RetrocesoA&ONº 242/11-I-2000SumarioUsted tiene la palabraContinuar
CARTAS
EL INSTITUTO ESCUELA

En la Institución Libre de Enseñanza se alardeaba de libre, y de ser muy europea, y ninguna de estas dos cosas era, al no impartir la religión católica. No era libre porque no enseñaba que la libertad del hombre está en la ausencia de pecado que señala, sin lugar a dudas, la religión católica; y no era europea tampoco, porque Europa es católica y los españoles pusieron para ello no solamente el oro americano sino sus propias vidas.

Hay que indicar que muchos profesores eran católicos, como María de Maeztu, profesora mía, que tuvo como hermano a Ramiro de Maeztu, asesinado por ser católico, indicando a los asesinos: Vosotros no sabéis por qué me matáis, pero yo sé por Quién muero.

Señalo muy sucintamente a Ortega y Gasset y a Miguel de Unamuno, dos pensadores recientes. Ortega: Tened fe en la palabra, sed hombres de palabra. Hombres de Dios. Suprema Prosa y Palabra Suprema. Que Él nos conozca como suyos en España. Unamuno: La España geográfica, terrenal y económica está íntimamente ligada a la España celestial; he dicho celestial, y no me desdigo. Tenemos que estar rezando a diario, desde esta tierra española, a nuestra Madre qué está en el Cielo.

Luis Ayora.
Alcalá de Henares (Madrid)

CUESTIÓN DE NOCIONES

Parece ser signo de nuestros tiempos el permanente conflicto globalización/identidad y, al calor del mismo, solemos utilizar el concepto genocidio cultural, consistente en impedir que las generaciones adultas de un pueblo transmitan su imaginario simbólico y su espiritualidad peculiar a sus sucesoras, forzando así la uniformización con el sistema global.

Quizá debiéramos reflexionar más sobre ello; por ejemplo cuando observamos cómo nuestro escenario navideño, secular y lógicamente referido a la figura de Jesús-Niño y a su adoración por los Magos, ha sido tomado al asalto, al menos en sus facetas mediáticas, por el personaje Papá Noel, en forma de rubicundo nórdico, o de insinuante minifaldera. En cierta forma, algo coherente con el laicismo y el relativismo imperantes: creer en lo primero, además de requerir ciertas nociones de Historia Sagrada, en contraste con la pavorosa incultura religiosa que afecta a muchos de nuestros escolares, compromete a mucho, implica enfilar la vida tras un mensaje salvífico; pero asumir el segundo fenómeno, objetivamente, sólo significa abrir la puerta a la existencia de seres con poderes sobrenaturales, como el famoso Grinch, Superman, etc.

Es un debate que, probablemente, en unas décadas nos resultará ocioso, pues entre las masas de jóvenes que viven de espaldas a la fe, se extiende la tendencia a aborrecer las fechas navideñas e incluso a huir durante las mismas a lugares remotos. Nadie puede reprochárselo: una Navidad que no ponga en el centro de los hogares y en lo hondo de las almas a todo un Dios hecho pobre y pequeño, exhalando ese aroma inefable de purificación fraterna y de amorosa maravilla, deviene una indigesta sucesión de reuniones lúdicas familiares-laborales comprimidas en unos escasos días de asueto, un estragante pugilato de convencionalismos estériles y una exhibición, de dudoso gusto, del poder de consumo de cada unidad familiar. Algo que, por absurdo, superfluo y carente de sentido, la mente del hombre, hoy como ayer, sólo está programada por su Hacedor para rechazar. Más pronto que tarde, la única Navidad que conoceremos será la quizá minoritaria, pero humilde y auténtica de los cristianos, con lo que la fiesta volverá a sus orígenes, y su plasmación social y comunicacional dejará de constituir un frecuente escarnio a su única significación.

Antonio Pedro Puyol Feliu.
Barcelona

¡SEAMOS NOTICIA!


Hay que recuperar la calle! La Iglesia católica vive en España en un régimen democrático; el sistema tiene sus mecanismos para hacer valer la voluntad del pueblo. La vida cotidiana demuestra que la realidad es más amplia que los formalismos, y que los poderes ejecutivo, legislativo y judicial conviven con el de los medios de comunicación y con el clamor de la calle. Los ejemplos de este hecho son incontables: ahí está la protesta contra la prostitución de los encorbatados vecinos de Cuzco en Madrid, que han conseguido, parando el tráfico de la Castellana, en un día, lo que fue imposible en tres años de cartas al Ayuntamiento; o los transportistas, que, quemando neumáticos viejos y colapsando la frontera con Francia frente a los impuestos del gasóleo, han obtenido más del Gobierno que en interminables reuniones ministeriales.

Ciertamente, no nos es lícito ir por ahí rompiendo farolas o volcando camiones de fruta, pero ¿por qué no cerrar todos los colegios religiosos durante un mes para reivindicar la clase de Religión —¡millones de niños en casa!— utilizando el derecho constitucional de la huelga? ¿Por qué no convocar un rosario rezado simultáneamente en cada Plaza Mayor de España contra el terrorismo? ¿Por qué no volver a las manifestaciones y pancartas frente a la píldora abortiva?

En una sociedad democrática, los políticos no atienden tanto a las buenas palabras de los obispos cuanto a las portadas de los medios de comunicación. ¡Seamos noticia! Una buena huelga, o una protesta pintoresca sale por televisión y crea opinión pública. Los católicos españoles hemos perdido la calle. Hay que recuperarla. No somos del mundo, pero estamos en el mundo (cf. Jn 17). La presencia pública de los cristianos también depende de utilizar con imaginación los recursos que el contexto social y político nos proporciona.

Gonzalo Pérez-Boccherini.
Getafe (Madrid)