RetrocesoA&ONº 241/4-I-2001SumarioEspañaContinuar
¡Salid a la calle!
Decía Alfonso XIII que él se consideraba católico y liberal; algo incompatible para muchos, dado que en España se había dado un siglo de confrontación bélica entre liberales y carlistas, que sustentaban posiciones antagónicas.

Todavía está reciente entre nosotros la canonización de Pío IX, que ha suscitado indignación entre no pocos. Es verdad que en el Syllabus hay proposiciones que hoy en día no se pueden mantener; pero se olvida también que Pío IX se oponía a un liberalismo positivista e incluso masónico que no aceptaba la existencia del derecho natural. He conocido en los Estados Unidos descendientes de emigrantes italianos que tuvieron que salir de su país por el puro hecho de ser católicos. Leon XIII, que aceptaba que la autoridad civil fuera elegida, mantenía, sin embargo, que el pueblo no puede delegar el poder y la autoridad, cuyo fundamento último radica en Dios. Juan XXIII, en la Pacem in terris (n. 52), afirma que la autoridad viene de Dios y que los hombres tienen el derecho de elegir a sus representantes y de establecer la forma de gobierno que deseen. La democracia tiene, con todo, un asentamiento en el derecho natural, según la encíclica.

El Vaticano II, en la Constitución Gaudium et spes (nn. 75-76), postula con claridad la participación de los ciudadanos en la vida social y política, con una adecuada división de los poderes públicos. En cuanto a la relación de la Iglesia y el Estado, afirma que son autónomos y que, estando al servicio de la vocación personal y social del hombre, han de regirse por una adecuada cooperación entre ambos. La Iglesia, que no se confunde con poder político alguno, se reserva la libertad de poder intervenir por razones de tipo moral, pues es signo y salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana. La Iglesia acepta la democracia porque, en principio, es la que mejor salvaguarda los derechos humanos; pero rechaza el positivismo liberal, que no se sustenta en el derecho natural. La verdad moral no nace de los votos de la mayoría.

¿UN HUMANISMO NEUTRO?

Hay dos errores contrapuestos que se deben rechazar: tratar de imponer la identidad cristiana a la fuerza como orientación de la vida social, suprimiendo los derechos de las demás, o pretender una sociedad o cultura neutras, relegando lo cristiano a la vida interior. ¿Cabe un humanismo neutro?

El humanismo neutro no es posible. La encíclica Veritatis splendor (n. 50) ha mostrado que la vida moral y el derecho natural se sustentan en la dignidad sagrada de la persona humana, compuesta de cuerpo y alma. Si el hombre no fuera más que materia, podría ser utilizado como medio de nuestros fines y no sería posible ni la moral ni el derecho. Ahora bien, no podemos olvidar que Dios crea directamente el alma de cada hombre, porque, como ya advertía santo Tomás, el ser espiritual no se puede dividir ni engendrar. Es ésta una verdad mantenida por el Magisterio actual en cinco documentos, de los que destacamos el Catecismo de la Iglesia católica (n. 366). Por ello, si se suprime a Dios, creador directo del alma, el hombre no es más que un animal. Con esto no queremos negar que haya
ateos con principios morales, que mantienen por su sensibilidad o educación; pero queda claro que, como decían los obispos españoles (documento La verdad os hará libres, n. 28), cuando se elimina a Dios, todo pasa a ser provisional: el cuerpo, la familia y los principios éticos, al menos hablando en general. Por otro lado, el cristiano sabe que, sin la gracia de Cristo, no puede cumplir todas las normas morales. Cristo, Alfa y Omega de la creación, es también el que sostiene nuestra vida moral, dañada por el pecado. Un cristiano no puede poner nunca a Cristo entre paréntesis.

Un cristiano, por tanto, conocedor de la auténtica antropología, no podrá prescindir nunca de su fe; no puede aparecer en la vida pública relegando su fe a lo puramente interior. Si Clinton, que es baptista, habla en público de Dios, ¿por qué un líder católico no puede hacerlo? Se puede y se debe conjugar la identidad cristiana con la defensa de los derechos políticos de los otros. Se puede y se debe ser perfectamente cristiano y perfectamente demócrata. Por ello decía así Juan Pablo II, en la catedral de la Almudena, de Madrid, en 1993: En una sociedad pluralista como la vuestra, se hace más necesaria una mayor y más incisiva presencia colectiva, individual y asociada, en los diversos campos de la vida pública. Es por ello inaceptable, como subraya el evangelio, la pretensión de reducir la religión al ámbito de lo estrictamente privado, olvidando, paradójicamente, la dimensión esencialmente pública y social de la persona humana. ¡Salid, pues, a la calle, vivid vuestra fe con alegría, aportad a los hombres la salvación de Cristo, que debe penetrar en la familia, en la escuela, en la cultura y en la vida política! Éste es el culto y el testimonio de fe al que nos invita también la presente ceremonia de la Dedicación de la catedral de Madrid.

Es posible la existencia de un partido inspirado en el humanismo cristiano, en el que quepan también otros que compartan sus principios básicos, y con el que se podría configurar, en caso de un respaldo claramente mayoritario, la sociedad española, siempre que se salvaguarden los derechos de las minorías. Decía Congar con buen sentido: Es lógico que los cristianos, que saben que el Señor es Alfa y Omega de la Historia, centro del mundo, sientan el deseo del reinado de Cristo en el mundo de forma explícita. La Iglesia debe tender a ello, no obstante, como tiende al reino de Dios. Es normal que los creyentes quieran realizar un orden de cosas lo más conforme posible con la exigencias de su fe y que se manifieste cuanto más mejor la soberanía de Dios y la realeza de Cristo. Por eso, una cierta "cristiandad" será siempre el deseo de los cristianos, el polo hacia el cual converjan sus deseos.

Pero es claro que este deseo no puede convertirse en un deseo utópico y estéril. El cristiano debe llevarse bien con el sentido común, y a veces se dan situaciones en las que hay que votar un partido que no satisface del todo, para evitar que llegue otro que intenta arrancar las raíces cristianas de la nación. El cristiano, en su propia vida, tiene que hacer real su ideal, y en la sociedad trabajará para hacerlo real en la medida en que pueda.

Termino recordando algo obvio: que el cristianismo no debe tener ningún complejo ante el mundo, pues, como ha dicho el filósofo laicista M. Cacciani, el cristianismo es hoy día la única institución en Occidente capaz de responder a los interrogantes del hombre y de ofrecerle auténticos ideales. Los dos millones de jóvenes que fueron el verano pasado a Roma al encuentro con el Papa no tienen nada que ver con la juventud del 68. La juventud del 68 es ahora gente burguesa que no tiene nada que decir. Esos jóvenes del Papa buscan la verdad.

José Antonio Sayés