RetrocesoA&ONº 242/11-I-2000SumarioAqui y ahoraContinuar
Ver, oír... y contarlo
XXI: el siglo de las preguntas
José Francisco Serrano
pserrano@planalfa.es

Viene aquí, en esta epifanía de lo efímero, Sherlock Holmes para recordarnos que el mundo está lleno de cosas obvias que a nadie se le ocurre, ni por casualidad, observar, como nos ha recordado José Antonio Marina en El Semanal del pasado 7 de enero. Balances del siglo pasado y más balances en forma de previsiones para el siglo futuro. Claro que los periódicos tienen que salir a los puntos de venta todos los días. De la vorágine de profecías, nos quedamos como marco para nuestra propuesta prospectiva, para empezar, con la de Carlos Nadal, en el diario La Vanguardia, el último día del milenio pasado: El siglo XX ha sido la puesta en práctica en proporciones gigantescas, con frecuencia despiadadas, de la voluntad demiúrgica decimonónica. Las ideologías del siglo XIX abrieron cauces visionarios o prácticos que en el siglo XX han desencadenado una fenomenal liberación de energías. A veces atrozmente negativas, terminadas en trágica explosión o en rápida implosión desconcertante. Otras, en forma de creatividad que han cambiado la faz del mundo. Lo que parece evidente es que se cierra un extraordinario ciclo de dos siglos en los cuales la Historia entró en trepidación por la creencia de que había que domarla y conducirla a voluntad, encarnada en líderes idolatrados, en símbolos magnificados, en estímulos y lemas movilizadores con la máxima tensión de todos los recursos humanos. Con el siglo XXI entramos en terreno desconocido. Ya no hay tierras prometidas y nos sentimos inmersos en técnicas de mundialización que nos potencian y diluyen a la vez.

El siglo XXI continuará, ineludiblemente mientras exista el hombre, siendo el siglo de las preguntas. La revista Época, que cada día nos sorprende con un estrenado impulso, valor en alza, recoge en su edición del 14 de enero las respuestas de destacadas personalidades de nuestros días a la pregunta: ¿Será espiritual el siglo XXI? Permítasenos reproducir, en batería de algo más que titulares, como dicen nuestros colegas radiofónicos, algunas de las más destacadas respuestas:

Paul Johnson, historiador británico: De hecho, a finales del siglo XX, Dios tiene excelentes perspectivas. El próximo siglo será el suyo. El siglo XX ha sido la Era de la Ideología, así como el siglo XIX fue la Era del Progreso. Pero también la Ideología (como el Progreso) falló a sus seguidores y finalmente se derrumbó a principios de los 90. La Historia enseña que no creer en algo no es del gusto de los seres humanos. Aborrecen el vacío de creencias. Es muy posible que Dios, después de tener que luchar por sobrevivir en el siglo XX, llene el vacío en el XXI y se convierta así en el legatario residual de esos dos colosos muertos, el Progreso y la Ideología.

Eugenio Trías, filósofo: Se ha frivolizado con el tema religioso en el sentido de que se ha dedicado, de un modo muy unilateral, a desenmascararlo, a criticarlo, a advertir todo lo que tiene de falsa conciencia, de ideología, de creación de ilusiones. Y se ha pasado por alto que la dimensión religiosa es muy radical. Si la erradicamos, también erradicamos a la Humanidad. (...) Ahora, y en parte por una crisis profunda de la idea de modernidad y de razón, el lema de pensar la religión es uno de los más importantes en simposios internacionales. Hay que pensar la religión en una época en que se acaba el siglo, termina el milenio y se liquidan también ciertas ideologías en las que se depositaron, quizás, excesivas esperanzas.

Leszek Kolakowski, filósofo: La quimera moderna, que iba a conceder al hombre libertad total de la tradición o de todo sentido preexistente, lejos de abrir ante él la perspectiva de la autocreación divina, le suspende en una oscuridad en donde todas las cosas se contemplan con la misma indiferencia. Ser totalmente libre de la herencia religiosa o de la tradición histórica es situarse a uno mismo en un vacío y, por tanto, desintegrarse. Esta fe utópica en la capacidad autoinventiva del hombre, esta esperanza utópica de perfección ilimitada, pueden ser el instrumento de suicidio más eficaz que jamás haya inventado la cultura. Rechazar lo sagrado, que significa rechazar también el pecado, la imperfección y la maldad, es rechazar nuestros propios límites.

Cardenal Jean-Marie Lustiger, arzobispo de París: El progreso es una idea cristiana, a condición de no enloquecerla. El cristiano cree que la vida humana tiene un significado, un sentido y, por tanto, una meta: la comunión de los hombres entre sí y con Dios, por medio del Cristo-Mesías, presente en sus hermanos hasta el fin del mundo. (...) El progreso, tal como lo imaginaba el siglo XIX, se aplica a ciertos segmentos de la actividad humana. Hoy sabemos que estos progresos son ambivalentes: los hombres pueden también autodestruirse. Ésa es la gran lección de la ecología. La libertad humana no está nunca mecánicamente en progreso. Todo hombre es siempre capaz de lo mejor y de lo peor. Su grandeza consiste en que puede escoger el amor y rechazar el odio, en que puede decidir construirse en vez de destruirse. ¿Es esto pesimismo? No, es tener una visión realista del hombre.

Para finalizar, como condición de nuestra total modernidad, recordemos la confesión de René Girard a Michel Treguer: El único error de Nietzsche, propiamente luciferino (en el sentido de "portador de luz"), es elegir la violencia contra la verdad inocente de la víctima, verdad que, sin embargo, es él, Nietzsche, el único en entreverla de cara a la ceguera positiva de todos los etnólogos ateos, y de los mismos cristianos. Para comprender el siglo XX y sus genocidios, lejos de aniquilar el cristianismo hacen su verdad más brillante; baste con leer a Nietzsche con buenos ojos, y situar en el eje de esta lectura todos los desastres causados por nuestras opciones dionisíacas y sacrificiales.