaciones importantes de algunos fieles —piénsese, por ejemplo, en el puñado de Propagandistas que llevaron moderación, sosiego y eficacia a la transición entre 1975 y 1982—, no ha calado de manera demasiado honda. La dispersión aún es grande. Las ramas no dejan ver del todo el bosque.

La cultura española y la opinión pública no han visto reflejada una antropología católica —afirmativa e integradora y no dialéctica y excluyente— entre los referentes desde los que se juzga y se actúa en los escenarios y núcleos generadores de pensamiento, de comprensión de los problemas presentes y de las respuestas concretas a los mismos. Y, sin embargo, el poso de catolicidad, que aún impregna la vida social y la tradición moral que late en el fondo de muchas conciencias, aploma aún, aunque a duras penas, los vaivenes del tentetieso relativista que es la cultura light postmoderna. Un ejemplo: una Comunidad Autónoma, en la que la tradición católica se ha sentido siempre de modo tradicional, ha visto cómo su Parlamento aprobaba una ley de parejas de hecho y, al poco tiempo, promovía una Plan integral de la familia. Las contradicciones y las paradojas son incontables. También los vacíos. Se echa de menos la síntesis vital, traducida en la acción, de los católicos españoles en la sociedad política y en la sociedad civil.

Luces y sombras en la democracia española reclaman la presencia activa de hombres y mujeres que muestren la síntesis posible y necesaria —fe y vida, fe y cultura…—, que vivan en misión la vida cotidiana, que hayan caído en la cuenta de que ser ciudadano es la forma concreta en que han de vivir su fe católica. Me atrevería incluso a decir que ha sido en cierto modo al contrario: la mentalidad propia de una democracia pluralista, incluso relativista, ha configurado la mente de muchos católicos a la hora de comprender el mundo en el que viven, e incluso a sí mismos, en este cuarto de siglo. Tendría que haber sido al revés. Ciertamente, la salvación no viene de la política —ni de la sociedad civil—; una y otra, precisamente, son las que ha de ser salvadas. He aquí nuestro puesto, y no nos es lícito desertar de él.

DON JOSÉ MARÍA SÁNCHEZ SILVA, ESCRITOR


La Iglesia se ha caracterizado —y de una manera exclusiva, ya que es una situación muy compartida en la España de hoy— por una tranquilidad.

La Iglesia está dando desde hace 2.000 años una fisionomía muy particular, en cuanto a la prudencia en la defensa de sus motivaciones y un deseo general de convivencia.

La Iglesia jugó su papel en los momentos de la transición con su característica prudencia. No alteró, no complicó la situación, y todo se hizo de una forma bastante tranquila.

DON RAMÓPN PI, PERIODISTA

Me da la impresión de que la trayectoria de la Iglesia en España en los últimos veinticinco años ha sido paradójica: por una parte, ha reflejado una suerte de renacimiento interior que se corresponde con el pontificado de Juan Pablo II, el Papa felizmente reinante que ha significado un revulsivo extraordinario para que los cristianos volvamos los ojos y el corazón a Dios y volvamos a los orígenes: Id y predicad; Dios es amor; no tengáis miedo; Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. La intensidad con que muchos movimientos de vida y compromiso cristianos actúan, tanto en el mundo como en el seno de la Iglesia, me parece buena muestra de ello.

Por otra parte, la Iglesia en España ha sido reflejo también, paradójicamente, del tiempo que nos ha tocado vivir, en que eso que el Papa ha llamado certeramente el neopaganismo ha asestado golpes muy duros a la convivencia, la justicia, la paz y el sentido trascendente de la vida. No son pocos, por desgracia, los que parecen estar infectados por un extraño virus mental, que les hace perder de vista que el cristiano está en el mundo sin ser del mundo: clérigos, laicos, hombres y mujeres, jóvenes y no tan jóvenes, aceptan acrítica y bobaliconamente el discurso leve, vacío y blando de la New Age, que concibe a la Iglesia como una especie de ONG filantrópica y que se fundamenta en un sentimentalismo deformante y en un relativismo arrasador.

DON JAVIER RESTÁN, DIRECTOR GENERAL DE VOLUNTARIADO DE LA COMUNIDAD DE MADRID


Doy una respuesta muy identificada conmigo mismo, porque tengo 39 años y, al mismo tiempo que la Iglesia ha vivido la transición, yo despertaba a una preocupación política personal. Así pues, no puedo verlo como un historiador que mira el papel de la Iglesia, sino que he convivido y he pertenecido a una Iglesia que salía de la dictadura y nacía a la democracia. Lo que he observado es que la Iglesia, desde el punto de vista político, ha jugado un papel muy positivo en cuanto a, precisamente, relativizar el papel de la política. La Iglesia ha sido, y es, un factor que devolvía a su lugar adecuado la esperanza que generaba la nueva situación política, y recordaba que ésta no puede dar respuesta absoluta a las exigencias de la persona. Por tanto, ha sido un papel ciertamente positivo, moderador, dándole toda la fuerza a esa palabra: que no es la política lo que salva al hombre. Pero, ante todo, el papel fundamental que la Iglesia ha jugado en estos 25 años es seguir proclamando el mensaje de libertad y esperanza que lleva para todos, para cualquier hombre, en una o en otra circunstancia política. Desde mi punto de vista, si de algo debemos arrepentirnos, es, sobre todo, de no haber tenido la valentía suficiente de centrar en esta tarea todas nuestras energías.

DON MAANUEL ZAGUIRRE, SECRETARIO GENERAL DE LA UNIÓN SINDICAL OBRERA (USO)


No es posible meter en diez líneas 25 años de la Iglesia en la democracia. En el arranque de la transición democrática, la Iglesia aportó impulsos inequívocos. Basta recordar la Carta pastoral de principios de los 70 (pedimos perdón al pueblo español…), o la homilía de monseñor Tarancón tras la proclamación por las Cortes franquistas de Juan Carlos I. Durante el proceso constituyente, la Iglesia fue impulsora también, aislando algunas voces empeñadas en la confesionalidad de la Constitución de todos. Durante la etapa del PSOE, la Iglesia alzó la voz contra no pocas tropelías en materia socio-económica. Finalmente, y desde hace ya no pocos años, la Iglesia aparece discretamente fuera del primer plano. Se echan en falta posiciones más resueltas en esta etapa del todo va bien.