RetrocesoA&ONº 242/11-I-2000SumarioDesde la feContinuar
El General de los jesuitas a los Superiores Mayores de la Compañía de Jesús:
Fidelidad creativa
Durante los últimos días del mes de septiembre pasado, el santuario de Loyola fue, una vez más,
el centro universal de la Compañía de Jesús, con la celebración del encuentro del Padre General,
Peter Hans Kolvenbach, con los Superiores Mayores. Fue una oportunidad para asumir y compartir
el peso de la responsabilidad de la misión apostólica en la clave de la fidelidad creativa de la Compañía
de Jesús para el tercer milenio. Ofrecemos a nuestro lectores algunos significativos párrafos
del discurso inaugural del padre Kolvenbach, tomados de la publicación Información s.j.
No importa mucho emplear o no la expresión de moda: refundación. Esta palabra quiere significar que la vida consagrada no está llamada a repetir o rehacer lo que el fundador hizo, sino a realizar lo que haría hoy, en fidelidad al Espíritu, para responder a las exigencias apostólicas de nuestro tiempo. Sin duda hay aquí algo más que un término de moda; es la confesión de una desazón —algo no marcha— y de un desfase entre el deseo de seguir a Cristo y la realidad vivida del patrimonio espiritual del fundador. Se tiene la impresión de que el proceso de renovación y adaptación a la cultura moderna no es suficiente, y que se precisa más radicalidad, tanto en una fidelidad de vuelta a las fuentes, como en la atención a los desafíos del momento presente, a las exigencias apostólicas de vivir aquí y ahora la experiencia de Ignacio, nuestro fundador.

Para traducir al lenguaje ignaciano la pasión por Dios y por su reino, que nos impulsa a reproducir con valor la audacia, la creatividad y la santidad de nuestros fundadores y fundadoras, como respuesta a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de hoy, deberemos probablemente dejar a un lado la palabra refundación , dado el carácter dinámico de la espiritualidad ignaciana. La experiencia de Ignacio no es para nosotros la de un fundador que construye su casa sobre bases estables y permanentes, sino la de un animador, un inspirador que nos pone en camino, en uno de los caminos posibles hacia Dios. Si refundar quiere decir dar fundamento, volver a dar fundamento a la vida consagrada, es preciso reconocer que para Ignacio este fundamento no era una regla o una doctrina, un organigrama o una organización, sino una fuente de agua viva que brota sin cesar, y que en el discernimiento espiritual se rejuvenece y se renueva para un mayor servicio de Dios y de su reino de amor.

Incluso al codificar su experiencia en las Constituciones, el mismo Ignacio no puede evitar verbos de movimiento: Tenemos por necesario que se escriban constituciones que ayuden para mejor proceder conforme a nuestro Instituto en la vía comenzada del divino servicio. Nuestra fidelidad se inscribe en la experiencia creadora de Ignacio que es un cierto camino hacia Dios, en el que Ignacio desea vernos correr, y nuestra creatividad se funda sobre el modo nuestro de proceder, que nos invita a cada uno a más ayudar para conseguir lo que pretende la Compañía, para que más en todo se sirva Dios nuestro Señor y la Sede Apostólica.

San Ignacio no conoció la expresión fidelidad creativa, pero la tensión apostólica que esta palabra significa define la identidad del cuerpo apostólico de la Compañía desde su comienzo hasta nuestros días.

FIDELIDAD A LA COMPAÑÍA


Fidelidad, en primer lugar, al don del Espíritu a la Iglesia en el mundo que es la Compañía de Jesús. Ignacio era muy consciente de ello cuando escribía que la Compañía no se ha instituido con medios humanos, y así pues no puede conservarse ni aumentarse con ellos. A los Superiores Mayores nos confían la Compañía de una manera clara y definida, pero no disponemos de ella a nuestro arbitrio o según nuestras inspiraciones, ni siquiera según las más brillantes. La obediencia que podemos y debemos exigir está condicionada por la fidelidad de los reponsables a este don del Espíritu que es la Compañía confiándose a Dios nuestro Señor a quien sirve, sin desear cosa alguna sino que su divina Majestad se sirva de esta mínima Compañía.

Creemos profundamente en el diálogo y en el trabajo con otros, y damos gracias por vivir en una sociedad rica por la diversidad de su pluralismo. Pero es necesario rendirse a la evidencia: no tendremos nada que aportar a esta sociedad, a este diálogo, si no nos dejamos como empapar de la fidelidad al carisma ignaciano. No para repetirlo mecánicamente, sino para recrearlo aquí y ahora al servicio de la Iglesia y del mundo. Por eso es preciso urgir que las características del carisma ignaciano marquen toda la formación —inicial y permanente— y velar para que nuestro modo de orar y obrar, de discernir y gobernar refleje este don que el Espíritu nos confía para su Iglesia en el mundo de hoy.