RetrocesoA&ONº 242/11-I-2000SumarioDesde la feContinuar
El pequealfa
Melchor, Gaspar y Baltasar,
los Reyes Magos de Oriente
También en el Pequealfa, los Reyes Magos han dejado un regalo para todos vosotros:
la historia de su encuentro con el niño Jesús, y un mensaje en el que os dicen:
"Queridos niños, este cuento es nuestro más grande regalo,
Jesús nace todos los días del año en vuestro corazón".
Érase una vez un país muy lejano de Oriente donde vivían tres Reyes Magos. Eran Reyes porque vivían en un palacio, y Magos porque conocían los secretos de las estrellas.

De tanto mirar al cielo, los Reyes tenían los ojos muy brillantes. Melchor tenía una barba muy blanca, era el mayor de los tres; Gaspar, el mediano, era fuerte y valiente; y el más joven, Baltasar, era muy simpático y usaba un turbante de color verde. Una noche, descubrieron una gran estrella que iluminaba, como el sol de la mañana, la oscuridad del desierto.

Esta estrella nos trae una gran alegría, dijo Melchor.

¡Ha nacido un gran rey!, aseguró Gaspar.

Y, entre los libros polvorientos de la Biblioteca, se escuchó la voz de Baltasar: ¡El Mesías, el rey de los judíos!

Muy alegres y contentos, montaron en sus elegantes camellos y se pusieron en camino hacia Israel. Cruzaron el desierto, siguiendo la estela de la estrella, y un día, soleado y claro, llegaron a Jerusalén:

¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?, preguntó Melchor:

Hemos visto salir su estrella, aseguró Gaspar.

Y venimos a adorarlo, exclamó Baltasar.

El rey Herodes, malo y envidioso, se asustó al escuchar estas palabras. Los sabios de Israel habían anunciado que el Mesías, el único y verdadero Rey de los judíos, iba a nacer en un pueblecito llamado Belén.

Id a Belén, allí lo encontraréis —dijo Herodes, con su voz chillona— después, venid a contármelo, para ir yo también a adorarlo.

Era mentira, Herodes no quería adorar al niño, sino matarlo. Era tan egoísta que tenía el corazón duro como una piedra y negro como el carbón.

Melchor, Gaspar y Baltasar salieron del castillo de Herodes y, al ponerse en camino, la estrella volvió a brillar en la oscuridad. A las afueras de Belén, junto al camino, la estrella se posó encima del tejado de una humilde casita de pastores. Allí, entre un buey y una mula, los Reyes de Oriente contemplaron la imagen más bonita que jamás habían visto. Y eso que habían visto muchas cosas bonitas.

Una preciosa joven de cabello oscuro y ojos sonrientes, la Virgen María, cantaba una nana al bebé que se acurrucaba en sus brazos. El canto de María era dulce y suave. Mientras, junto a ella, un hombre con las manos fuertes y curtidas de trabajar la madera, José, cuidaba del fuego. Era de noche y hacía mucho frío. Con mucho cuidado y sin hacer ruido, los Reyes Magos entraron en la casita y, de rodillas, adoraron al Niño. Melchor traía, en un cofre, oro; Gaspar, en un pañuelo de seda, incienso de Arabia; y Baltasar, en un frasco de cristal, mirra de África.

Entonces, el Niño Jesús los miró y sonrió. Melchor, Gaspar y Baltasar sintieron latir más fuerte sus corazones y una enorme sonrisa iluminó sus rostros. La mirada de Jesús era clara y serena, llena de vida, esperanza y ternura.

De camino a Oriente, los Reyes Magos tenían los ojos más brillantes que nunca. Por fin, habían descubierto el secreto de la estrella: el Niño Jesús era el gran Rey de sus corazones.

Inés Vélez